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“El inspector Tontinus y la nave alienígena”, de Avelina Chinchilla
“Botas de hule”, de Arturo Ortega
“Mar de sueños azules”, por Mar Maestro.

 

El viaje hacia la tierra en la que nos criamos y un día dejamos atrás no es, en esencia, un regreso. No hay regreso posible porque el paisaje urbano late y se modifica sin pausa. Las ruinas, en cambio, permanecen ruinas, con la quietud tranquilizadora de lo que ha muerto hace tiempo y ya no se transforma.
Pero un día decidí aventurarme y volver a caminar por un barrio de mi infancia, después de treinta años. De allí habían sido mis amigos y mi primer amor imposible.
Encontré a cada paso supervivencias de sitios enigmáticos que aparecían de vez en cuando en mis sueños. Una casa de ropa para hombres, por ejemplo, que lucía en la vitrina un traje que parecía haber sido abandonado desde hacía una eternidad. Había en el lugar una vitalidad perdida, como si fuera la escenografía abandonada de mi pasado.
De repente alguien tocó mi hombro. Al darme vuelta me encontré con una mujer de la edad de mi madre, que me abrazó y llenó de besos antes de que yo pudiera reaccionar. Su ropa olía a salsa de tomates recién cocinada y de sus manos se desprendía un aroma penetrante a cloro.
Cuando se separó para estudiarme mejor, me di cuenta que yo no tenía la menor idea de quién era. “Mario, estás hecho un señor, ¿cuánto hace que no te veo?”. Detrás de ella apareció un hombre de esa misma edad, que se acercó a mí con una mal disimulada emoción a medida que me reconocía. “Pero no te puedo creer… ¿vos qué hacés por acá?” Tampoco supe de quién se trataba. Empecé a pensar que algo malo pasaba conmigo.
“Tenés que venir a casa. ¿Qué hacés esta noche? Marianela se va a poner feliz de verte.”, dijo el hombre mientras consentía que una lágrima resbalase hasta su mentón. “Pero, ¿por qué esta noche? ¿qué tenés que hacer ahora?”, mejoró ella la oferta.
“Yo… yo… voy a una reunión”, alcancé a decir. Seguía sin saber quiénes eran, y tampoco recordaba a ninguna Marianela que me esperase. Hacía demasiado tiempo que yo no volvía, pero no habría podido olvidar una relación tan cercana.
“Esta noche a las ocho te esperamos. Hacemos un asadito, nos arreglamos. No se te ocurra traer nada. Mario… es un milagro”.
Me abrazaron y besaron otra vez.
Huí de allí y desde entonces nunca he vuelto. De vez en cuando pienso en la escena y le atribuyo, ahora, perfiles de pesadilla.
Ya no abandono mis recorridos de rigor por Buenos Aires. No he vuelto a mezclar los viajes con el recuerdo. Una aventura que todo el tiempo está a punto de volverse una maldición.

Photo by rahego

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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