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Sonaba con fuerza la alarma. Una voz, que parecía proceder de ultratumba, daba una serie de instrucciones en un idioma que no comprendía. Me desperté aturdido sin saber dónde me encontraba. Estaba en el vigésimo quinto piso de un hotel de New York, donde había llegado hace apenas unas horas después de un largo viaje. Afectado por el “jet lag” pasé buena parte de la noche en vela, pensando en participar en un Desafío Literario de Taller de Relatos, cuando de pronto me quedé profundamente dormido. Así que la alarma debía llevar tiempo emitiendo ese ruido infernal antes de que yo comenzara a reaccionar. La voz seguía hablando sin que yo comprendiera nada, lo que provocó que me apareciera la angustia. En ese momento me acordaba de los amigos de Madrid que me decían que no tendría ningún problema con el idioma, que aquí todo el mundo conoce y habla perfectamente el español.

Visitar New York era un proyecto que siempre había tenido desde muy joven y que lo había ido posponiendo por diversos motivos a lo largo de los años. Ahora que mi vida había dado un giro radical de 180 grados, decidí que era el momento: “ahora o nunca “, me convencí. Estaba en esa edad madura en que, cuando miras atrás, te das cuenta que tu proyecto vital ha estado ocupado no tanto por aquellas cosas que tu deseabas, sino por las responsabilidades que has ido adquiriendo sin darte cuenta y que éstas te robaban el tiempo. Los últimos veinticinco años había estado trabajado incansablemente para conseguir cosas que luego no podía disfrutar por no disponer de oportunidad. Sí, he creado una familia, o mejor dicho: mi exmujer creó una familia.

Era arquitecto. La mayoría de la gente me decía: “con ese trabajo debes viajar mucho para ver los edificios más emblemáticos del mundo”. Yo les contestaba que no. Que esos los veía en los documentales que hacían por la televisión. Que era una idea romántica de la profesión, pero la realidad es que me dedicaba a proyectar y construir todo tipo de viviendas para que la clase media pudiera demostrar su éxito laboral y social comprándose un chalé. “Pero algún día viajaré a New York”, finiquitaba la conversación. Yo mismo formaba parte de una de esas familias convencionales a las que tanto criticaba. Esa ficticia felicidad no podía durar eternamente. Se acabó de repente; de la noche a la mañana.

No pude evitarlo; cualquiera se pondría nervioso. Cuando fui consciente de la situación y pude valorar que se trataba de la alarma de incendios, me vinieron la cabeza todas aquellas trágicas imágenes que había visto de los atentados en las Torres Gemelas. El edificio derrumbándose y la gente lanzándose por la ventana. Me atormentaba la elección que tuvieron que tomar: o morir abrasados o morir cayendo al vacío. Pero morir de todas formas. Me asusté y me entró el pánico. Tenía que salir de allí lo antes posible. Con sólo los calzoncillos y, eso sí, con los zapatos puestos (lo había aprendido haciendo el servicio militar), me dirigí al pasillo en busca de la vía de escape: no encontré a nadie. Todo parecía en orden y reinaba la calma. Si hubiera dominado el idioma, hubiera escuchado decir a la voz cavernaria que se trataba de una falsa alarma.

Había ido a New York para cumplir mi sueño y un gran reto: visitar la ciudad que nunca duerme y correr el Marathon más importante del mundo.

Aunque no lo quería reconocer, había otra oculta intención…

(2)

New_York_Time_Square_by_HairJayRecibí un mensaje privado a través de Facebook . Me sorprendió porque no era muy frecuente que mis amigos utilizarán ese medio. Procedía de una amiga virtual. Nos conocíamos a través de un grupo donde compartíamos nuestras comunes aficiones a la lectura y a la escritura. Tampoco habíamos mantenido hasta el momento conversación privada alguna, nos limitábamos a comentar lo que nosotros o los demás integrantes del grupo colgaban. La verdad es que coincidíamos en muchas de las observaciones y me gustaba como escribía. Creo que ese reconocimiento era mutuo y los dos habíamos participado en diferentes concursos literarios por internet.

El mensaje era corto , claro y muy contundente. Decía: “Me tienen retenida . Ayúdame, por favor”. Me lo tomé a broma. Pero teniendo en cuenta mi natural curiosidad y mi inestable situación personal, decidí contestar el mensaje sin saber muy bien por qué y con pocas esperanzas de que ello me pudiera tranquilizar. No recibí contestación alguna.

Me puse a averiguar cosas sobre ella entrando en su página personal. Por lo que podía deducir de su muro se llamaba Luciana Trevi , aunque se hacía llamar Lucy , natural de Argentina , pero residía , o eso parecía , en State Island, New York (USA). Llegué a la conclusión de que era una artista callejera y se ganaba la vida, haciendo de mino, interpretando música en el metro, en las calles y en los parques de Manhattan. No le di más importancia ese día y pensé que se trataba de un error. Bastante tenía yo con mi propia vida, como para preocuparme por la de los demás.

Llevaba casado más de 20 años. Tenía dos hijos mayores de edad que prácticamente lo único que necesitaban de mí era el dinero que les daba para costearles sus caprichos y sus estudios. Se me habían pasado los años trabajando y casi no me di cuenta de cómo crecían. Asumí el papel de cabeza de familia en su versión más tradicional, aquella que genera sobre todo responsabilidad económica y disciplina. Para hacer justicia el peso de la familia iba a cargo de mi mujer: Begoña. Durante muchos años creímos ser felices, teníamos lo que queríamos: hijos, trabajo, amigos, una casa, vacaciones, etc . Parecíamos la pareja perfecta, envidiados por muchos. Nuestro matrimonio se acabó por agotamiento; por aburrimiento aunque tardamos muchos años en darnos cuenta. Seguíamos juntos porque era lo más cómodo. No nos llevábamos mal y tampoco discutíamos mucho, sencillamente dejamos de alimentarlo. Un día, amanecí solo en el cama y al darme cuenta que no había notado su ausencia decidí acabar con la farsa. Una vez asumido todo fue muy rápido y fácil por ambas partes. Se acabó.

No pensé más en Lucy hasta el mismo día en que formalicé mi divorcio. Ese día retomé la vieja idea de viajar a New York . El destino caprichoso me estaba dando más motivos para lanzarme a una aventura que pusiera fecha al inicio de una nueva vida.

Amanecí en New York después de una noche complicada. Acababa de recibir la llamada de Violeta, la recepcionista del hotel, que me decía: “ Sr. Cardona: son la 7 de la mañana, este es el servicio de despertador que nos solicitó anoche”. Roberto Cardona, ese es mi nombre.

La planificación que tenía para hoy era intentar hacer una parte del recorrido del Maratón para familiarizarme con el entorno y comprobar sobre el terreno los diferentes desniveles y el tipo de suelo por el que correría. Quería comenzar el trayecto desde Queens, cruzando el East River por Queensboro Bridge hasta Manhattan. Luego subir por la Primera Avenida hasta el Bronx para buscar y bajar por la Quinta Avenida hasta Central Park. Me había estudiado a fondo el plano de la ciudad y teniendo en cuenta el diseño cuadriculado de sus calles sería fácil orientarse. Como entrenamiento para el primer día no estaba mal.

Mientras me daba una ducha rápida para acabar de despertarme me vino a la cabeza Lucy. En contra del sentido común y de toda lógica, algo desde mi interior me empujaba a considerar en serio el mensaje y a tomar cartas en el asunto. Pero ¿por dónde empezar? Repasé mentalmente la información que pude obtener de su perfil de Facebook y era difícil encontrar un punto de salida. Sin darme cuenta se estaba convirtiendo en un reto y justamente ahora no había nada que me estimulara más. Me gustaba la idea. Además , por la fotos que pude ver, Lucy era una atractiva morena de sonrisa amplia lo que claramente aumentó mi interés por conocerla. Mientras avanzaba en ese pensamiento me sentía ridículo por lo infantil del razonamiento pero también encontraba la respuesta de forma inmediata: “Es ella quien me ha pedido ayuda”.

Bajé con el ascensor a recepción para preguntar por el desayuno. La tarde anterior cuando llegué estaba tan cansado y abrumado que no atendí a las indicaciones. Me alegré de no haber comido nada todavía porque el ascensor bajó tan rápido que el estómago se me subió a la boca. Tuve suerte que estaba Violeta, la misma que me ha despertado y la que ayer me atendió de forma encantadora. Era Venezolana y , obviamente, dominaba a la perfección el castellano. Cuando me registré me atendió en primera instancia un chico de color (afroamericano) muy simpático, pero que en español sólo sabia decir: “hola”. Hablábamos pero no nos entendíamos. Yo sonreía y decía a todo que sí, pero era para no parecer lerdo y como producto de una educación clásica que proclama que es mejor afrontar los problemas con educación y una buena sonrisa. Violeta no perdía detalle. Yo la miraba pidiendo auxilio y ella lo entendió. Despachó con urgencia a la pareja que atendía y vino a rescatarme. Me mostré tan agradecido, per parecía que la quería seducir. Me atendió de una forma exquisita. Que poco sospechábamos ambos, que ella se convertiría en mi lazarillo en aquella enorme ciudad.

-Buenos días, Sr. Cardona

-Hola, qué tal -contesté coloquialmente.

-¿Ha dormido bien? -me preguntó

-Teniendo cuenta la diferencia horaria y la alarma de incendios… sí.

-Lo siento mucho. La dirección del hotel le pide disculpas…fue una falsa alarma. ¿La habitación bien?-prosiguió Violeta.

-Estupenda. Todo correcto. ¿Dónde puedo desayunar?

-En el primer piso tenemos el buffet. Apúrese, están a punto de cerrar.

Me preparé como pude un sándwich con algo parecido al jamón de pavo y me procuré uno de esos cafés largos “americanos” de difícil descripción y peor digestión. Durante el día me arrepentí en diversas ocasiones de haberlo tomado. Me aprovisioné con una buena cantidad de frutos secos y subí rápidamente hacia la habitación para calzarme las deportivas y la ropa de correr.

