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Durmiendo sexy

(8)

No podía dejar de mirar a esa mujer bella, dulce y cariñosa que dormía a mi lado después de que hubiéramos retozado durante varias horas. Un suspiro acompañado de un grácil movimiento de su cuerpo dejaron a la vista medio cuerpo desnudo. La pierna ligeramente doblada mostraba un muslo fuerte y proporcionado. Una espalda infinita de piel suave y morena y una melena de cabello negro que le cubría parte del rostro completaban la composición. En el tobillo destacaba un pequeño tatuaje tribal que le daba un toque exótico a la ya de por sí belleza extrema y rotunda de Violeta. Me volví a excitar y me entraron ganas de recorrer de nuevo ese cuerpo.

Habíamos regresado al hotel después de dejar a Malcom en su casa. Acudimos a recepción para que ella pudiera dar explicaciones de su ausencia y su compañera me entregó la mochila que había perdido en el altercado la noche anterior. Sorprendido a la vez que reconfortado le pregunté que quién la había dejado allí. Me contestó que un mensajero la dejó sin saber el remitente, que éste le contrató el servicio de forma anónima. Nervioso la cogí y la inspeccioné por encima y parecía estar todo, incluido la cámara de fotos. Pensé en que era la primera noticia buena desde hacia muchas horas y me abracé, sin pensarlo dos veces, a Violeta que me correspondió y además me regaló una agradable y sincera sonrisa.

-Ricardo, debes ir a descansar. Te acompaño a la habitación -me dijo tuteándome por primera vez.

Asentí emocionado porque la idea de que ella subiera conmigo me gustó y provocó que me pusiera otra vez alerta. Notaba la tensión sexual pero dudaba si ella también la sentía o yo había interpretado erróneamente los síntomas. Me santigüé al entrar en el ascensor y nos dirigimos a mi habitación.

Nada más entrar la miré esperando una respuesta que llegó de inmediato en forma de beso. Con poca pericia por culpa de la impaciencia que provoca la excitación nos desnudamos por completo y caímos sobre la cama. Mis sentidos se habían concentrado, como soldados fanáticos, en besarla, en lamerla y en olerla. Nos manteníamos en silencio: sólo hablaban nuestro ojos que ardían de deseo. La acaricié incansablemente y recorrí su cuerpo desde la cabeza a los pies dibujando con mis manos el relieve de su silueta. La luz tenue del atardecer que entraba por la ventana se proyectaban sobre el cuerpo desnudo de Violeta aumentando su belleza y mi ardor. Su ojos brillaban con mis mimos y parecían invitarme a continuar. Mis dedos se detuvieron caprichosamente sobre el pubis rasurado. Continuaron explorando con curiosidad y disciplina dispensado placer húmedo en su recorrido. Mi lengua exploró todos los rincones de aquel cuerpo color canela que me fascinaba con la dulce fragancia que desprendía cada poro de su piel. No me cansaba de besarla y a ella le gustaba especialmente cuando los prolongaba por el cuello y bajaba lentamente hasta llegar los pechos. Un sonoro jadeo salió de su boca cuando mordí con delicadeza sus pezones. Nos abrazamos de nuevo. Sin tiempo de reaccionar ni de tomar aliento, ella se apoderó de mi cuerpo; de mi voluntad hacía rato que lo había hecho. Era fuerte y yo no opuse resistencia. Se puso sobre mí y sin darme apenas cuenta ya me encontraba dentro de ella. Me sujetaba por la muñecas para que yo no pudiera moverme ni tocarla. Estaba a su entera disposición. Como si fuera un adolescente no tardé mucho en dejar ir parte de mí en forma de orgasmo. No me dio tiempo a recuperarme que la tenía sentada sobre mi cara ofreciéndome aquel jugoso fruto que lo devoré con la ansiedad del hambriento.

Estaba tan hermosa allí tumbada y dormida que no podía dejar de mirarla embelesadamente. Definitivamente el uniforme no le hacía justicia. Pero además su carácter decidido, jovial y dulce hacía de ella un ser del que era muy fácil caer rendido.

Violeta Mendoza era venezolana. Era le menor de tres hermanas. Su padre era un prestigioso doctor que en la actualidad estaba jubilado. Tanto sus hermanas como ella habían salido de Venezuela en busca de una estabilidad social y económica que allí no encontraban. Ella, que se había formado para poder dirigir empresas, se tenía que dedicar a hacer de recepcionista en un hotel de Nueva York. Aun así no perdía la esperanza de que algún día pudiera crear y dirigir su propio negocio. Dominaba varios idiomas y era muy apreciada tanto por sus compañeros de trabajo como por el director del hotel. Sus dos hermanas mayores eran médicos como su padre: una estaba ejerciendo en la unidad de urgencias en un hospital de beneficencia en Miami y la otra, la del medio, trabajaba en España como pediatra. Sus padres seguían allí intentado no llamar demasiado la atención para que el régimen no los señalara. Vivían en un zona residencial privilegiada, rodeados de sistemas de seguridad y prácticamente no podían salir de ese perímetro sin sentir miedo. Pero el Dr. Mendoza, amaba su tierra y no perdía la esperanza de ver de nuevo a Venezuela donde le correspondía. No en vano era una nación rica en materias primas y una de las primeras productoras de petróleo. Violeta llevaba cinco años en New York .

