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Algo había cambiado. Un centímetro o un suspiro, no sabia exactamente qué, ni cuanto. Pero en la habitación se respiraba un halo intranquilo, como cuando alguien te espía y te vigila por la espalda.

Se giró sobre si mismo. Lo hizo un par de veces, esperando encontrar un psicópata asesino detrás de él, a su espalda, acechando y resguardado para estrangularlo. Pero no encontró nada de eso.

Sus pies se clavaron al suelo, como si desde el centro de la tierra una fuerza premonitoria le advirtiera de un gran peligro. Sintió la inmovilidad de su cuerpo, la rigidez de su cuello. Algo estaba pasando y no era nada bueno. Convencido de que alguien estaba dentro de casa, volvió a repasar la estancia con la vista.

Las cortinas no se movían. No se apreciaban zapatos bajo los visillos. Observó la puerta una y otra vez y comprobó que el cerrojo estaba echado.

¿Que diablos pasa aquí entonces?… Y llevándose las manos a las frente, vio claro el origen de su miedo

-¡No! ¡Otra Vez, Nooo! … ¡Me he dejado el niño en el super!