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Bajaba por una concurrida Quinta Avenida en dirección sur hacia el Empire State Building. No estaba muy lejos del hotel , a unos 15 minutos andando. Iba un poco abstraído de lo que me rodeaba porque todavía tenía en la cabeza la foto y el mensaje de Lucy. La verdad es que para llevar poco más de 24 horas en Manhattan éstas habían sido muy intensas. No podía pedir más emoción, aunque quizá era demasiada para el primer día. El sol comenzaba a caer y aunque la temperatura era baja, con el plumón que llevaba estaba confortable. Aceleraba para llegar a tiempo y no perderme el paso de la luz natural del día a la explosión luminosa artificial que los rascacielos proporcionaban desde lo alto de la torre.

Casi me paso de largo. Es curioso como sin perspectiva no impresionan tanto los rascacielos. Desde abajo es como cualquier otro edificio. Imposible adivinarlo mirando hacia arriba. Son tan altos que no ves el final y es difícil orientarse y distinguir uno de otro. Es como un mar vertical de acero y cristal. Infinito. Aunque era arquitecto no dejaba de impresionarme la capacidad del ser humano para hacer crecer esas estructuras hasta tan arriba. Yo estaba acostumbrado a diseñar pequeñas viviendas unifamiliares, donde lo que más preocupaba a los propietarios era encontrar ubicación para la piscina, la barbacoa y crear los ambientes más adecuados para cada estancia. A veces tenía la sensación de ser decorador en lugar de arquitecto. El colmo era cuando tenía que rediseñarlo todo para que se adaptara a la filosofía Zen, que estaba de moda entre la clase media y alta. Cuando sobra el dinero, escasea el ingenio y se buscan modas y tendencias para ser diferentes. Cuando ya tienes todo lo que puedes comprar con dinero y no tienes un fondo espiritual, te puedes llegar a perder. Buscas en culturas muy lejanas lo que puedes encontrar delante de tus propias narices. Pero eso daba una aureola de moderno. Así se acuñó el término “pihippie” (pijos por dentro, hippies por fuera). Así eran mis clientes.

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Regresé de mi deriva mental al toparme con una enorme cola. Rápidamente deduje que se trataba del Empire State. Para complicar un poco más la localización, los bajos estaban en obras y habían colocado andamios alrededor de todo el edificio y un vallado que creaba un pasillo entre la acera y el edificio. Pero indudablemente me encontraba ante la entrada principal. Me desanimé al ver tanta gente esperando a entrar. Dudaba si me colocaba en la fila o daba media vuelta, cuando me asaltó un joven uniformado con una especia de chaleco de color verde:

-Señor, ¿habla usted inglés, español, italiano…francés?

-Español. Soy español -le contesté abrumado.

-Ok, perfecto. Me llamo Kevin y puedo ayudarlo. Puedo hacerlo entrar sin necesidad de esperar.

-No veo cómo -le contesté ya más relajado.

-Hay una entrada trasera…

-¡Vaya, como en las películas…ya comenzamos!

-No, de verdad. Ud. me compra un ticket que vale 75 $ y pasa directamente al ascensor que le lleva hasta el piso 86.

-¿Pero eso es más el doble de lo que cuesta la entrada?

-Así es, señor. Pero tiene otras atracciones incluidas en el pase: una proyección de cómo se construyó el rascacielos y la posibilidad de subir hasta el piso 102.

Eso logró despertar mi interés que sumado a que estaba a punto de anochecer inclinó la balanza a que estuviera dispuesto a pagar esa cantidad. Me quise asegurar de que no se trataba de una estafa y le pedí que se identificara como trabajador del Empire State Building. Me comentó que era un “free lance” y me enseñó una tarjeta identificadora que supuse que era real. Pero lo que me convenció del todo es que podía pagar con tarjeta de crédito. Cuando ya estaba todo hecho, me pidió la voluntad y como todavía no estaba dentro fui prudente y le di 5$.

Lo seguí por el pasillo interior de la estructura del andamio dando un rodeo a la torre. Entramos , como me había dicho, por una puerta lateral que conducía a un vestíbulo. Estaba casi vacío. No había más que algún trabajador de una pequeña tienda de recuerdos.

-¿Pero no hay nadie más? -le pregunté.

-Ya le dije que esta era la mejor opción. Ahora ese ascensor le llevará hasta arriba.

-¿Y la proyección?

-Está en el segundo piso, pero será mejor que la vea al bajar porque si no se perderá el mejor momento del día.

-Pero…

No me dio tiempo a objetar nada más que había desaparecido. Miré alrededor y estaba completamente sólo. Noté como se me aceleraba el corazón una vez más. La inquietud no sabía si era por miedo o por haber sido engañado. En cualquier caso estaba deseando meterme en el ascensor para abandonar aquel lugar, aunque la idea de subir 86 pisos en esa caja tampoco me apasionaba. Sonó la campanilla que advierte de la llegada y cuando las puertas comenzaban a abrirse , me pareció ver una sombra que me resultaba familiar. Ya desde dentro pude ver perfectamente que se trataba del encapuchado de las gafas de sol que se dirigía hacia mí. Comencé a temblar mientras rezaba para que se cerrasen las puertas de inmediato. Cuando apenas faltaba un palmo para que se sellaran del todo, el desconocido introdujo la mano con la intención de abrir las compuertas a. Noté la pared de detrás enganchada a mi espada: no había más espacio para retroceder. Introdujo la otra mano para hacer más fuerza….cuando el elevador se puso en marcha. Él se quedó golpeando con furia abajo mientra yo intentaba recuperar la respiración. Allí dentro, sin ventilación, me había invadido la angustia. Tampoco ayudaba la velocidad a la que subía el aparato. Me puse a dar vueltas al cubículo mientra miraba como saltaban los dígitos de las plantas. Estaba deseando salir a la superficie y tomar aire. Parecía que me recuperaba cuando de repente se apagaron las luces y el ascensor se detuvo en el acto. “¡Joder… su puta madre!”, grité. “Esto ha sido por no persignarme antes de entrar”, me decía a mí mismo. “¡Socorro!” , me puse a gritar otra vez. “¡Help!”, proseguí al darme cuenta que estaba en New York.

