Me despiertan unos golpes en la persiana de la puerta que da a la calle. Miro la hora y son 20 minutos los pasados desde la hora de apertura del gimnasio. Todo está a oscuras cuando Amelia debía haber abierto ya. Me calzo la ropa que puedo encontrarme del día anterior y me voy hasta la entrada del local, con la almohada aún pegada a mis sienes, para dejar pasar a esos socios que llevan esperando un buen rato ya ahí afuera.

Amelia y yo crecimos juntos. Vivimos en el mismo barrio, íbamos a la misma escuela, teníamos amigos comunes… Compartíamos hasta los cigarrillos. Ahora es la encargada de abrir el gimnasio por la mañana y atender a la gente tras el mostrador, pero me da que algo debía haberle pasado para no estar aquí ya. La llamo pero su móvil aparece apagado o fuera de cobertura, problemas con su chico de un viernes por la noche seguro, y ya me jode. Pongo la cafetera a calentar y me siento tras el mostrador para variar.

No me he terminado el café cuando me llega un mensaje de Amelia avisándome que está de camino. Movidas con Pedro, palabras textuales. Ella me sacó de una gorda hace muchos años y ahora está metida de lleno en una similar me temo. Qué mal acaban las relaciones sentimentalmente sexuales. Y es que al terminar FP como mecánico del automóvil fui a recoger mi diploma, con muchas ideas con las que arreglar mi motor de entonces y una estúpida alegría que le costó encontrarme y aún así no duró demasiado.

En aquella época estaba con una chica. No fue la primera ni fue la última, pero Alicia sí fue de las pocas que dejó su huella. Yo estaba a mitad del curso de orientación universitaria sin pretenderlo y, como era habitual al terminar los viernes las clases, nos juntamos unos amigos al final de El Sardinero con nuestros kalimochos. Algunas facultades quedaban cerca y siempre coincidíamos con más gente, pero una tarde, esa tarde de primavera, junto a nosotros hubo un grupo de mayoría femenina en el que acabamos metiéndonos. Y allí la conocí, ofreciéndole unas estúpidas aceitunas negras de Aragón en un bote que llevaba conmigo. El viernes siguiente repetimos y volvimos a juntarnos todos. Así empezó todo. Un rollo de primavera, del mismo tamaño que la gastronomía asiática cocina, y que al llegar el calor de las vacaciones quiso ser más y creció.

Pero aquel verano terminó y tuvimos que salir de ese sueño para volver a lo que cada uno debe hacer para progresar en la vida. Yo empecé mi módulo de formación profesional para seguir los pasos de mi padre y Alicia pasó el corte para entrar en Arquitectura. Creíamos que a pesar de las carreras de cada uno tendríamos mucho tiempo que dedicarnos. Y yo lo tuve pero Alicia no tanto. Aún así siempre encontrábamos algún hueco para vernos: cuando iba a clase, cuando volvía, cuando cenaba… Siempre lo justo. Idealizamos el uno al otro y tomamos unos papeles que se nos quedaban grandes, pero estábamos tan estúpidamente enamorados como ciegos para darnos cuenta que nos pisábamos los trajes.

Por su cumpleaños quedamos en nuestro parque al atardecer de un día caluroso. Llegué tarde a propósito para no parecer un vendedor callejero, porque conmigo llevaba un enorme ramo de rosas rojas para ella. No le importó la espera, tan poco le molestó y tanto le gustó que me abrazó con fuerza sin soltarme. Y lloró, como una magdalena según ella, como lloran cuando son mojadas en el café supongo. Alicia quiso hacerme prometer que a pesar de su larga carrera la esperaría, y yo que se casaría conmigo cuando la terminara. Planificamos tanto como la ubicación de nuestro hogar o el nombre de nuestros hijos mientras, sin darnos cuenta de ello, el tintero se llenaba en vez de vaciarse con el peligro de un desbordamiento inminente.

El tiempo siguió corriendo con su ciclo habitual que sin embargo sólo consiguió perdernos más el uno dentro del otro. Mientras, llegaron mis prácticas en empresa y luego ella empezó con los preparativos de los exámenes finales del segundo curso. Eso redujo más aún la posibilidad de vernos y, el único fin de semana que Alicia pudo, yo cometí la osadía de irme con amigos a un chalé que tenía uno de ellos en Noja. Esto empeoró las cosas. A la vuelta discutimos y nos dimos un tiempo. Pero sin saberlo ninguno ahí se acabó todo. No es nada nuevo para nadie, que pase algo así. Pero a veces las hostias vienen dadas, y también a veces juntas.

 

Dibujante, nadador, ciclista, diseñador, boxeador, rockero, escritor, cocinero, amante, surfero y fotógrafo aficionado ;)

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