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Él era de esas personas que respiran por los poros su oficio, en cada bocanada del humo de su pipa. Doctor investigador de profesión. Ella, su inseparable compañera de viajes, piel con piel, desde que terminaran su carrera universitaria y marcharán a hacer las irlandas. Una gabardina del Primark gris, que le abrigaba de los duros inviernos regados por el Mist. Odiaba esa fina llovizna que, a modo de vaporizador, dispersa el agua, empujada por el fuerte viento, despiadado y atroz, característico del clima atlántico.

En el 2005, aterrizaron en la isla, cuando aquel país era considerado, debido a su boyante economía, el “Tigre celta de Europa”. Los trabajos mejor remunerados eran oficios que requerían de muchos años de especialización y él, como doctorado en historia antigua, no podría encontrar mejores condiciones, en ningún otro rincón del planeta, que en el país del viento, “Eire”.

Los dos años impartiendo clases, a los alumnos de la University College Cork (UCC), le habían permitido ahorrar lo suficiente para sobrevivir, unos cuantos meses, sin tener que trabajar. Había llevado una vida escrupulosamente austera, con la intención de perderse en una lejana aventura y poder, por fin, tras más de una década planeándolo, seguir el rastro de la reliquia que dio título a la investigación, que le supuso un sobresaliente cum laude en su tesis doctoral, “Mito o realidad: el arca de la alianza”. Nunca creyó que existiese esa reliquia, aunque ahora tenía serias dudas al respecto. Había comprado de contrabando, por la Deep web, la conocida como “el Internet oculto” y tras muchos meses de siniestra negociación, unos pergaminos egipcios, que aseveraban lo contrario. El arca si pareció existir, y ahora sabía exactamente por qué y dónde la ocultaron.

Nunca pretendió parecerse a ningún personaje de película de aventuras. El esfuerzo que supuso ahorrar para poder emprender este maldito viaje, a base de horas y horas impartiendo clases en la universidad, le enseñaron a desconfiar en mitos y leyendas. Él era un investigador, que basaba sus publicaciones, en el método científico ultraortodoxo: los números. El mismo método que publicó en su doctorado y que le permitía por medio de una serie de complejos cálculos, conocer el recorrido de cualquier reliquia, dependiendo de las menciones publicadas en miles de papiros y escritos antiguos, que habían aparecido en el mercado negro, tras los saqueos de las recientes guerras en Irak, Egipto y Siria. Antes de embarcarse, de camino a conocer en primera persona las maldiciones de los faraones de Egipto, donde los cálculos llevados a cabo durante más de 10 años por un gigantesco ordenador de su universidad, indicaban claramente que se encontraba el arca, sabía que sería su último viaje, un maldito viaje maldito.

 

drvicentecalderon

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