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“El inspector Tontinus y la nave alienígena”, de Avelina Chinchilla
“Botas de hule”, de Arturo Ortega
“Mar de sueños azules”, por Mar Maestro.
 

 

No, no quería ir a ese encuentro, pero por tercer año consecutivo no podía evadirlo. Se trataba de un encuentro en una aldea de África. Había tenido éxito en evadir los años anteriores, había fingido una enfermedad la primera vez; aproveche la ocasión en la que se murió un tío a quien no conocía y no había visto nunca, la segunda. Sí no me presento esta vez, simplemente gano una amonestación y posible expulsión. De chamo no podía ir a las actividades de zoológico, menos entrar a un circo, no sé cómo se le llamará a mi fobia, pero ni siquiera en fotos logró ver a una fiera de esas.
Programé el despertador para que a las 4 am iniciara su faena de sacarme del sueño para el viaje maldito al cual todo mi ser se negaba. Con todo preparado me sumergí en mi cama a esperar la hora bendita.
Fuertes golpes a mi puerta me sacan de mi sopor, me reclino constatando que todo estaba oscuro, miro mi reloj despertador y estaba apagado, por haberse ido la electricidad y no realizó su función, tomo el teléfono y me sobresalto al ver que son las 5 de la mañana, me había pasado de la hora de bajar al aeropuerto. Me levanto y acudo a la puerta, era mi adorable vecina que, sabiendo de mi desdén, al no verme partir para despedirse, se preocupó. Me tome una ducha mientras ella colocaba mi equipaje en el maletero del auto, a la velocidad de la luz. Rumiaba el infortunio de que justamente ese día fallara el suministro eléctrico, pero pensaba que formaba parte de mi deseo de que pasara algo que interrumpiera el viaje.
Para variar la autopista estaba colapsada, la falla eléctrica dejaba sin funcionamiento los semáforos y reinaba el caos. <> era el pensamiento que me estresaba. Veo la oportunidad de meterme por un carril contrario y tomar un atajo a otra autopista, acelero antes que otro vehículo se aparezca, sumando a mi infortunio que venía un camión a velocidad; en la tensión del momento lo que consigo es virar el volante y continuar por una bajada, lo arenoso del terreno me impedía frenar y creo que los nervios me hacían pisar el acelerador. Frente a mi veía gran cantidad de toldos donde acampaba un circo, ingresando a gran velocidad llevándome unas las jaulas que, para mi estupor, habían leones, tigres, pumas y hasta estaba una pantera. Mi arrollamiento no solo rompió las rejas, si no que tumbé las jaulas quedando tapiado por ellas y, ahí estaba yo, con la excusa perfecta para evadir el viaje, pero rodeado de las fieras que tanto temía y procuré evitar.

 

 

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