Optimista y cargado de energía salí del hotel. Hacía frío. En la puerta de entrada me dirigí al portero para preguntarle cómo llegar hasta Queens. Me indicó que desde Times Square podría coger el metro. “Allí tienen parada casi todas las líneas, es el centro vital de Manhattan: si New York nunca duerme, en Times Square siempre es de día”, me dijo. Mi hotel se encontraba a tan solo una manzana.

Observé que había bastantes individuos apostados cerca de la puerta principal que vendían todo tipo de servicios para los turistas. La mayoría eran latinos y muy serviciales. Al principio los miraba con reticencia por no estar acostumbrado a que te asalten con buenas intenciones, pero al final hasta echas en falta el día que sales del hotel y no encuentras esa cara que aunque es anónima, te resulta familiar.

Entre todos ellos distinguí uno que vestía con una sudadera oscura, gafas con cristal de espejo y se cubría la cabeza con la capucha. Estaba como en segundo término, justo en la esquina. No dejaba de mirarme. Me crucé con él varíes veces la mirada deslumbrante de sus gafas de sol y tuve la sensación que me quería decir algo…Quise aproximarme a él, pero en el mismo momento que hice el ademán, salió corriendo. Me acerqué hasta la esquina y había desaparecido. Me costó unos segundos reaccionar; le resté importancia. “Imaginaciones mías”, pensé en voz alta.

Me puse los cascos de música, la mochila a la espalda y dije : “New York , allá voy”.

(3)

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Siguiendo las instrucciones del conserje cogí la línea naranja en la calle 42 muy cerca de Times Square y junto a Bryant Park, era la que me dejaba en Queens sin necesidad de hacer ningún transbordo. El metro estaba lleno a rebosar, pero tuve suerte y pude acomodarme sentado en un rincón. No iban a ser muchas paradas, pero New York es muy grande y yo no tenía ningún tipo de referencias sobre las distancias entre las estaciones. Aun así me relajé y me dejé llevar por la emoción y por la música que escuchaba.

Me sorprendí a mí mismo pensado en aceitunas negras. “Qué ricas son estas aceitunas de Aragón”, me decía en silencio mientras escuchaba “Placebo” de la lista de mi reproductor. Quizá fue por asociación de ideas al notar cómo rugía mi estómago. El “aguachirri” que me había tomado en el hotel, estaba ya produciendo el efecto no deseado. No hay nada peor que comenzar a correr con la amenaza de tener que parar súbitamente para evacuar. No llevaba 24 horas allí y ya echaba de menos el café con leche de mi desayuno español y las famosas aceitunas del aperitivo. Mientras el traqueteo de tren me acunaba, produciéndome esa agradable modorra que siempre me transportaba a la infancia, tomé la determinación de solucionarlo.

Regresé de mis pensamientos cuando fui consciente de que el trayecto estaba durando demasiado. Me levanté e intenté orientarme y averiguar dónde me encontraba y lo más importante, adónde me dirigía -sonreí al darme cuenta de lo filosófico de la reflexión-. Al cabo de unos minutos y con la inestimable ayuda de un pasajero, me di cuenta que el idioma me había jugado otra mala pasada: me había equivocado de sentido en el momento de coger el tren. En lugar de ir hacia el norte me dirigía al sur. Me despejé de repente y mi estómago dejó de rugir para comenzar a oprimir…Consulté el plano y decidí que me bajaría en Houston Street (East Village), justo donde comienza la Primera Avenida.

Salí a la superficie y lo primero que noté fue el viento golpeando mi rostro. Lo notaba muy frío en comparación con el calor asfixiante del subterráneo. Repasé los nudos de mis zapatillas deportivas -no podía empezar a correr sin hacerlo- y comencé a trotar en dirección norte por la Primera Avenida. Esta es una calle bastante ancha que discurre junto al East River y que asciende ligeramente. Con un ritmo suave al principio, voy entrando en calor. La primera impresión es que esa ciudad no era desconocida para mi. La había visto tantas veces en diferentes películas y series de televisión, que parecía que ya había estado allí. Todo lo que veía me era familiar: los edificios altos y modernos que contrastaban con otros más bajos de obra vista con las escaleras de incendio por la fachada principal; la calle teñida de amarillo por la cantidad de taxis de ese característico color que por ella circulan; las columnas de vapor saliendo del subsuelo a modo de chimeneas…y muchísima gente que va y viene con su vaso de café caliente en una mano y el móvil en la otra. Aún así me impresionó profundamente.

Me costaba mantener un ritmo de carrera fijo porque era muy difícil sortear tantos obstáculos (peatones, vendedores ambulantes, artistas callejeros, mercancías, coches, andamios, etc…) y tenía que parar muchas veces en las intersecciones. En los semáforos me fijaba en las caras de las personas y estúpidamente esperaba encontrar alguna conocida para poderle saludar como me ocurría en Madrid. Llevaba ya unos tres kilómetros recorridos cuando tuve la sensación de que alguien me seguía. No tenía mucho fundamento, pero en las travesías mientras esperara para cruzar, había coincido con un mismo individuo que, aunque no había dado ninguna muestra de hostilidad , no comprendía como podía estar junto a mi, si él iba andando. Recordé al encapuchado de las gafas de espejo, que había visto a la salida del hotel y noté un pequeño escalofrío por mi espalda, pero seguí mi marcha aunque, eso sí, un poco paranoico. De vez en cuando miraba hacia arriba para ver si divisaba algún edificio que pudiera reconocer, pero no fue hasta llegar a la altura de la calle 44 que no pude observar a mi derecha el edificio de Naciones Unidas, que lucía verde y solitario junto al río.

Una docena de manzanas después, me encontré con el puente que tenían que haber cruzado desde el otro lado del río: el Queensboro Bridge. Se trata de un puente de acero enrejado, con dos niveles, que cruza desde Queens hasta Manhatan por encima de la Isla de Roosevelt. Acumulaba ya unos cuantos kilómetros cuando en el siguiente semáforo volví a encontrarme al mismo tipo. ¡No puede ser! , me decía mi mismo. Me aproximé con la intención de verle la cara, pero él salió disparado. Lo seguí inconscientemente atravesando la calle sin reparar en el tráfico. Algo en mi interior  me decía que no lo alcanzara , pero no podía evitarlo. La curiosidad era superior y quería mirarle a los ojos. Al llegar al otro lado de la calle, un coche lo esperaba, se subió a él con una rapidez endiablada y arrancó a toda velocidad. Tuve tiempo de ver al conductor y se me heló la sangre: era el sujeto que había visto en el hotel, con la capucha sobre su cabeza y las mismas gafas de sol.

¡Joder!”, grité. Ahora sí que me temblaban las piernas. Un poco aturdido y por ese instinto de supervivencia o miedo -depende de quien lo diga-, comencé a incrementar el ritmo. Estaba ya a la altura de Central Park , pero decidí no seguir con la ruta y regresar al hotel.

Quince minutos más tarde entraba por la puerta del hotel resoplando y con el pulso acelerado. Subí las escaleras de la entrada de dos en dos y me dirigí rápidamente hacia el vestíbulo donde se cogían los ascensores. Miré de reojo a la recepción y comprobé que no estaba Violeta. ”¡Mierda!”, pensé. Pulsé el botón y sin apenas tiempo de exhalar un poco de aire se abrieron las puertas, me santigüé -cosa que intentaba hacer siempre que me subía en un ascensor – y me metí dentro. Abrí la puerta de la habitación, me tumbé bocarriba sobre la cama mientras mi corazón todavía bombeada sonoramente. Con la mirada perdida en el techo, intentaba recuperar el aliento y ordenar mi mente. Giré la cabeza y advertí sobre la mesita de noche un sobre dirigido a mí. Era del hotel, del servicio de mensajería y contenía una nota. La saqué y con las manos temblorosas me dispuse a leerla:

No intentes encontrarla o morirá…y tú también”

(4)

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Notaba el sudor frío recorriendo todo mi cuerpo. Me entraron ganas de vomitar nada más acabar de leer la nota que unido al estómago revuelto y al extenuante último tramo de carrera, habían provocado una urgencia que quedó en un lamentable intento. Después de varias arcadas lo único que conseguí fue aumentar la tensión y el dolor abdominal por la contracciones. Decidí entonces darme una baño caliente para relajarme y poder pensar con claridad sobre lo sucedido.

¿Quién sabía que yo estaba allí ? ¿Cómo lo sabía? ¿Quién me amenazaba ? y ¿Cómo sabían lo que pretendía? Todas esa preguntas me las hacía mientras recobraba la paz metido en la bañera. Continuaba escuchando música a través de los altavoces de mi reproductor. Había seleccionado una lista de Chill Out, mientras seguía leyendo una y otra vez la nota. Recordé que quince días antes ,en Madrid, el mismo día en que había firmado el divorcio, le envié un mensaje anunciándole la intención de viajar a New York. Nadie más salvo mis más allegados sabían de ese viaje y mucho menos de mis intenciones.

Aquel día abrí la puerta de mi nuevo piso. Estaba completamente vacío. Sólo una cajas se amontonaban a la espera de ser abiertas y recolocar su contenido en algún lugar que todavía estaba por determinar. Se trataba de un pequeño apartamento que había alquilado y donde proseguiría mi vida como divorciado. No había realizado ningún proyecto sobre el espació y tampoco tenía intención de hacerlo. Improvisaría sobre la marcha como cuando era estudiante. A pesar de su aspecto desangelado, me sentí reconfortado. Me senté sobre una caja, abrí el portátil -lo único que había contratado era la conexión a internet- y me puse a consultar mi muro de Facebook. Nada. Ninguna noticia. Sin pensarlo abrí el “Messenger” y me puse a escribir:

La semana que viene tengo intención de viajar a New York. No sé si puedes comunicarte, pero si es así dame una dirección, un teléfono o alguna pista de dónde puedo encontrarte…”.

