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Corría, a través de la espesa niebla, los árboles le arañaban la piel. Quería detenerse, pero el miedo que estrujaba su alma era mayor. Sabía que estaba irremediablemente perdido, aun así, continuó.

El viento sopló más fuerte y lo empujó, unos bramidos emanaron de una sorda y ronca voz. Una helada mano lo tocó. Había llegado su momento, inspiró profundamente, mientras su rostro perdió toda expresión humana y cayó al suelo.

De rodillas, miró hacia atrás. Ahí estaba su abuela, a la que había asesinado. Aterrado, se llevó una mano a la boca. Una sensación helada lo recorrió. La anciana, lo observaba fijamente, sus ojos eran ascuas al rojo vivo.

De sus ojos brotaron lágrimas, pero estas eran tan rojas. Era sangre. Con la mirada empañada, contempló sus rasguños, se habían transformado en hendeduras profundas de las que también manaba sangre. El ánima, fue testigo de su último gemido.

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