Seguía dormida. La contemplé de nuevo y pensé en Lucy. No pude evitar sentir una amarga sensación de traición. Me acordé de que Ernesto Valencia vivía también en State Island según el comisario Romano. Aunque la ciudad es enorme, no me podía quitar de la cabeza la curiosa coincidencia: Lucy también vivía allí.

Busqué mi portátil con sigilo. Lo abrí, me metí en Google y tecleé el nombre completo de Lucy: Luciana Trevi. Esperé respuesta. Aparecieron una serie de entradas vinculadas a perfiles sociales, a diferentes administraciones publicas relacionadas con multas, pagos de impuestos, etc… Esperaba encontrar en algún lugar la dirección de Lucy en State Island, pero no parecía que la suerte me acompañara. Qué poco sabía de ella, pensé. Llevaba más de dos días buscándola y apenas sabía nada. Después de varias páginas y cuando estaba apunto de abandonar la búsqueda, apareció un enlace a un sitio de una empresa de suministros donde sí aparecía una dirección: número 399 de Westarvelt Avenue, State Islad, New York. Comencé a sudar y a notar como la sangré se me acumulaba en la cabeza: se me nubló la vista. Me froté los ojos para convencerme de lo que estaba viendo, repasé la dirección y , efectivamente, coincidía con la Ernesto. Vivían en el mismo lugar. Con las manos temblorosas cerré de golpe el ordenador y me dirigí al baño para refrescarme la cara. Por el camino tropecé con la mochila recuperada y me la llevé para examinarla con más profundidad. Después de remojarme me senté sobre la tapa del inodoro. Rebusqué por la bolsa y no faltaba nada. En un bolsillo exterior encontré una pequeña nota manuscrita:

Esta vez has tenido suerte. La próxima no sólo perderás la mochila , sino que también perderás la vida”.

Sofocado, abrí la puerta del lavabo para salir de allí y me topé con Violeta que ya se había despertado. Mi corazón estaba a punto de estallar con tanto sobresalto. Se me cayó la nota de las manos y los dos intentamos recogerla a la vez provocando que nuestras cabezas chocaran dolorosamente.

-¿Qué te ocurre, Ricardo?

-¡Siguen aquí… Siguen aquí..!

-¿Pero a quienes te refieres?

-Lee la nota -contesté con los ojos inyectados de sangre.

-Tranquilízate, vamos a hablar con el comisario Romano y se lo explicamos.

-¡No! No podemos hacer eso. Él no sabe el motivo por el cual me perseguían o mejor dicho por qué me siguen amenazando.

-Ya, pero es la única persona que te pede ayudar en esta ciudad.

Me tumbé en la cama para serenarme. Ella lo hizo a mi lado. Me miraba sin decirme nada; simplemente me acompañaba. Poco a poco recobré la calma y le dije:

-Vamos a olvidar todo esto. El que me perseguía ya está muerto. No sé quién ni con qué intención me ha enviado este mensaje. Pero mañana lo veremos todo más claro y decidiremos.

-Bien. Te propongo pasar lo que queda de tarde visitando la Estación Central y el edificio Chrysler. No están muy lejos del hotel y te irá bien distraerte un poco. Te gustará. En la Grand Central Terminal se han rodado películas tan famosas como “Los intocables de Eliot Ness”. És impresionante.

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Antes de salir y mientras violeta se duchaba llamé por teléfono a casa. Bueno mejor dicho a la que había sido mi casa. Me contestó Miranda, mi hija. Me gustó y me tranquilizó escuchar su voz: la sentía próxima. Me explicó que todo estaba en orden y que en ese momento estaba sola en casa.

-Y tu hermano, ¿cómo está? ¿Cómo le van los estudios?

-Creo que bien…

-¿Qué significa eso? No puedes ser más concreta –le contesté impaciente como cuando estaba en casa con ellos.

-Mejor hablas con mamá. Se ha ido de viaje con un amigo de clase.

……..

-¡Aló! quién habla.

-José, amigo… ¿No me reconoces?

-Estoy algo mayor para ese tipo de juegos…¿quién habla?

-Soy Osvaldo Valencia, viejo amigo.