Aunque no tenía muchas esperanzas que de que me contestara, la ilusión del viaje que iba a emprender y la emoción del momento no me hicieron perder las ganas de intentarlo. Lo envié.

La piel comenzaba a arrugarse por culpa del baño prolongado al que me estaba sometiendo. Me sobresalté al darme cuenta que, al anunciarle mis intenciones a Lucy, también le había indicado exactamente los días y el hotel donde me alojaría. Salí de la bañera y me vestí deprisa. Me dirigí a la recepción del hotel mientras por el camino pensaba en que quizá los captores habían interceptado mi mensaje. No me podía creer mis propios razonamientos. “¿Me estaré montando una película yo solo?”, pensé mientras cogía el ascensor de bajada, no sin antes haberme santiguado.

Violeta me recibió con una sonrisa. Se la devolví con una pequeña mueca forzada porque mi preocupación no me permitía ser más cordial.

-Buenas tardes Sr. Cardona

-Hola, Violeta. Me alegro de verte.

-¿En qué puedo ayudarle?-me dijo profesionalmente.

-He recibido este aviso. Me preguntaba si sería posible saber quién me lo dejó.

-Será difícil. Déjeme verlo.

-Es anónimo y claramente es una amenaza -Le dije.

-No sabría decirle. Cualquiera lo pudo haber dejado por teléfono…Pero lo lógico hubiera sido no hacerle caso o avisar a seguridad. La gente suele hacer bromas pesadas con eso.

-Entonces…¿qué sugieres?- le pregunté con la voz quebrada.

-Quizá alguien lo dejó, y uno de nosotros lo metió en el sobre sin leerlo. Tenemos ordenes de ser sumamente discretos.

Me tuve que sostener en el mostrador porque la cabeza comenzó a darme vueltas. Ella notó mi lividez y se asustó.

-¿Se encuentra bien?-Me preguntó.

-No. Me estoy mareando.

Dio la vuelta y me acompañó hasta la silla que había detrás del mostrador. Rápidamente fue a buscarme un vaso de agua que me bebí a sorbos pequeños porque el nudo que tenía en la garganta me impedía hacerlo de forma normal. Me dijo que me quedara allí el tiempo que fuera necesario hasta que recobrara el aliento. Reparé en que hasta ese momento sólo había visto a Violeta de medio cuerpo para arriba. Desde la parte de atrás pude verlo entero y me sorprendí mirándole las piernas. Eran fuertes y bien modeladas. Llevaba un traje de chaqueta que le quedaba muy ajustado y que junto a las medias de color negro, resaltaban unas formas que se me antojaron voluptuosas. Sonreí al tener esos lujuriosos pensamientos y al darme cuenta que tenerla tan cerca había despertado mi virilidad. Me incorporé recuperado totalmente e intentando disimular la agitación que sentía.

-Gracias, Violeta. ¿Si quisiera encontrar a alguien en New York , por donde empezarías tú? -Le pregunté de sopetón.

-Sr. Cardona, esa pregunta no es fácil de contestar. Lo primero es saber el nombre y la dirección…

-Sólo sé que vive en State Island y que es una artista callejera.

-Yo le sugiero que hable con el portero. Se llama Malcom y conoce esta ciudad mejor que nadie. Él puede ayudarle.

-Gracias, Violeta. Agradezco mucho tu ayuda y tus cuidados.-Le regalé la mejor de mis sonrisas a la vez que le guiñaba el ojo. Ella me devolvió ambas cosas.

Malcom Brown, era un negro grande del Bronx. No sólo vivía allí, sino que también había nacido y se había criado en ese barrio. Debería medir cerca de los dos metros y a pesar de su enorme corpulencia, era un tipo entrañable, simpático y risueño. Según supe más tarde, había pasado una temporada en prisión porque fue acusado del homicidio de una amiga suya. No se pudo probar ninguna intencionalidad y finalmente fue puesto en libertad condicional al tratarse, según todos los indicios, de un accidente. Chapurreaba el español, pero se esforzaba tanto que se hacía entender a la perfección. No me costó acercarme y entablar rápidamente una conversación.

-¿Malcom?-pregunté

-Si señor. Así me llaman -me dijo enseñándome todos los dientes con su sonrisa franca.

-Necesito ayuda y Violeta me ha dicho que tú eres la persona indicada.

-Violeta me tiene en gran estima, pero exagera…¿De qué se trata?

-Necesito encontrar a una persona…-No me dio tiempo a continuar hablando que se le borró la sonrisa de la cara mientras negaba con la cabeza.

-Señor, creo que no puedo ayudarle.

-Llámame Ricardo -le dije-. No te preocupes no se trata de nada ilegal. Tengo una amiga en Facebook que me gustaría encontrar y no sé por donde empezar.

-¿Sabe dónde vive?

-No. Bueno sí , en State Island, pero no sé la dirección.

-New York es muy grande -me dijo con un tono burlón.

-Ella es artista. Creo que debe actuar en parques y en el metro…

-Yo comenzaría por Central Park.

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Me explicó que allí se reunían artistas amateurs de todo el mundo: actores, mimos, poetas, músicos, etc…,donde actuaban y enseñaban sus obras. Viven de la generosidad del público. Muchos actores famosos empezaron así. El Central Park era tan grande que había espacio para todas las actividades que uno se podía imaginar. Los neoyorquinos iban, especialmente los Domingos, a pasar el día o la mañana allí. En familia. Practicaban todo tipo de deportes y actividades al aire libre. Había diferentes campos de Béisbol y circuitos donde poder correr o circular en bicicleta. Una lago en el centro que servía de pista perfecta también para dar vueltas a su perímetro. Se organizaban muchísimas carreras en ese entorno, incluso el famoso maratón tiene su meta en el parque. Existen rincones románticos donde paseaban los enamorados, rodeados de árboles donde campan a sus anchas ardillas, pájaros y otros animales. También se pueden encontrar grandes extensiones de césped donde otros residentes descansaban, leían, retozaban con su parejas o jugaban con sus perros. En la parte este del parque es donde se realizaban las representaciones de las compañías de teatro amateur. Cada año se celebraba un festival de teatro público llamado “Shakespeare in the Park” . Malcom me indicó que justo por allí debería de empezar.

-¡Perfecto!-exclamé-. ¿Tú corres, Malcom? -le pregunté acto seguido.

-De vez en cuando. ¿Por qué?

-¿Mañana trabajas?

-No. ¿Por qué? -insistió.

-No se hable más. Mañana tú y yo nos vamos a correr a Central Park y me enseñas esos rincones de los que me has hablado. Luego te invito a almorzar donde tú quieras. ¿Hecho?

Dudó un poco, aunque finalmente asintió con un lacónico:”OK”. Quedamos a las 9:00 en la puerta del hotel. Me volví de nuevo hacia el vestíbulo con una doble excitación: la que me había provocado Violeta y la certeza de que el día siguiente sería especial y completo. Podría correr acompañado de un lugareño y aprovechar para buscar las primeras pistas sobre Lucy.

Pletórico , decidí que aquella misma tarde visitaría el Empire State Building. No debía estar muy lejos y decían que el mejor momento para subir al mirador, era cuando oscurecía. Se podía observar como el ocaso del día daba paso al esplendor de la noche con todos sus rascacielos iluminados. Por un momento se me había pasado la angustia que me había provocado el anónimo y estaba animado. Cogería la cámara y tomaría tantas fotos como pudiera. Había soñado muchas veces con ese momento. Busqué otra vez la mirada de Violeta mientras me dirigía a los ascensores. Tenía la sensación que me había pasado subiendo y bajando todo el tiempo desde que llegué a New York.

-¡Ricardo!, perdón, Sr. Cardona -me llamó.

-Dime, Violeta. Puedes tutearme.

-¿Se encuentra bien ya?

-Estupendamente y en parte es gracias a ti.

Entré de nuevo en la habitación y me dispuse a coger la cámara, el abrigo y el dinero que necesitaba para la visita del edificio emblemático. De forma instintiva encendí el ordenador y visité mi sitio en Facebook. Me saltó el chivato de que había recibido un mensaje. Nervioso pinché sobre él y se abrió la bandeja de “recibidos”. Era de Lucy.

Ten cuidado son peligrosos”.

No había nada más…salvo un archivo adjunto. Lo abrí y era una foto de ella. Se trataba de un autorretrato, llamados por los esnobs en España: “Selfie”. Tenía buen aspecto. No parecía estar secuestrada. Era como la había visto en su “página”. Estaba bella. Una belleza serena, para nada afligida por estar retenida contra su voluntad. Otra vez sentí excitación. No sé si por verla a ella o por la advertencia de su escueta nota. “¡Vaya día!”, pensé. La autofoto estaba realizada junto a una ventana. Por ella se podía vislumbrar algo parecido a una zona verde. Podía ser un parque o cualquier jardín de los miles que deben de existir. Quise convencerme de que quizá se tratase del Central Park. Eso indicaría que no estaba muy lejos…”Quizá mañana tenga alguna respuesta”, me animé mientras salía de la habitación dando un portazo.

(5)

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Bajaba por una concurrida Quinta Avenida en dirección sur hacia el Empire State Building. No estaba muy lejos del hotel , a unos 15 minutos andando. Iba un poco abstraído de lo que me rodeaba porque todavía tenía en la cabeza la foto y el mensaje de Lucy. La verdad es que para llevar poco más de 24 horas en Manhattan éstas habían sido muy intensas. No podía pedir más emoción, aunque quizá era demasiada para el primer día. El sol comenzaba a caer y aunque la temperatura era baja, con el plumón que llevaba estaba confortable. Aceleraba para llegar a tiempo y no perderme el paso de la luz natural del día a la explosión luminosa artificial que los rascacielos proporcionaban desde lo alto de la torre.

