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Todo estaba oscuro salvo un puntito blanco al fondo. Éste cada vez se hacía mayor o cada vez se aproximaba más; todavía no lo podía discernir. Me preguntaba si era la salida del túnel o la entrada en el limbo. Muchos de los que habían regresado de la experiencia de la muerte decían haber visto esa luz que les llamaba seductoramente. La luz blanca cada vez era más cegadora. Abrí los ojos y me encontré el rayo de una linterna que me apuntaba directamente. La sujetaba un policía enorme que me gritaba y me daba pequeñas patadas para comprobar si estaba vivo.

-¡Señor, señor..! ¿Se encuentra bien?

-¿Cómo? ¿Qué dice? No entiendo… ¿Dónde estoy? -le pregunté totalmente aturdido.

-¿Puede levantarse o le ayudamos? -siguió preguntándome el policía.

Hice el ademán de incorporarme, pero me entró un ataque de tos que me hizo caer de nuevo.

-¡Quíteme la luz de los ojos, Joder! -grité sin valorar las consecuencias.

Entonces el policía ayudado de otro que se presentó al oírme gritar, me izaron sin contemplaciones del suelo a la vez que me esposaban.

-Pero… ¿qué hacen? ¡Yo no he hecho nada!

-Tranquilícese señor -me contestó en español el segundo que había llegado-. En cuanto aclaremos lo que ha pasado se las quitaremos.

Me comencé a orientar y a recordar todo lo sucedido. Miré a mi alrededor y lo que antes había sido un callejón tranquilo, oscuro y silencioso, ahora estaba lleno de focos, de sirenas azules y un montón de uniformados yendo y viniendo no tanto de donde yo me encontraba, sino de unos metros más adelante justo en el cruce con la calle principal, donde se acumulaban policías, vehículos y una ambulancia. Me preguntaba qué era aquello que despertaba tanto interés allí cuando yo era la víctima.

-Señor, ¿nos podría decir su nombre y nacionalidad? -me preguntó el que hablaba castellano.

-Me llamo Ricardo Cardona y soy español.

-¿Nos puede decir qué ha ocurrido aquí?

-Un individuo se abalanzó sobre mi, dándome un certero puñetazo que me tumbó y me hizo perder el conocimiento.

-Muy bien , pero ¿qué hacia en este callejón?

-Ese sujeto llevaba todo el día persiguiéndome por la ciudad y hace unos momentos también intentó acorralarme en el ascensor del Empire State. No sé qué es lo que quería ni quién era. Al bajar del edificio y encontrármelo en la calle decidí pedirle explicaciones y lo perseguí hasta este lugar. Lo siguiente ya se lo he explicado.

-¿Lo conocía de algo?

-No, de nada -contesté.

-¿Puede identificarse?

En ese momento reparé que me faltaba la mochila que siempre llevaba conmigo con la cámara de fotos y toda mi documentación. Intenté girarme para buscarla justo donde había caído, pero la fuerza de los policías me lo impidió.

-Me la han robado.

-¿El qué? -me preguntó el agente.

-La mochila. Allí llevaba mi pasaporte y toda mi documentación. También el dinero y la cámara de fotos.

-Me está diciendo que no puede acreditarnos quién es…

Asentí turbado no tanto por la pérdida de mis pertenencias, sino por lo esperpéntico de la situación. Me sobrepasaba. Me gustaría que fuera una pesadilla, pero la mala leche y las caras de los policías que me interrogaban no dejaban ninguna duda de que no se trataba de ninguna alucinación. Aquello era tan real, como que nunca me había encontrado tan solo en el mundo.

-Sr. Cardona, acompáñeme.

Nos aproximamos a donde estaba el tumulto y el agente se dirigió a la persona que parecía dirigir el cotarro. Intercambiaron palabras y sobre todo gestos hasta que entendí que le indicaba al que se había quedado conmigo que me llevara hasta él. Médicos, también policías sin uniforme y hasta un furgón funerario, rodeaban a lo que parecía ser un cuerpo tendido en el suelo. Estaba cubierto. El oficial al mando me saludó con cierta amabilidad y me acompañó hasta lo que sin duda se trataba de un cadáver. Levantó la manta y me preguntó:

-¿Lo conoce?

-No. Bueno sí…

-¿En qué quedamos? ¿Lo conoce o no?

-Sí. Es el tipo que me ha estado persiguiendo todo el día. El que me noqueó.

-Y ¿por qué cree usted que ahora está muerto?

Me temblaba todo el cuerpo. De repente todo lo que tenía en el estómago, que no era mucho, empezó a rugir como un volcán con intención de expulsarlo afuera. Noté también un mareo pero en este caso era por las nauseas que sentía. No pude aguantar más y allí mismo vomité sobre los pies del jefe de policía y tan cerca del muerto que podría haber contaminado las pruebas.

-¡Joder! Llévenselo de aquí- gritó furioso el comisario.

New-York-cops

El policía que parecía ser el más compresivo con mis situación, me acompañó hasta un coche.

-Me llamo, Lester Guzmán. Me gustaría entender que sucedió para poder ayudarlo. Pero por ahora esto no es posible. Nos acompañará a comisaría y allí será interrogado con tranquilidad. No tiene nada que temer, seguro que todo ha sido un malentendido y lo podremos aclarar.

-Gracias , Lester –le contesté con el hilillo de voz que me quedaba.

-Pero hágase a la idea de que esta noche la pasará con nosotros –me dijo mientras me obligaba a introducirme en el coche patrulla.

