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“Tú, hijo mío, llegarás a algo en la vida”. Levantó el cuerpecito que acababa de estrenar el mundo fuera del cuerpo de su madre y pronunció aquella sentencia como si, por el hecho de decirla en voz alta, fuera a convertirse en realidad. “Llegar a algo”… Ahí llegamos todos, pero el “algo” de Luis tenía que ver con una abultada cuenta bancaria y una posición social que tenía poca relación con nobleza de carácter y espíritu. Más tarde descubriría que los hijos sí tienen que ver en algo con las transacciones bancarias que estaba habituado a gestionar a diario. Son préstamos, los hijos son préstamos y la única inversión en ellos debe consistir en lanzarlos al mundo. No deben después de eso poner su vida a disposición de los sueños paternos.

La madre contemplaba, convaleciente de la batalla que acababa de librar, como el pequeño no inspiraba en su padre ternura sino la posibilidad de moldear a aquel “miniyo” a su imagen y semejanza. Los pálpitos que tenía respecto a las cosas y personas que amaba, rara vez no se cumplían. No le sorprendió que su valiente hijo pusiera, veinticinco años después, en manos de su padre las llaves del deportivo y del piso de la playa, y renunciara a seguir sus pasos como economista para irse al otro lado del mundo, a una ciudad pequeña donde no sería “algo” pero sí ALGUIEN.

Convocatoria de Desafío Relámpago Marzo17. PREMONICIÓN. Con premio.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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