Casi me paso de largo. Es curioso como sin perspectiva no impresionan tanto los rascacielos. Desde abajo es como cualquier otro edificio. Imposible adivinarlo mirando hacia arriba. Son tan altos que no ves el final y es difícil orientarse y distinguir uno de otro. Es como un mar vertical de acero y cristal. Infinito. Aunque era arquitecto no dejaba de impresionarme la capacidad del ser humano para hacer crecer esas estructuras hasta tan arriba. Yo estaba acostumbrado a diseñar pequeñas viviendas unifamiliares, donde lo que más preocupaba a los propietarios era encontrar ubicación para la piscina, la barbacoa y crear los ambientes más adecuados para cada estancia. A veces tenía la sensación de ser decorador en lugar de arquitecto. El colmo era cuando tenía que rediseñarlo todo para que se adaptara a la filosofía Zen, que estaba de moda entre la clase media y alta. Cuando sobra el dinero, escasea el ingenio y se buscan modas y tendencias para ser diferentes. Cuando ya tienes todo lo que puedes comprar con dinero y no tienes un fondo espiritual, te puedes llegar a perder. Buscas en culturas muy lejanas lo que puedes encontrar delante de tus propias narices. Pero eso daba una aureola de moderno. Así se acuñó el término “pihippie” (pijos por dentro, hippies por fuera). Así eran mis clientes.

Regresé de mi deriva mental al toparme con una enorme cola. Rápidamente deduje que se trataba del Empire State. Para complicar un poco más la localización, los bajos estaban en obras y habían colocado andamios alrededor de todo el edificio y un vallado que creaba un pasillo entre la acera y el edificio. Pero indudablemente me encontraba ante la entrada principal. Me desanimé al ver tanta gente esperando a entrar. Dudaba si me colocaba en la fila o daba media vuelta, cuando me asaltó un joven uniformado con una especia de chaleco de color verde:

-Señor, ¿habla usted inglés, español, italiano…francés?

-Español. Soy español -le contesté abrumado.

-Ok, perfecto. Me llamo Kevin y puedo ayudarlo. Puedo hacerlo entrar sin necesidad de esperar.

-No veo cómo -le contesté ya más relajado.

-Hay una entrada trasera…

-¡Vaya, como en las películas…ya comenzamos!

-No, de verdad. Ud. me compra un ticket que vale 75 $ y pasa directamente al ascensor que le lleva hasta el piso 86.

-¿Pero eso es más el doble de lo que cuesta la entrada?

-Así es, señor. Pero tiene otras atracciones incluidas en el pase: una proyección de cómo se construyó el rascacielos y la posibilidad de subir hasta el piso 102.

Eso logró despertar mi interés que sumado a que estaba a punto de anochecer inclinó la balanza a que estuviera dispuesto a pagar esa cantidad. Me quise asegurar de que no se trataba de una estafa y le pedí que se identificara como trabajador del Empire State Building. Me comentó que era un “free lance” y me enseñó una tarjeta identificadora que supuse que era real. Pero lo que me convenció del todo es que podía pagar con tarjeta de crédito. Cuando ya estaba todo hecho, me pidió la voluntad y como todavía no estaba dentro fui prudente y le di 5$.

Lo seguí por el pasillo interior de la estructura del andamio dando un rodeo a la torre. Entramos , como me había dicho, por una puerta lateral que conducía a un vestíbulo. Estaba casi vacío. No había más que algún trabajador de una pequeña tienda de recuerdos.

-¿Pero no hay nadie más? -le pregunté.

-Ya le dije que esta era la mejor opción. Ahora ese ascensor le llevará hasta arriba.

-¿Y la proyección?

-Está en el segundo piso, pero será mejor que la vea al bajar porque si no se perderá el mejor momento del día.

-Pero…

No me dio tiempo a objetar nada más que había desaparecido. Miré alrededor y estaba completamente sólo. Noté como se me aceleraba el corazón una vez más. La inquietud no sabía si era por miedo o por haber sido engañado. En cualquier caso estaba deseando meterme en el ascensor para abandonar aquel lugar, aunque la idea de subir 86 pisos en esa caja tampoco me apasionaba. Sonó la campanilla que advierte la llegada y cuando las puertas comenzaban a abrirse , me pareció ver una sombra que me resultaba familiar. Ya desde dentro pude ver perfectamente que se trataba del encapuchado de las gafas de sol que se dirigía hacia mí. Comencé a temblar mientras rezaba para que se cerrasen las puertas de inmediato. Cuando apenas faltaba un palmo para que se sellaran del todo, el desconocido introdujo la mano con la intención de abrir las compuertas. Noté la pared de detrás enganchada a mi espada: no había más espacio para retroceder. Introdujo la otra mano para hacer más fuerza….cuando el elevador se puso en marcha. Él se quedó golpeando con furia abajo mientra yo intentaba recuperar la respiración. Allí dentro, sin ventilación, me había invadido la angustia. Tampoco ayudaba la velocidad a la que subía el aparato. Me puse a dar vueltas al cubículo mientra miraba como saltaban los dígitos de las plantas. Estaba deseando salir a la superficie y tomar aire. Parecía que me recuperaba cuando de repente se apagaron las luces y el ascensor se detuvo en el acto. “¡Joder… su puta madre!”, grité. “Esto ha sido por no persignarme antes de entrar”, me decía a mí mismo como una traición de mi otro yo. “¡Socorro!” , me puse a gritar otra vez. “¡Help!”, proseguí al darme cuenta que estaba en New York.

Recuperé la calma cuando se encendieron las luces de emergencia. Daba golpes a las paredes para asegurarme que alguien me pudiera oír. Cansado me dejé caer y me senté en el suelo. Coloqué mi cabeza entre las rodillas como para protegerme de un impacto. Escuchaba mi propia respiración.

No insistas. No sigas buscándola. Ahora mismo podríamos hacer que murieras ahí dentro. Hacer caer el aparato y romperte todos los huesos al estrellarse contra el suelo. Para nosotros es muy fácil. No te metas donde no te llaman o no podrás correr el maratón”

La voz salía del interfono interior. Me quedé paralizado. Me ahogaba, tenía calor y sudaba.

-¿Quiénes sois? ¿qué cojones queréis? ¡Yo no he hecho nada…! -grité con las pocas fuerzas que me quedaban.

No recibí respuesta alguna. Se recuperó la electricidad y proseguí la ascensión hasta el piso 86. Salí precipitadamente en busca de la terraza para poder coger aire fresco . Ya era de noche pero no me importó; sólo quería respirar. Aspiré profundamente varias veces hasta que fui consciente del viento que hacía. El aire era gélido y molesto. Me tenía que sujetar bien a cualquier sitio para no desplazarme a su antojo. Me cubrí la cabeza con la capucha y me dirigí hasta el borde del enrejado para admirar la panorámica. Era como me lo había imaginado. Un lienzo negro lleno de puntitos brillantes. En la base las caravanas de coches formaban serpientes luminosas que se entrelazaban como en un laberinto imposible. Di la vuelta por completo a la torre para asegurarme todos los ángulos posibles y no salía de mi asombro. Por un momento olvidé el episodio vivido y me puse a disparar una y otra vez com mi cámara de fotos. Aunque las imágenes eran muy parecidas seguí tomando instantáneas. No quería dejar de hacerlo porque sabía que si no empezaría a recordar el terror padecido hacía unos minutos. También quería provechar los 75 $ que había pagado.

New York 2011-07-26 21.33.47

Aproveché un rincón al resguardo del viento para sentarme y descansar. Ordenar el pensamiento y coger fuerzas para bajar de allí y poner rumbo al hotel. Quería dormir y amanecer pensando que todo había sido una pesadilla. Me negué a descender sólo y esperé a que más gente hiciera lo mismo. Ya una vez en el exterior me di cuenta que no estaba en la calle principal. Era más estrecha y oscura. Consulté el mapa para ubicarme y decidí andar hacia donde había más movimiento y luz. Al levantar la vista me dio un vuelco el corazón. El desconocido encapuchado estaba apoyado en una pared mientras se fumaba un cigarrillo. Parecía esperar a alguien. Estaba de espaldas y él todavía no me había visto.

-¡Oye, tú! -le grité sin pensarlo dos veces.

Se giró bruscamente y pude observar que aun siendo de noche llevaba las gafas de sol puestas. Tiró la colilla y empezó a correr alejándose de mí. Aunque iba en dirección contraria a donde yo quería ir, me puse a perseguirlo. “A correr no me gana”, pensé mientras aceleraba.

-¡No corras , cabrón. Dime dónde está Lucy! ¿Qué le habéis hecho?

Me costaba alcanzarlo. Se notaba que era joven porque tenía una buena velocidad. Apreté un poco más y lo perdí de vista cunado dobló la siguiente esquina. Fui detrás de él y de repente me encontré en lo que parecía un callejón sin salida. Estaba muy oscuro y silencioso. Jadeaba después de frenar en seco. Me apoyé sobre las rodillas para tomar aliento y consciencia de dónde estaba. Me pregunté por qué lo había perseguido. Daba igual , ya estaba allí. Analicé la situación; había perdido el miedo.

-¿Dónde coño estás? ¡Mal nacido, sal de dónde estés!

No entendía cómo siendo una ciudad tan ruidosa, allí imperaba ese silencio que me ponía cada vez más tenso. Avancé muy lentamente mirando a ambos lados y hacia arriba de los edificios que allí eran bajos con las típicas escaleras externas. Muy a lo lejos creía distinguir una de las muchas sirenas que constantemente sonaban por las calles…De repente escuché un gran estruendo metálico, que relacioné con el ruido que hace al caer un enorme cubo de basura. Una silueta grande y oscura se abalanzó sobre mí. Forcejeamos durante unos instantes y me sorprendí de que yo todavía estuviera en pie. Fue decirlo y notar como su puño impactaba directamente en mi mentón. Se quedó por unos segundos parado delante de mí. Se me empezó nublar la vista justo en el momento que por primera vez le veía el rostro. Me desvanecí.

