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El viento ardiente del desierto le quemaba el espacio de piel que había entre el turbante y el pañuelo que le cubría la boca y la nariz para evitar que la arena levantada en remolinos le impidiera respirar. Llevaba cabalgando sin apenas descansar tres días con sus noches. Ya era mediodía y debía llegar al oasis de Tag Mir antes de que se ocultase el sol, si no lo hacía acabaría muriendo de sed en aquella inhóspita llanura. Le habían encargado una misión muy importante y él jamás dejaba que las penurias del viaje le hicieran desistir de su tarea, aún cuando le costase la vida. Al bajar una de las dunas tan abundantes, por lo demás, en su camino, divisó a lo lejos unas palmeras y pensó que ya le quedaba muy poco para llegar. En ese momento el caballo inclinó la cerviz, dobló las piernas y cayó rendido de cansancio rodando por la pendiente.

 

El hombre cayó también dando tumbos y cuando se levantó sacudiéndose la arena miró al pobre animal. Por la comisura de la boca soltaba una espuma  sanguinolenta y Mohamed supo que estaba a punto de morir

Debería haber montado un camello, pensó mirando al equino rendido y moribundo sobre la arena, pero le habían dicho que el mensaje era urgente y muy importante, con un camello habría tardado demasiado.

Insertó la cimitarra en la funda que llevaba al cinto, se echó sobre uno de los hombro las alforjas del caballo y con la cantimplora casi vacía colgada del cuello, se dispuso a caminar hacia el palmeral que se veía en el horizonte.

Conseguiría una montura para volver a la ciudad desde el oasis, siguió pensando. Siempre había alguien dispuesto a realizar un buen negocio con sus camellos y a él le habían pagado por adelantado así es que, tenía lo suficiente para comprar uno.

Cuando los rayos del sol se ocultaban por el horizonte, derrengado y muerto de sed llegó, por fin, a su destino. El lugar estaba desierto. Ni camellos, ni mercaderes, ni agua….

¿Ni agua…?  No podía ser…. Le habían dicho que aquel oasis tenía un pequeño lago muy profundo que nunca se secaba y era visitado por las caravanas del desierto para descansar y recuperar las fuerzas.

Se tiró derrotado sobre la arena aún húmeda y escarbó en ella con desesperación y con la ilusión de encontrar, aunque solo fueran unas gotas, del preciado líquido.

Algo golpeó su cabeza y cayó al suelo delante de él. Era un cilindro de metal con una inscripción:

 

“Mensaje para la favorita del Sultán”

 

Mohamed lo miró con estupor y se volvió rápidamente para ver quién lo había traído pero no vio a nadie. Cogió el artefacto con cuidado y sacó el pergamino pues estaba sin ninguna clase de sello que romper. Sabía que no podría terminar su trabajo por primera vez en su vida y moriría en el intento como un valiente, pero antes, por mera curiosidad, quería saber el contenido del mensaje.

 

Este rezaba así:

 

“Amada mía, mi rosa más preciada, no he podido llegar a palacio para comentarte las condiciones de participación del próximo desafío literario de Taller de relatos, DL 28, porque el Sultán me lo impidió. Consideré la posibilidad de enviártelo por mensajero, y aquí lo tienes. No dejes de participar, luz de mis ojos. Ya sabes lo que me gusta leer tus relatos en estos interesantísimos desafíos”

 

Mohamed se quedó patidifuso en aquel mismo momento. ¿Quizá porque no podría participar él? o ¿Quizás porque sería el único mensaje que no llegaría a su destino…?

Aunque…. eso está por ver todavía.