Hoy desperté despabilada, por la rendija de la ventana un aroma a jazmín, sirvió de guía, respirar fue simple, como si supiera, sin esfuerzo, la abrí a todo dar, era inevitable, la curiosidad pudo más, y la modorra de siempre por esa magia inesperada, se había diluido entre las sábanas.
La vieja trepadora que cubría las paredes y el pequeño techo verde del jardín había florecido, todo blanco, níveo, como si por la noche la neblina se hubiera convertido en nieve, y millones de copos resplandecían hamacándose con la brisa suave de la primavera nueva.
El alma se me volvió tan liviana, que parecía una niña bailarina, deseosa de danzar entre sus ramas, treparse por sus gruesos tallos, beber hasta embriagarse con cada gota de rocío. Mis pies se envalentonaron, apresurados se lanzaron al jardín que la mañana me concedía inesperada.
Cada poro de mi piel, me regaló una sonrisa, que llegó a mi boca, y casi sin entender el porqué, la esbozaba natural, tan espontanea, como si fuera algo conocido, un gesto alguna vez aprendido.
¿Qué pasó por la noche? Me pregunté, ¿qué me pasó?
Y mis manos taparon mi boca, y un profundo shhhh, retumbó.
¡Calla tonta!, me dije, la tristeza sigue durmiendo, se quedó pegada a la almohada, no la despiertes, que siga allí, que siga allí, que siga allí……

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