(6)

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Todo estaba oscuro salvo un puntito blanco al fondo. Éste cada vez se hacía mayor o cada vez se aproximaba más; todavía no lo podía discernir. Me preguntaba si era la salida del túnel o la entrada en el limbo. Muchos de los que habían regresado de la experiencia de la muerte decían haber visto esa luz que les llamaba seductoramente. La luz blanca cada vez era más cegadora. Abrí los ojos y me encontré el rayo de una linterna que me apuntaba directamente. La sujetaba un policía enorme que me gritaba y me daba pequeñas patadas para comprobar si estaba vivo.

-¡Señor, señor..! ¿Se encuentra bien?

-¿Cómo? ¿Qué dice? No entiendo… ¿Dónde estoy? -le pregunté totalmente aturdido.

-¿Puede levantarse o le ayudamos? -siguió preguntándome el policía.

Hice el ademán de incorporarme, pero me entró un ataque de tos que me hizo caer de nuevo.

-¡Quíteme la luz de los ojos, Joder! -grité sin valorar las consecuencias.

Entonces el policía ayudado de otro que se presentó al oírme gritar, me izaron sin contemplaciones del suelo a la vez que me esposaban.

-Pero… ¿qué hacen? ¡Yo no he hecho nada!

-Tranquilícese señor -me contestó en español el segundo que había llegado-. En cuanto aclaremos lo que ha pasado se las quitaremos.

Me comencé a orientar y a recordar todo lo sucedido. Miré a mi alrededor y lo que antes había sido un callejón tranquilo, oscuro y silencioso, ahora estaba lleno de focos, de sirenas azules y un montón de uniformados yendo y viniendo no tanto de donde yo me encontraba, sino de unos metros más adelante justo en el cruce con la calle principal, donde se acumulaban policías, vehículos y una ambulancia. Me preguntaba qué era aquello que despertaba tanto interés allí cuando yo era la víctima.

-Señor, ¿nos podría decir su nombre y nacionalidad? -me preguntó el que hablaba castellano.

-Me llamo Ricardo Cardona y soy español.

-¿Nos puede decir qué ha ocurrido aquí?

-Un individuo se abalanzó sobre mi, dándome un certero puñetazo que me tumbó y me hizo perder el conocimiento.

-Muy bien , pero ¿qué hacia en este callejón?

-Ese sujeto llevaba todo el día persiguiéndome por la ciudad y hace unos momentos también intentó acorralarme en el ascensor del Empire State. No sé qué es lo que quería ni quién era. Al bajar del edificio y encontrármelo en la calle decidí pedirle explicaciones y lo perseguí hasta este lugar. Lo siguiente ya se lo he explicado.

-¿Lo conocía de algo?

-No, de nada -contesté.

-¿Puede identificarse?

En ese momento reparé que me faltaba la mochila que siempre llevaba conmigo con la cámara de fotos y toda mi documentación. Intenté girarme para buscarla justo donde había caído, pero la fuerza de los policías me lo impidió.

-Me la han robado.

-¿El qué? -me preguntó el agente.

-La mochila. Allí llevaba mi pasaporte y toda mi documentación. También el dinero y la cámara de fotos.

-Me está diciendo que no puede acreditarnos quién es…

Asentí turbado no tanto por la pérdida de mis pertenencias, sino por lo esperpéntico de la situación. Me sobrepasaba. Me gustaría que fuera una pesadilla, pero la mala leche y las caras de los policías que me interrogaban no dejaban ninguna duda de que no se trataba de ninguna alucinación. Aquello era tan real, como que nunca me había encontrado tan solo en el mundo.

-Sr. Cardona, acompáñeme.

Nos aproximamos a donde estaba el tumulto y el agente se dirigió a la persona que parecía dirigir el cotarro. Intercambiaron palabras y sobre todo gestos hasta que entendí que le indicaba al que se había quedado conmigo que me llevara hasta él. Médicos, también policías sin uniforme y hasta un furgón funerario, rodeaban a lo que parecía ser un cuerpo tendido en el suelo. Estaba cubierto. El oficial al mando me saludó con cierta amabilidad y me acompañó hasta lo que sin duda se trataba de un cadáver. Levantó la manta y me preguntó:

-¿Lo conoce?

-No. Bueno sí…

-¿En qué quedamos? ¿Lo conoce o no?

-Sí. Es el tipo que me ha estado persiguiendo todo el día. El que me noqueó.

-Y ¿por qué cree usted que ahora está muerto?

Me temblaba todo el cuerpo. De repente todo lo que tenía en el estómago, que no era mucho, empezó a rugir como un volcán con intención de expulsarlo afuera. Noté también un mareo pero en este caso era por las nauseas que sentía. No pude aguantar más y allí mismo vomité sobre los pies del jefe de policía y tan cerca del muerto que podría haber contaminado las pruebas.

-¡Joder! Llévenselo de aquí- gritó furioso el comisario.

El policía que parecía ser el más compresivo con mis situación, me acompañó hasta un coche.

-Me llamo, Lester Guzmán. Me gustaría entender que sucedió para poder ayudarlo. Pero por ahora esto no es posible. Nos acompañará a comisaría y allí será interrogado con tranquilidad. No tiene nada que temer, seguro que todo ha sido un malentendido y lo podremos aclarar.

-Gracias , Lester –le contesté con el hilillo de voz que me quedaba.

-Pero hágase a la idea de que esta noche la pasará con nosotros –me dijo mientras me obligaba a introducirme en el coche patrulla.

Por primera vez desde que me separé eché de menos a mi exmujer. Me acordé de la paz y la tranquilidad de nuestro hogar. Añoré los días aburridos donde nunca ocurría nada. Saber en todo momento que es lo que sucedería en cada minuto del día. Tenerlo todo programado. Me imaginaba tumbado en mi butaca preferida leyendo o viendo alguna película. Pensé en mis hijos, en cuanto me gustaría poder escuchar su voz en estos momentos. Me propuse que al salir de allí lo primera que haría sería llamarlos.

Aunque no lo pudiera parecer, encerrado en aquella celda encontré un poco de paz. Me tumbé en el camastro y repasé todo lo acontecido desde que había llegado a New York. El sueño me capturó mientras intentaba darle sentido a la muerte del encapuchado y sobre todo en ser consciente de que yo era el principal acusado. Como para compensarme del horror que había vivido, soñé que estaba corriendo el maratón. En que una ligera brisa me acariciaba la cara proporcionándome un frescor placentero después de haber corrido ya 25 kilómetros. Las piernas me acompañaban. Me sentía flotar. Corría junto a un grupo de mujeres muy bellas que me hacían más soportable la carrera. Llevaban las melenas sueltas y éstas se movían acompasando cada zancada que daban. Me puse a la altura de una de ellas y me miró sonriendo. Me quedé pasmado al ver que se trataba de Violeta. No sabía que ella también corría y me alegré de estar allí. La excitación me hizo acelerar para no perderla de vista. Las mallas de correr le quedaban tan ajustadas que parecían ser una segunda piel. Tenía un cuerpo escultural que el uniforme del hotel escondía injustamente. Ahora en cambio podía admirar esas formas perfectas. “En estas condiciones soy capaz de correr dos maratones seguidas”, pensaba mientras no podía dejar de mirarla…

-Ricardo, despierta. El comisario quiere hablar contigo -me conminó el agente que estaba de guardia. -Por lo pelirrojo que era pensé que sería de ascendencia escocesa …

Marco Romano era un policía italoamericano de tercera generación. Su padre y su abuelo también habían estado en el cuerpo. Era el mayor de tres hermanos. El que le seguía había tomado una camino diferente y había coqueteado con la delincuencia, pero finalmente regentaba una pizzeria. El más pequeño era inspector de policía. Se podría decir que se trataba de una saga. Estaba separado y todavía no sabía si era un castigo o una recompensa, pero era padre de cuatro adorables mujeres: hermosas, inteligentes y trabajadoras. Dos de ellas también aspiraban a ser policía y estaban en la academia. Las otras dos:una era abogada y la otra pretendía ser actriz. Cerca de los sesenta años, llevaba 10 de comisario y esperaba jubilarse sin más ascensos ni quebraderos de cabeza. Era un buen policía, pero muy riguroso. Astuto y rígido con las normas. Los que lo conocían decían que detrás de su aspecto duro y gruñón, había una persona autoritaria pero muy justa. Solo perdía el control ante sus hijas, que eran su debilidad. Como no podía ser de otra forma en un italiano, vestía con elegancia y siempre con traje cruzado.

Todavía con la sensación placentera del sueño que acababa de tener, le miré a los ojos esperando la pregunta que seguramente no comprendería, pero el viejo zorro ya había hecho venir a Lester para usarlo como intérprete aunque Romano entendía perfectamente el español. Pero para hablarlo y teniendo en cuenta las sutilezas del interrogatorio prefería alguien que lo dominara.

-Comprenderá que la versión que nos ha dado es muy confusa y poco coherente. Aunque nosotros queremos creerle ..¿que motivos podría tener el Sr. Ernesto Valencia para perseguirlo, acosarlo y agredirle si no lo conocía de nada?

-No sabía ni su nombre -contesté intrigado.

-¿Tenía usted alguna relación de negocios con él? ¿Eran amigos?

-No lo conocía. Yo he venido a pasar unos días en Manhattan con la intención de correr el Maratón. Pueden comprobarlo porque estoy inscrito.

-También hemos comprobado que quien dice ser pasó la aduana proveniente de España. Pero tendrá que acreditarnos su identidad para que podamos dejarlo en libertad. Pero antes, dígame …¿de qué se conocían con el Sr. Valencia? -insistió el comisario.

-De nada. Él empezó a espiarme. Ya se que suena inverosímil, pero así es -contesté indignado.

-¿De Verdad no sabe quién es el Sr. Valencia?

-No. Ya le he dicho que no. Llevo poco más de 24 horas aquí.

-Pues se lo voy a decir yo.

