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Eran las primeras luces del día. Ella sorteó la sábana que apenas cubría mi cuerpo desnudo para recorrer sigilosamente toda mi piel, con suavidad infinita…

Incansable, sin dejar ningún rincón de mi cuerpo por explorar; con constancia, deseo no contenido; pertinaz gula de mí, de mis sabores…

Cuando llegó al interior de mi oreja, no pude contenerme más y, saltando de la cama, busqué desesperado el matamoscas, dispuesto a ajustar cuentas con ella.

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