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Entró sin respirar, sin hacer el más mínimo ruido. Ni siquiera el silencio le oyó entrar, su nueva condición era su mejor arma. Su hijo dormía a sueňo suelto, la emoción del día le había derrotado, a la maňana siguiente al despertar, los reyes le habrían dejado sus regalos. La ilusión asomaba bajo la almohada pero el cansancio se le colgó de los párpados con una fuerza inusitada.
Avanzó seguro de no despertarlo, hizo un espacio entre la ropa, los juguetes y algún libro que le habían comprado el resto de familiares y dejó la bicicleta que le había prometido a su pequeňo antes de morir, no podía marcharse al otro mundo sin saldar su cuenta.

 

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