Pasó a relatarme lo que la policía había averiguado sobre el individuo que ocultaba su rostro detrás de las gafas de sol y que me había hecho la vida imposible hasta anoche mismo. Se trataba del hijo menor de un narcotraficante mexicano. Tenía permiso de residencia como estudiante de artes escénicas y tenía fijada oficialmente su residencia en State Island, New York. Mas concretamente en el número 399 de Westarvelt Avenue. Según todos los indicios el Sr. Valencia había sido atropellado mortalmente, cuando supuestamente huyó después del altercado que había tenido conmigo.

-¿Entiende lo que significa eso?-me interpeló de nuevo.

-Que ya se han dado cuento de no he sido yo. De que soy inocente.

Soltó una carcajada burlona dando a entender lo estúpido que era y lo poco consciente que era del peligro que corría.

-No, hombre no. Es usted un memo. Lo que quería decirle es que el padre de ese chico no va a dejar las cosas así. No se creerá la versión oficial. Y cuando sepa de usted, no parará hasta liquidarlo. ¿Lo comprende ahora?

No pude contestar. Tragué la poca saliva que me quedada. Tenía la boca seca, la cabeza espesa y ahora había recuperado el miedo que creía haber dejado al ver el cuerpo mortal de Ernesto o como se llamará aquel incauto.

(7)

Westchester Aves, 1970

Malcom acudió puntualmente a la cita. Se presentó en el hotel a la hora convenida, pero no me encontró. Iba preparado para correr como habíamos quedado. Se extrañó, pero al mismo tiempo se sintió un poco ridículo por haber confiado en un cliente que acababa de conocer. La noche anterior , cuando llegó a su casa, tuvo que convencer a su mujer de que el único día libre que tenía , lo iba a destinar a acompañar a un cliente , un tanto paranoico, a correr por Central Park en busca de una amiga que no conocía, que nunca había visto, que al parecer vivía en State Island y que se ganaba la vida como podía en las calles. Su mujer lo miraba atónita sin saber qué decir ni qué pensar. Era tan inverosímil la excusa que le ponía que no la podía poner en duda. Pero no por eso le molestaba. Habían hecho planes para pasar el día en el sur de Manhattan en la zona nueva de Battery Park , viendo también los nuevos edificios de la Zona Cero para acabar paseando y comprando en el famoso centro comercial Century 21, en busca de una ganga de prendas de marca.

Llevaban dos años casados y todavía no tenían hijos. Seguían viviendo en el Bronx, donde habían nacido. Se conocían desde niños, pero nunca se habían dado cuenta que estaban hechos el uno para el otro hasta que no encontró el consuelo en Charlotte, su mujer, al ser acusado y encarcelado injustamente por la muerte de una amiga común. Sobrevivir al Bronx, rodeados de drogas y delincuentes, era un acto heroico donde muy pocos jóvenes lo conseguían. Hoy en día las cosas son muy diferentes, pero en los años setenta y ochenta no dejarse seducir por las numerosas bandas que existían era prácticamente imposible. Esas ejercían de la familia que muchos de aquellos niños no tenían o no conocían. En el caso de Malcom su madre había intentado por todos los medios aislar a sus hijos de esas malas influencias, llevándolos a misa cada domingo y manteniéndolos ocupados con otras actividades que se realizaban lejos de aqul ambiente. El padre los había dejado abandonados al poco de nacer Malcom, agobiado por las deudas y como un desecho humano por culpa del alcohol. Pero eso era lo más habitual en aquella época y en aquel territorio víctima de la brutal decadencia económica, de la segregación racial y la injusticia. Era la expresión más amarga de la pobreza , la marginación y la desigualdad social. En ese ambiente crecieron Malcom y Charlotte. Residían en el mismo edificio de viviendas sociales , que era un enjambre de personas malviviendo entre porquería y paredes que apenas se aguantaban. No existía intimidad. Entre sus amigas se encontraba Michelle, de mirada dulce y carácter afable. Era la más bonita de la calle y también la más sensible. Soñadora, pensaba que algún día seria bailarina y podría abandonar aquel infecto lugar. Nada más lejos de la realidad. Cayó en las redes de la peor banda del distrito, entrando en una dinámica destructiva que la convirtieron en una caricatura de la niña grácil y delicada que era. Un día poseída por el “mono” fue en busca de Malcom para que le prestara dinero para comprar la dosis de “caballo” que necesitaba. Como Malcom se negó, entraron en una discusión muy acalorada.

-Michelle, ya no te puedo dejar más dinero-le dijo Malcom.

-Eres un cabrón, ¿y dices ser mi amigo? -Le espetó nerviosa Michelle

-Por eso te lo niego y porque tampoco lo tengo. ¿Te has visto hoy? mírate al espejo: no te reconocerás

-¡Ere un hijo de puta! No me vengas con sermones que no eres mi madre

-¿Ya no te quedan pollas que chupar que tienes que venir a pedirme dinero?-le contestó sin miramientos Malcom.

Eso fue demasiado. Si le quedaba un espacio de dignidad en su cerebro, en ese momento emergió. Michelle se abalanzó con furia sobre Malcom. Forcejearon de forma desigual puesto que él era el doble de grande y Michelle no debía de pesar, por aquella época, más de 40 kilos. Malcom se defendía evitando emplear la fuerza. También con ello procuraba que la propia Michelle no se hiciera daño en ese acto incontrolado de ira. En un descuido ella sacó de su bolsillo trasero, una navaja que intentó clavársela en el pecho a Malcom. Él se la sacudió de encima con un ligero empujón. Pero ella era tan liviana y él tan fuerte que fue trastabillando hasta la barandilla perdiendo el equilibrio y cayendo al vacío desde un cuarto piso. Murió en el acto.

***

Miró a ambos lados antes de entrar en el hotel para cerciorarse de que no estaba dentro. “Se estará resguardando del frío ese blanquito”, pensó mientras subía los escalones de la entrada principal. Se dirigió a la recepción.

-Buenos días , Violeta.

-¿Qué haces aquí en tu día de fiesta? -le respondió ella

-He quedado con el Sr. Cardona para correr. Pero no lo veo por ningún lugar.

-Espera , voy a llamarlo la habitación…-Unos cuantos tonos después-.No contesta. En la habitación no está y tampoco lo he visto por aquí.

-Está bien, regresaré a casa.

Cuando volvía sobre su pasos escuchó como Violeta le requería de nuevo con una insistencia y nervios poco habituales en ella y haciendo gestos señalándole el teléfono. Con curiosidad se acercó de nuevo al mostrador y escuchó como Violeta hablaba con quien parecía ser el Sr. Cardona.

-¿Violeta?

-Si, Soy yo. Dígame.

-Soy Ricardo Cardona. Tendrías que venir a buscarme a la comisaría que está ubicada en el número 357 de la calle 35th. He pasado aquí toda la noche y tú eres la única persona en esta ciudad que puede responder por mí. Que sabes quien soy y me podrás identificar. Luego te contaré…

-Señor, pero ahora estoy trabajando, no sé si podré.

-Te lo ruego, no puedo estar más tiempo aquí encerrado.

Colgó el teléfono, miró a Malcom y le dijo: “coge una chaqueta que nos vamos a buscar al Sr. Cardona. Por el camino te lo explico”

Se presentaron en la comisaria de la calle 35th después de un pequeño trayecto andando. Por el camino Violeta puso al corriente a Malcon de lo poco que sabía y ambos se miraban como diciendo: “¡qué coño estamos haciendo! No conocemos prácticamente a este señor y ahora tenemos que ir a rescatarlo”. A Malcon no le hacía ninguna gracia tener que entrar de nuevo en un lugar atestado de policías. No les tenía ninguna simpatía. Además si por un momento sospechaban que tenía antecedentes, no sólo no ayudaría a Ricardo, sino que iría en su contra.

Los recibió Lester Guzman, que los acompaño ante el comisario Romano. Éste, reclinado en su butaca del despacho, repasó de forma intimidatoria a los dos y los invitó a sentarse.

-Así que un negro enorme y una latina son los que van a sacar a este español de aquí. Era lo último que podía imaginar. ¿De qué lo conocen?

-Es un Huésped del Hotel donde trabajamos ambos -contestó Violeta muy calmada y con la cabeza bien alta. En cambio Malcom se mantenía cabizbajo como para evitar ser reconocido.

-¿Qué Hotel es ése?

-El Row, de la Octava Avenida. Yo soy la recepcionista y él el portero. Conocemos al Sr. Cardona y podemos acreditar que se trata de un turista español que ha venido a pasar unos días con intención de correr el maratón. Aquí tengo fotocopias de su pasaporte y su tarjeta de crédito que la teníamos como fianza.

-Y usted, mirando a Malcom, ¿no tiene nada que decir? ¿Nos conocemos de algo?

-No señor -Contestó Malcom-. El Sr. Ricardo Cardona parece una buena persona y había quedado esta mañana con él para hacer running.

-¿Saben en qué lío se ha metido? -No dejó contestar que prosiguió-.Se ha visto involucrado en la muerte del hijo de un importante narcotraficante mexicano. Todo indica que ha sido un accidente, pero dudo que esto deje satisfecho al padre. ¿Lo entienden? Háganselo entender a él. Parece idiota.

Se disponían a salir del despacho cuando les indicó una última advertencia:

-Tienen que ir al consulado a hacer la denuncia del robo y presentarse aquí a las 48 horas. Espero que siga vivo todavía.

La vuelta al hotel la hicimos en un taxi porque yo estaba reventado. No podía dar un paso más. No dejaba de dar la gracias , mientras ellos dos , en silenció, se miraban pensando en la gravedad del altercado que ese cliente desconocido hasta hace dos días les había metido. Malcon parecía ser el que más preocupado estaba. Violeta que se había sentado en la parte de atrás conmigo, me miraba con dulzura preocupada sobre todo por mi estado. Yo en cambio cada vez la miraba con más deseo. Siempre que la tenía cerca notaba un cosquilleo en mi parte más masculina a la vez que sentía unas irrefrenables ganas de besarla.