Por primera vez desde que me separé eché de menos a mi exmujer. Me acordé de la paz y la tranquilidad de nuestro hogar. Añoré los días aburridos donde nunca ocurría nada. Saber en todo momento que es lo que sucedería en cada minuto del día. Tenerlo todo programado. Me imaginaba tumbado en mi butaca preferida leyendo o viendo alguna película. Pensé en mis hijos, en cuanto me gustaría poder escuchar su voz en estos momentos. Me propuse que al salir de allí lo primera que haría sería llamarlos.

Aunque no lo pudiera parecer, encerrado en aquella celda encontré un poco de paz. Me tumbé en el camastro y repasé todo lo acontecido desde que había llegado a New York. El sueño me capturó mientras intentaba darle sentido a la muerte del encapuchado y sobre todo en ser consciente de que yo era el principal acusado. Como para compensarme del horror que había vivido, soñé que estaba corriendo el maratón. En que una ligera brisa me acariciaba la cara proporcionándome un frescor placentero después de haber corrido ya 25 kilómetros. Las piernas me acompañaban. Me sentía flotar. Corría junto a un grupo de mujeres muy bellas que me hacían más soportable la carrera. Llevaban las melenas sueltas y éstas se movían acompasando cada zancada que daban. Me puse a la altura de una de ellas y me miró sonriendo. Me quedé pasmado al ver que se trataba de Violeta. No sabía que ella también corría y me alegré de estar allí. La excitación me hizo acelerar para no perderla de vista. Las mallas de correr le quedaban tan ajustadas que parecían ser una segunda piel. Tenía un cuerpo escultural que el uniforme del hotel escondía injustamente. Ahora en cambio podía admirar esas formas perfectas. “En estas condiciones soy capaz de correr dos maratones seguidas”, pensaba mientras no podía dejar de mirarla…

-Ricardo, despierta. El comisario quiere hablar contigo -me conminó el agente que estaba de guardia. -Por lo pelirrojo que era pensé que sería de ascendencia escocesa …

Marco Romano era un policía italoamericano de tercera generación. Su padre y su abuelo también habían estado en el cuerpo. Era el mayor de tres hermanos. El que le seguía había tomado una camino diferente y había coqueteado con la delincuencia, pero finalmente regentaba una pizzeria. El más pequeño era inspector de policía. Se podría decir que se trataba de una saga. Estaba separado y todavía no sabía si era un castigo o una recompensa, pero era padre de cuatro adorables mujeres: hermosas, inteligentes y trabajadoras. Dos de ellas también aspiraban a ser policía y estaban en la academia. Las otras dos:una era abogada y la otra pretendía ser actriz. Cerca de los sesenta años, llevaba 10 de comisario y esperaba jubilarse sin más ascensos ni quebraderos de cabeza. Era un buen policía, pero muy riguroso. Astuto y rígido con las normas. Los que lo conocían decían que detrás de su aspecto duro y gruñón, había una persona autoritaria pero muy justa. Solo perdía el control ante sus hijas, que eran su debilidad. Como no podía ser de otra forma en un italiano, vestía con elegancia y siempre con traje cruzado.

Todavía con la sensación placentera del sueño que acababa de tener, le miré a los ojos esperando la pregunta que seguramente no comprendería, pero el viejo zorro ya había hecho venir a Lester para usarlo como intérprete aunque Romano entendía perfectamente el español. Pero para hablarlo y teniendo en cuenta las sutilezas del interrogatorio prefería alguien que lo dominara.

-Comprenderá que la versión que nos ha dado es muy confusa y poco coherente. Aunque nosotros queremos creerle ..¿que motivos podría tener el Sr. Ernesto Valencia para perseguirlo, acosarlo y agredirle si no lo conocía de nada?

-No sabía ni su nombre -contesté intrigado.

-¿Tenía usted alguna relación de negocios con él? ¿Eran amigos?

-No lo conocía. Yo he venido a pasar unos días en Manhattan con la intención de correr el Maratón. Pueden comprobarlo porque estoy inscrito.

-También hemos comprobado que quien dice ser pasó la aduana proveniente de España. Pero tendrá que acreditarnos su identidad para que podamos dejarlo en libertad. Pero antes, dígame …¿de qué se conocían con el Sr. Valencia? -insistió el comisario.

-De nada. Él empezó a espiarme. Ya se que suena inverosímil, pero así es -contesté indignado.

-¿De Verdad no sabe quién es el Sr. Valencia?

-No. Ya le he dicho que no. Llevo poco más de 24 horas aquí.

-Pues se lo voy a decir yo.

policia3

Pasó a relatarme lo que la policía había averiguado sobre el individuo que ocultaba su rostro detrás de las gafas de sol y que me había hecho la vida imposible hasta anoche mismo. Se trataba del hijo menor de un narcotraficante mexicano. Tenía permiso de residencia como estudiante de artes escénicas y tenía fijada oficialmente su residencia en State Island, New York. Mas concretamente en el número 399 de Westarvelt Avenue. Según todos los indicios el Sr. Valencia había sido atropellado mortalmente, cuando supuestamente huyó después del altercado que había tenido conmigo.

-¿Entiende lo que significa eso?-me interpeló de nuevo.

-Que ya se han dado cuento de no he sido yo. De que soy inocente.

Soltó una carcajada burlona dando a entender lo estúpido que era y lo poco consciente que era del peligro que corría.

-No hombre. Es usted un memo. Lo que quería decirle es que el padre de ese chico no va a dejar las cosas así. No se creerá la versión oficial. Y cuando sepa de usted no parará hasta liquidarlo. ¿Lo comprende ahora?

No pude contestar. Tragué la poca saliva que me quedada. Tenía la boca seca, la cabeza espesa y ahora había recuperado el miedo que creía haber dejado al ver el cuerpo mortal de Ernesto o como se llamara aquel incauto.

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