Recuperé la calma cuando se encendieron las luces de emergencia. Daba golpes a las paredes para asegurarme que alguien me pudiera oír. Cansado me dejé caer y me senté en el suelo. Coloqué mi cabeza entre las rodillas como para protegerme de un impacto. Escuchaba mi propia respiración.

No insistas. No sigas buscándola. Ahora mismo podríamos hacer que murieras ahí dentro. Hacer caer el aparato y romperte todos los huesos al estrellarse contra el suelo. Para nosotros es muy fácil. No te metas donde no te llaman o no podrás correr el maratón”

La voz salía del interfono interior. Me quedé paralizado. Me ahogaba, tenía calor y sudaba.

-¿Quiénes sois? ¿qué cojones queréis? ¡Yo no he hecho nada…! -grité con las pocas fuerzas que me quedaban.

No recibí respuesta alguna. Se recuperó la electricidad y proseguí la ascensión hasta el piso 86. Salí precipitadamente en busca de la terraza para poder coger aire fresco . Ya era de noche pero no me importó; sólo quería respirar. Aspiré profundamente varias veces hasta que fui consciente del viento que hacía. El aire era gélido y molesto. Me tenía que sujetar bien a cualquier sitio para no desplazarme a su antojo. Me cubrí la cabeza con la capucha y me dirigí hasta el borde del enrejado para admirar la panorámica. Era como me lo había imaginado. Un lienzo negro lleno de puntitos brillantes. En la base las caravanas de coches formaban serpientes luminosas que se entrelazaban como en un laberinto imposible. Di la vuelta por completo a la torre para asegurarme todos los ángulos posibles y no salía de mi asombro. Por un momento olvidé el episodio vivido y me puse a disparar una y otra vez com mi cámara de fotos. Aunque las imágenes eran muy parecidas seguí tomando instantáneas. No quería dejar de hacerlo porque sabía que si no empezaría a recordar el terror padecido hacía unos minutos. También quería provechar los 75 $ que había pagado.

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Aproveché un rincón al resguardo del viento para sentarme y descansar.  Quería ordenar el pensamiento y coger fuerzas para bajar de allí y poner rumbo al hotel. Dormir y amanecer pensando que todo había sido una pesadilla. Me negué a descender sólo y esperé a que más gente hiciera lo mismo. Ya una vez en el exterior me di cuenta que no estaba en la calle principal. Era más estrecha y oscura. Consulté el mapa para ubicarme y decidí andar hacia donde había más movimiento y luz. Al levantar la vista me dio un vuelco el corazón. El desconocido encapuchado estaba apoyado en una pared mientras se fumaba un cigarrillo. Parecía esperar a alguien. Estaba de espaldas y él todavía no me había visto.

-¡Oye, tú! -le grité sin pensarlo dos veces.

Se giró bruscamente y pude observar que aun siendo de noche llevaba las gafas de sol puestas. Tiró la colilla y empezó a correr alejándose de mí. Aunque iba en dirección contraria a donde yo quería ir, me puse a perseguirlo. “A correr no me gana”, pensé mientras aceleraba.

-¡No corras , cabrón. Dime dónde está Lucy! ¿Qué le habéis hecho?

Me costaba alcanzarlo. Se notaba que era joven porque tenía una buena velocidad. Apreté un poco más y lo perdí de vista cunado dobló la siguiente esquina. Fui detrás de él y de repente me encontré en lo que parecía un callejón sin salida. Estaba muy oscuro y silencioso. Jadeaba después de frenar en seco. Me apoyé sobre las rodillas para tomar aliento y consciencia de dónde estaba. Me pregunté por qué lo había perseguido. Daba igual , ya estaba allí. Analicé la situación; había perdido el miedo.

-¿Dónde coño estás?¡Mal nacido, sal de dónde estés!

No entendía cómo siendo una ciudad tan ruidosa, allí imperaba ese silencio que me ponía cada vez más tenso. Avancé muy lentamente mirando a ambos lados y hacia arriba de los edificios que allí eran bajos con las típicas escaleras externas. Muy a lo lejos creía distinguir una de las muchas sirenas que constantemente sonaban por las calles…De repente escuché un gran estruendo metálico, que relacioné con el ruido que hace al caer un enorme cubo de basura. Una silueta grande y oscura se abalanzó sobre mí. Forcejeamos durante unos instantes y me sorprendí de que yo todavía estuviera en pie. Fue pensarlo y notar como su puño impactaba directamente en mi mentón. Se quedó por unos segundos parado delante de mí. Se me empezó nublar la vista justo en el momento que por primera vez le veía el rostro. Me desvanecí.

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