-Ahora sí, ¿qué pasó compadre? Me alegro de escuchar tu voz. !háblame!

-Ha pasado mucho tiempo, pero fuimos como hermanos. Yo nunca olvido a la familia…

-Sí, sobre todo en la época de la universidad lo pasamos chévere…

-Bueno también fuiste de gran ayuda cuando se me torció el camino…¡ya sabes!…los negocios a veces son peligrosos -soltó una carcajada.

-Y ¿qué te trae después de tanto tiempo?

-Malas noticias. Necesito tu ayuda, pero no como amigo sino como profesional.

-Pero ya estoy jubilado, ahora me decido a cuidar del jardín, leer y pasear el perro…

-Ya pero no debes haber olvidado lo que sabías. Eras una eminencia y además se trata de un asunto personal y grave.

-¡Háblame ya! ¿de qué se trata?

-Verás, mi segundo hijo está muerto. Según la policía de Nueva York murió atropellado. Pero yo no me lo creo.

-¿Y qué puedo hacer yo por ti?

-Puedes venir y explorar su cuerpo. No hace falta que sea una autopsia. Sólo quiero que a la vista de las heridas me convenzas de que ha muerto atropellado y no asesinado.

-Pero estoy a muchos kilómetros de distancia

-Nada que no pueda solucionar un buen avión. Te acabo de preparar uno privado que saldrá inmediatamente hacia Nueva York. En breve te recoge en tu domicilio un chofer de mi compañía. Yo te espero en el aeropuerto.

……..

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Estaba punto de entrar en Central Park por una entrada del este. La que está junto al pequeño homenaje a John Lennon. Había quedado de nuevo con Malcom para correr por el parque al mismo tiempo que intentaríamos obtener alguna pista sobre el paradero de Lucy. Con tanto ajetreo esa misión había quedado un poco relegada. Hacer un poco de entrenamiento me vendría bien para recomponerme física y mentalmente y sobre todo para afrontar el Maratón que correría el Domingo.

La tarde anterior la había pasado con Violeta paseando por los alrededores del edificio Chrysler y visitando la Grand Central Terminal. Era igual que como la había visto en la innumerables escenas de las películas que allí se había rodado: grande y espaciosa. Estaba muy bien iluminada y con una simetría casi perfecta. Había montones de gente subiendo y bajando por la diferentes escaleras, entrando y saliendo por los diferentes accesos a las vías. Muchos tenían que atravesar la gran nave central, concentrándose en el centro que estaba presidido por un gran reloj. Como en una autopista unos iban y otros venían formados carriles improvisados en toda las direcciones posibles. Yo lo divisaba desde la parte mas alta de las estación y parecía una coreografía perfectamente organizada. El edificio Chrysler no lo visitamos por dentro, pero por fuera me pareció uno de los edificios más bonitos. Con una cúpula de acero que brillaba especialmente por donde lo bañaban los últimos rayos de sol del día.

Acabamos el día cenando algo ligero en Junior’s, un restaurante que era famoso por su Cheesecake. La verdad es que la fama era justificada. Hicimos la vuelta al hotel sin hablar, como si nos tomáramos un descanso para la reflexionar. Al intentar esquivar algún obstáculo nuestras manos se rozaban y forzábamos ese contacto unos segundos más, pero no llegamos a cogernos. Nos despedimos con un beso discreto pero con una mirada profunda que hablaba por nosotros…Dormí profundamente. Era la primera vez que lo hacía desde que me encontraba en New York.

Habíamos subido hasta el parque por la Octava Avenida y ya desde el primer momento me sentía observado. No quise alertar a Malcom para que no me tomara por un paranoico y no tuviera la tentación de burlarse de mí. Tampoco le había comentado nada de mi encuentro con Violeta…ni de la coincidencia del domicilio del muerto que me perseguía con el de Lucy. Estaba buscando el momento para comentarle la última amenaza recibida a través de la nota de la mochila cuando él me espetó:

-¿Te gusta Violeta? -mantenía un mueca irónica mientras corría sin mirarme

-¿Qué? ¿ Cómo?

-Que sí hombre, he visto cómo la miras.

-Bueno, sí. Es agradable. -Ya no pudo más y soltó una carcajada que dejó otra vez sus grandes dientes blancos a la vista.

-Está bien, si quieres ser prudente te diré que creo que ella también está a gusto contigo -continuó riendo.

Seguimos avanzando por el interior del parque. Habíamos incrementado el ritmo y ahora se aproximaba al óptimo para un buen rendimiento. Eso dificultaba que pudiéramos seguir hablando, cosa que agradecí porque no me gustaba el interrogatorio al que me estaba sometiendo. No pude aguantar mucho tiempo callado.

-Ayer recibí un nuevo mensaje -le dije.