Con el traqueteo del coche y apoyada mi cabeza sobre el hombro de Violeta, me entró una modorra que me obligaba a cerrar los ojos y dormirme. Hacía esfuerzos por mantenerme despierto: no quería más sorpresas ni aventuras. Ella convino con Malcom que lo acompañaríamos hasta su casa y ella de vuelta me dejaría en el hotel. Violeta olía muy bien. Desprendía un aroma fresco y dulce que todavía me impulsaba más a ese estado de trance donde suspender mis sentidos y entrar en un profundo sueño. Sin apenas ser consciente me deslicé de tal manera que acabé posando mi cabeza sobre su regazo. Lo último que noté antes de caer rendido fue su mano atusándome el cabello.

En ese mismo instante en la comisaría de la calle 35th , el comisario Romano, le decía a Lester:

-El Sr. Cardona no nos está diciendo toda la verdad. Nos oculta algo. No creo que sea culpable de nada, pero debe estar metido en algo que ni él mismo sospecha lo peligroso que puede llegar a ser. No lo pierda de vista; háganle una vigilancia discreta. Más para protegerlo que otra cosa.

Durmiendo sexy

(8)

No podía dejar de mirar a esa mujer bella, dulce y cariñosa que dormía a mi lado después de que hubiéramos retozado durante varias horas. Un suspiro acompañado de un grácil movimiento de su cuerpo dejaron a la vista medio cuerpo desnudo. La pierna ligeramente doblada mostraba un muslo fuerte y proporcionado. Una espalda infinita de piel suave y morena y una melena de cabello negro que le cubría parte del rostro completaban la composición. En el tobillo destacaba un pequeño tatuaje tribal que le daba un toque exótico a la ya de por sí belleza extrema y rotunda de Violeta. Me volví a excitar y me entraron ganas de recorrer de nuevo ese cuerpo.

Habíamos regresado al hotel después de dejar a Malcom en su casa. Acudimos a recepción para que ella pudiera dar explicaciones de su ausencia y su compañera me entregó la mochila que había perdido en el altercado la noche anterior. Sorprendido a la vez que reconfortado le pregunté que quién la había dejado allí. Me contestó que un mensajero la dejó sin saber el remitente, que éste le contrató el servicio de forma anónima. Nervioso la cogí y la inspeccioné por encima y parecía estar todo, incluido la cámara de fotos. Pensé en que era la primera noticia buena desde hacia muchas horas y me abracé, sin pensarlo dos veces, a Violeta que me correspondió y además me regaló una agradable y sincera sonrisa.

-Ricardo, debes ir a descansar. Te acompaño a la habitación -me dijo tuteándome por primera vez.

Asentí emocionado porque la idea de que ella subiera conmigo me gustó y provocó que me pusiera otra vez alerta. Notaba la tensión sexual pero dudaba si ella también la sentía o yo había interpretado erróneamente los síntomas. Me santigüé al entrar en el ascensor y nos dirigimos a mi habitación.

Nada más entrar la miré esperando una respuesta que llegó de inmediato en forma de beso. Con poca pericia por culpa de la impaciencia que provoca la excitación nos desnudamos por completo y caímos sobre la cama. Mis sentidos se habían concentrado, como soldados fanáticos, en besarla, en lamerla y en olerla. Nos manteníamos en silencio: sólo hablaban nuestro ojos que ardían de deseo. La acaricié incansablemente y recorrí su cuerpo desde la cabeza a los pies dibujando con mis manos el relieve de su silueta. La luz tenue del atardecer que entraba por la ventana se proyectaban sobre el cuerpo desnudo de Violeta aumentando su belleza y mi ardor. Su ojos brillaban con mis mimos y parecían invitarme a continuar. Mis dedos se detuvieron caprichosamente sobre el pubis rasurado. Continuaron explorando con curiosidad y disciplina dispensado placer húmedo en su recorrido. Mi lengua exploró todos los rincones de aquel cuerpo color canela que me fascinaba con la dulce fragancia que desprendía cada poro de su piel. No me cansaba de besarla y a ella le gustaba especialmente cuando los prolongaba por el cuello y bajaba lentamente hasta llegar los pechos. Un sonoro jadeo salió de su boca cuando mordí con delicadeza sus pezones. Nos abrazamos de nuevo. Sin tiempo de reaccionar ni de tomar aliento, ella se apoderó de mi cuerpo; de mi voluntad hacía rato que lo había hecho. Era fuerte y yo no opuse resistencia. Se puso sobre mí y sin darme apenas cuenta ya me encontraba dentro de ella. Me sujetaba por la muñecas para que yo no pudiera moverme ni tocarla. Estaba a su entera disposición. Como si fuera un adolescente no tardé mucho en dejar ir parte de mí en forma de orgasmo. No me dio tiempo a recuperarme que la tenía sentada sobre mi cara ofreciéndome aquel jugoso fruto que lo devoré con la ansiedad del hambriento.

Estaba tan hermosa allí tumbada y dormida que no podía dejar de mirarla embelesadamente. Definitivamente el uniforme no le hacía justicia. Pero además su carácter decidido, jovial y dulce hacía de ella un ser del que era muy fácil caer rendido.

Violeta Mendoza era venezolana. Era le menor de tres hermanas. Su padre era un prestigioso doctor que en la actualidad estaba jubilado. Tanto sus hermanas como ella habían salido de Venezuela en busca de una estabilidad social y económica que allí no encontraban. Ella, que se había formado para poder dirigir empresas, se tenía que dedicar a hacer de recepcionista en un hotel de Nueva York. Aun así no perdía la esperanza de que algún día pudiera crear y dirigir su propio negocio. Dominaba varios idiomas y era muy apreciada tanto por sus compañeros de trabajo como por el director del hotel. Sus dos hermanas mayores eran médicos como su padre: una estaba ejerciendo en la unidad de urgencias en un hospital de beneficencia en Miami y la otra, la del medio, trabajaba en España como pediatra. Sus padres seguían allí intentado no llamar demasiado la atención para que el régimen no los señalara. Vivían en un zona residencial privilegiada, rodeados de sistemas de seguridad y prácticamente no podían salir de ese perímetro sin sentir miedo. Pero el Dr. Mendoza, amaba su tierra y no perdía la esperanza de ver de nuevo a Venezuela donde le correspondía. No en vano era una nación rica en materias primas y una de las primeras productoras de petróleo. Violeta llevaba cinco años en New York .

Seguía dormida. La contemplé de nuevo y pensé en Lucy. No pude evitar sentir una amarga sensación de traición. Me acordé de que Ernesto Valencia vivía también en State Island según el comisario Romano. Aunque la ciudad es enorme, no me podía quitar de la cabeza la curiosa coincidencia: Lucy también vivía allí.

Busqué mi portátil con sigilo. Lo abrí, me metí en Google y tecleé el nombre completo de Lucy: Luciana Trevi. Esperé respuesta. Aparecieron una serie de entradas vinculadas a perfiles sociales, a diferentes administraciones publicas relacionadas con multas, pagos de impuestos, etc… Esperaba encontrar en algún lugar la dirección de Lucy en State Island, pero no parecía que la suerte me acompañara. Qué poco sabía de ella, pensé. Llevaba más de dos días buscándola y apenas sabía nada. Después de varias páginas y cuando estaba apunto de abandonar la búsqueda, apareció un enlace a un sitio de una empresa de suministros donde sí aparecía una dirección: número 399 de Westarvelt Avenue, State Islad, New York. Comencé a sudar y a notar como la sangré se me acumulaba en la cabeza: se me nubló la vista. Me froté los ojos para convencerme de lo que estaba viendo, repasé la dirección y , efectivamente, coincidía con la Ernesto. Vivían en el mismo lugar. Con las manos temblorosas cerré de golpe el ordenador y me dirigí al baño para refrescarme la cara. Por el camino tropecé con la mochila recuperada y me la llevé para examinarla con más profundidad. Después de remojarme me senté sobre la tapa del inodoro. Rebusqué por la bolsa y no faltaba nada. En un bolsillo exterior encontré una pequeña nota manuscrita:

Esta vez has tenido suerte. La próxima no sólo perderás la mochila , sino que también perderás la vida”.

Sofocado, abrí la puerta del lavabo para salir de allí y me topé con Violeta que ya se había despertado. Mi corazón estaba a punto de estallar con tanto sobresalto. Se me cayó la nota de las manos y los dos intentamos recogerla a la vez provocando que nuestras cabezas chocaran dolorosamente.

-¿Qué te ocurre, Ricardo?

-¡Siguen aquí… Siguen aquí..!

-¿Pero a quiénes te refieres?

-Lee la nota -contesté con los ojos inyectados de sangre.

-Tranquilízate, vamos a hablar con el comisario Romano y se lo explicamos.

-¡No! No podemos hacer eso. Él no sabe el motivo por el cual me perseguían o mejor dicho por qué me siguen amenazando.

-Ya, pero es la única persona que te pede ayudar en esta ciudad.

Me tumbé en la cama para serenarme. Ella lo hizo a mi lado. Me miraba sin decirme nada; simplemente me acompañaba. Poco a poco recobré la calma y le dije:

-Vamos a olvidar todo esto. El que me perseguía ya está muerto. No sé quién ni con qué intención me ha enviado este mensaje. Pero mañana lo veremos todo más claro y decidiremos.

-Bien. Te propongo pasar lo que queda de tarde visitando la Estación Central y el edificio Chrysler. No están muy lejos del hotel y te irá bien distraerte un poco. Te gustará. En la Grand Central Terminal se han rodado películas tan famosas como “Los intocables de Eliot Ness”. És impresionante.

Antes de salir y mientras violeta se duchaba llamé por teléfono a casa. Bueno mejor dicho a la que había sido mi casa. Me contestó Miranda, mi hija. Me gustó y me tranquilizó escuchar su voz: la sentía próxima. Me explicó que todo estaba en orden y que en ese momento estaba sola en casa.

