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Ya llevaba un buen rato lloviendo y la ciudad se había llenado de charcos en los que flotaban las sombras de los viandantes y de pequeños riachuelos que iban a morir a las cloacas. El paisaje había ido adquiriendo un tono más oscuro debido a la humedad sobre el gris de las fachadas, de las aceras y de la vida y tan solo los niños, que esparcían sus huellas en forma de ondas de agua y salpicaduras parecían disfrutar de aquella tarde en la que las gotas de lluvia escribían el guión de cada una de las personas que habitaban el barrio. Su barrio, una zona llena de cuestas en cuyas calles estrechas el agua arrastraba medio mundo en los días como ese. Llegó al portal, tras otra dura y monótona jornada laboral, cerró el paraguas y un instante antes de entrar, se le aferró al zapato un objeto que había llegado a él al amparo de la corriente. Se agachó para desprenderlo del empeine, era un trozo de cartón a punto ya de convertirse en pasado, lo asió curioso por ver exactamente que había sido antes de perder la vida y logró distinguir un naipe en cuya cara pudo distinguir una moneda de oro y el número 6 en un vértice que había sobrevivido al naufragio. El seis de oros de la baraja española, llegó para despedirse en un llanto breve y caudaloso y acabó alejándose en forma de bola siguiendo su destino hacia la más próxima alcantarilla. Tras devolver aquella carta a su camino entró en casa, se despojó del chubasquero abandonó el paraguas en la bañera y justo antes que un saludo le asomara de los labios, ya tenía a su esposa colgada de su cuello y llenándole de alegría las mejillas y los labios.

< Nos ha tocado la lotería, cariño, somos ricos, logró decir su esposa. Y pensar que nadie quería ese número porque acababa en 666.