-¡No puede ser! Si él ya está muerto…

-Pues era otro manuscrito que encontré en la mochila que alguien me devolvió dejándolo en la recepción.

Malcon emitió un pequeño gruñido antes de decir:

-No te lo quería decir, pero tengo la sensación de alguien nos está siguiendo.

A pesar de la desagradable noticia me sentí aliviado porque no era yo el único que tenía esa sensación. Instintivamente miré hacia ambos lados sin advertir nada raro. Llegamos hasta el lago grande donde dimos tres vueltas a su perímetro. Desde su parte norte hay unas bonitas vistas de los rascacielos que luchaban por asomar por encima de los árboles. No pude aguantar más y puse al corriente de todo a Malcom. No se lo podía negar porque era , junto a Violeta, en los únicos que podía y debía confiar. Cada vez que le contaba una novedad aceleraba el ritmo como efecto del enojo que sentía. Le tuve que decir que aflojara un poco porque me estaba ahogando y había perdido el ritmo de respiración mientras hablaba. Refunfuñaba y no paraba de negar con la cabeza como diciendo: “no me gusta nada”. Por el camino nos cruzábamos con otros corredores , ciclistas y practicantes de todo tipo de deportes. A todos los miraba con desconfianza intentando adivinar quién de ellos nos espiaba. Bajamos por el lado oeste por un camino paralelo a la Quinta Avenida y pude observar de lejos la parte superior del edifico Gungenheim. Pasamos también junto al Matropólitan Museum of Art y desmbocamos en otro lago más pequeño donde hacen navegar barquitos con control remoto. Un poco más adelante comenzamos a ver corrillos de gente que rodeaban a artistas que exponían su talento. Si había alguna posibilidad de que el azar , la casualidad o la suerte se nos mostrara , sería allí. Me fijé en especial en un mimo de mediana estatura y melena larga recogida con una cola, miré a Malcom y comprendió exactamente qué le quería decir. Nos dirigimos decididamente hasta él teniendo que atravesar una de las pocas calles del parque donde pueden transitar los coches. Íbamos tan abstraídos que no reparamos en un Range Rover que casi nos atropella. Tuvo que frenar de golpe y nos dedicó una sonora pitada. Me fijé en el conductor sin dejar de correr y éste me sostuvo la mirada. En lugar de abroncarme me dedicó una mirada maliciosa. Seguimos hacia nuestro objetivo olvidando rápidamente el percance. Cuando faltaban pocos metros para llegar , el mimo se percató de nuestra presencia y sin más salió corriendo dejando a su publico y a nosotros totalmente desconcertados. Ni siquiera se entretuvo a recoges sus bártulos. Salió disparado como una flecha en dirección sur. Nosotros intentamos perseguirlo , pero llevábamos ya muchos kilómetros encima y no pudimos aguantar el ritmo que el desconocido mimo había impuesto. A los pocos minutos nos paramos jadeando y sin respiración.

-Déjalo ir, no podemos hacer nada -me dijo Malcom

-Pero es la única pista a la que nos podemos agarrar para encontrar a Lucy.

-Eso es imposible de saber

-No tenemos nada más…si no ¿por qué ha huido?

-No lo sé Ricardo, pero no puedes obsesionarte.

-¿Te ha parecido que era una mujer o un hombre?

-No sabría qué decir. Pero no importa, olvídalo. Vamos a ver si encontramos algo en las pertenencias que ha dejado atrás.

Regresamos sobre nuestros pasos al lugar donde el mimo estaba haciendo su representación. Habíamos dejado de correr. Al aproximarnos vimos que la gente había dejado paso a unos policías que se estaban haciendo cargo de sus cosas.

-Tampoco aquí encontraremos nada, Malcom.

-Pues esta tarde nos vamos a State Island, a su casa a ver si allí encontramos un poco de luz sobre su paradero. Algo por donde podamos empezar. No podemos seguir a ciegas, New York es muy grande.

La idea de Malcom me alegró, no tanto porque continuaríamos la búsqueda , sino por la implicación que eso suponía por parte de él. Caminamos hacia la salida sur del parque, la que desemboca prácticamente sobre la Quinta Avenida. Malcom estaba muy callado, tenía la sensación de haber visto en alguna parte a unos de los policías. Escudriñaba en su memoria para encontrar una cara que encajara con aquella. Nos encontrábamos parados en el semáforo de la calle que separaba el parque de la Quinta Avenida. Se puso el disco en verde y cuando levanté la vista para cruzar, el primer coche que estaba parado me resultó familiar. Era el mismo Range Rover que casi nos atropella. Estaba ocupado por cuatro individuos con cara de pocos amigos. El conductor me volvió a mirar y mostró otra vez una socarrona sonrisa a la vez que levantó su mano extendió el índice y me apuntó como si fuera una pistola.

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