El edificio estaba diferente pintado de gris y pensó el viejo mientras subía los dos pisos, que le gustaba más el color de antaño. Sólo tendría esa ocasión para saldar una deuda.
Ella lo espió por la mirilla aunque sus pesados pasos de anciana la delataron antes. Lo vio inofensivo y abrió: era sólo un viejo.
– ¿Le puedo ayudar en algo caballero?
– Veo que no me reconoces…”Eva”
Se quedó muda por la impresión.
– Tengo poco tiempo y una misión.
– Estás cambiado.
– Veo que no tienes espejos, querida.
– ¿A qué has venido después de treinta años?
– Me muero y quería devolverte la luna antes de partir. También quería decirte algo antes de irme.
Ella esperó en silencio.
– Quería decirte que te sigo queriendo, que nunca dejé de hacerlo y que así me marcharé.
El viejo dio media vuelta y se marchó. Ya estaba en paz.

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