-Y tu hermano, ¿cómo está? ¿Cómo le van los estudios?

-Creo que bien…

-¿Qué significa eso? No puedes ser más concreta –le contesté impaciente como cuando estaba en casa con ellos.

-Mejor hablas con mamá. Se ha ido de viaje con un amigo de clase.

-¡Aló! quién habla.

-José, amigo… ¿No me reconoces?

-Estoy algo mayor para ese tipo de juegos…¿quién habla?

-Soy Osvaldo Valencia, viejo amigo.

-Ahora sí, ¿qué pasó compadre? Me alegro de escuchar tu voz. !háblame!

-Ha pasado mucho tiempo, pero fuimos como hermanos. Yo nunca olvido a la familia…

-Sí, sobre todo en la época de la universidad lo pasamos chévere…

-Bueno también fuiste de gran ayuda cuando se me torció el camino…¡ya sabes!…los negocios a veces son peligrosos -soltó una carcajada.

-Y ¿qué te trae después de tanto tiempo?

-Malas noticias. Necesito tu ayuda, pero no como amigo sino como profesional.

-Pero ya estoy jubilado, ahora me decido a cuidar del jardín, leer y pasear el perro…

-Ya pero no debes haber olvidado lo que sabías. Eras una eminencia y además se trata de un asunto personal y grave.

-¡Háblame ya! ¿de qué se trata?

-Verás, mi segundo hijo está muerto. Según la policía de Nueva York murió atropellado. Pero yo no me lo creo.

-¿Y qué puedo hacer yo por ti?

-Puedes venir y explorar su cuerpo. No hace falta que sea una autopsia. Sólo quiero que a la vista de las heridas me convenzas de que ha muerto atropellado y no asesinado.

-Pero estoy a muchos kilómetros de distancia

-Nada que no pueda solucionar un buen avión. Te acabo de preparar uno privado que saldrá inmediatamente hacia Nueva York. En breve te recoge en tu domicilio un chofer de mi compañía. Yo te espero en el aeropuerto.

Estaba punto de entrar en Central Park por una entrada del este. La que está junto al pequeño homenaje a John Lennon. Había quedado de nuevo con Malcom para correr por el parque al mismo tiempo que intentaríamos obtener alguna pista sobre el paradero de Lucy. Con tanto ajetreo esa misión había quedado un poco relegada. Hacer un poco de entrenamiento me vendría bien para recomponerme física y mentalmente y sobre todo para afrontar el Maratón que correría el Domingo.

La tarde anterior la había pasado con Violeta paseando por los alrededores del edificio Chrysler y visitando la Grand Central Terminal. Era igual que como la había visto en la innumerables escenas de las películas que allí se había rodado: grande y espaciosa. Estaba muy bien iluminada y con una simetría casi perfecta. Había montones de gente subiendo y bajando por la diferentes escaleras, entrando y saliendo por los diferentes accesos a las vías. Muchos tenían que atravesar la gran nave central, concentrándose en el centro que estaba presidido por un gran reloj. Como en una autopista unos iban y otros venían formados carriles improvisados en toda las direcciones posibles. Yo lo divisaba desde la parte mas alta de las estación y parecía una coreografía perfectamente organizada. El edificio Chrysler no lo visitamos por dentro, pero por fuera me pareció uno de los edificios más bonitos. Con una cúpula de acero que brillaba especialmente por donde lo bañaban los últimos rayos de sol del día.

Acabamos el día cenando algo ligero en Junior’s, un restaurante que era famoso por su Cheesecake. La verdad es que la fama era justificada. Hicimos la vuelta al hotel sin hablar, como si nos tomáramos un descanso para la reflexionar. Al intentar esquivar algún obstáculo nuestras manos se rozaban y forzábamos ese contacto unos segundos más, pero no llegamos a cogernos. Nos despedimos con un beso discreto pero con una mirada profunda que hablaba por nosotros…Dormí profundamente. Era la primera vez que lo hacía desde que me encontraba en New York.

Habíamos subido hasta el parque por la Octava Avenida y ya desde el primer momento me sentía observado. No quise alertar a Malcom para que no me tomara por un paranoico y no tuviera la tentación de burlarse de mí. Tampoco le había comentado nada de mi encuentro con Violeta…ni de la coincidencia del domicilio del muerto que me perseguía con el de Lucy. Estaba buscando el momento para comentarle la última amenaza recibida a través de la nota de la mochila cuando él me espetó:

-¿Te gusta Violeta? -mantenía un mueca irónica mientras corría sin mirarme

-¿Qué? ¿ Cómo?

-Que sí hombre, he visto cómo la miras.

-Bueno, sí. Es agradable. -Ya no pudo más y soltó una carcajada que dejó otra vez sus grandes dientes blancos a la vista.

-Está bien, si quieres ser prudente te diré que creo que ella también está a gusto contigo -continuó riendo.

Seguimos avanzando por el interior del parque. Habíamos incrementado el ritmo y ahora se aproximaba al óptimo para un buen rendimiento. Eso dificultaba que pudiéramos seguir hablando, cosa que agradecí porque no me gustaba el interrogatorio al que me estaba sometiendo. No pude aguantar mucho tiempo callado.

-Ayer recibí un nuevo mensaje -le dije.

-¡No puede ser! Si él ya está muerto…

-Pues era otro manuscrito que encontré en la mochila que alguien me devolvió dejándolo en la recepción.

Malcon emitió un pequeño gruñido antes de decir:

-No te lo quería decir, pero tengo la sensación de alguien nos está siguiendo.

A pesar de la desagradable noticia me sentí aliviado porque no era yo el único que tenía esa sensación. Instintivamente miré hacia ambos lados sin advertir nada raro. Llegamos hasta el lago grande donde dimos tres vueltas a su perímetro. Desde su parte norte hay unas bonitas vistas de los rascacielos que luchaban por asomar por encima de los árboles. No pude aguantar más y puse al corriente de todo a Malcom. No se lo podía negar porque era , junto a Violeta, en los únicos que podía y debía confiar. Cada vez que le contaba una novedad aceleraba el ritmo como efecto del enojo que sentía. Le tuve que decir que aflojara un poco porque me estaba ahogando y había perdido el ritmo de respiración mientras hablaba. Refunfuñaba y no paraba de negar con la cabeza como diciendo: “no me gusta nada”. Por el camino nos cruzábamos con otros corredores , ciclistas y practicantes de todo tipo de deportes. A todos los miraba con desconfianza intentando adivinar quién de ellos nos espiaba. Bajamos por el lado oeste por un camino paralelo a la Quinta Avenida y pude observar de lejos la parte superior del edifico Gungenheim. Pasamos también junto al Matropólitan Museum of Art y desmbocamos en otro lago más pequeño donde hacen navegar barquitos con control remoto. Un poco más adelante comenzamos a ver corrillos de gente que rodeaban a artistas que exponían su talento. Si había alguna posibilidad de que el azar , la casualidad o la suerte se nos mostrara , sería allí. Me fijé en especial en un mimo de mediana estatura y melena larga recogida con una cola, miré a Malcom y comprendió exactamente qué le quería decir. Nos dirigimos decididamente hasta él teniendo que atravesar una de las pocas calles del parque donde pueden transitar los coches. Íbamos tan abstraídos que no reparamos en un Range Rover que casi nos atropella. Tuvo que frenar de golpe y nos dedicó una sonora pitada. Me fijé en el conductor sin dejar de correr y éste me sostuvo la mirada. En lugar de abroncarme me dedicó una mirada maliciosa. Seguimos hacia nuestro objetivo olvidando rápidamente el percance. Cuando faltaban pocos metros para llegar , el mimo se percató de nuestra presencia y sin más salió corriendo dejando a su publico y a nosotros totalmente desconcertados. Ni siquiera se entretuvo a recoges sus bártulos. Salió disparado como una flecha en dirección sur. Nosotros intentamos perseguirlo , pero llevábamos ya muchos kilómetros encima y no pudimos aguantar el ritmo que el desconocido mimo había impuesto. A los pocos minutos nos paramos jadeando y sin respiración.

-Déjalo ir, no podemos hacer nada -me dijo Malcom

-Pero es la única pista a la que nos podemos agarrar para encontrar a Lucy.

-Eso es imposible de saber

-No tenemos nada más…si no ¿por qué ha huido?

-No lo sé Ricardo, pero no puedes obsesionarte.

-¿Te ha parecido que era una mujer o un hombre?

-No sabría qué decir. Pero no importa, olvídalo. Vamos a ver si encontramos algo en las pertenencias que ha dejado atrás.

Regresamos sobre nuestros pasos al lugar donde el mimo estaba haciendo su representación. Habíamos dejado de correr. Al aproximarnos vimos que la gente había dejado paso a unos policías que se estaban haciendo cargo de sus cosas.

-Tampoco aquí encontraremos nada, Malcom.

-Pues esta tarde nos vamos a State Island, a su casa a ver si allí encontramos un poco de luz sobre su paradero. Algo por donde podamos empezar. No podemos seguir a ciegas, New York es muy grande.

La idea de Malcom me alegró, no tanto porque continuaríamos la búsqueda , sino por la implicación que eso suponía por parte de él. Caminamos hacia la salida sur del parque, la que desemboca prácticamente sobre la Quinta Avenida. Malcom estaba muy callado, tenía la sensación de haber visto en alguna parte a unos de los policías. Escudriñaba en su memoria para encontrar una cara que encajara con aquella. Nos encontrábamos parados en el semáforo de la calle que separaba el parque de la Quinta Avenida. Se puso el disco en verde y cuando levanté la vista para cruzar, el primer coche que estaba parado me resultó familiar. Era el mismo Range Rover que casi nos atropella. Estaba ocupado por cuatro individuos con cara de pocos amigos. El conductor me volvió a mirar y mostró otra vez una socarrona sonrisa a la vez que levantó su mano extendió el índice y me apuntó como si fuera una pistola.

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