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Apuró tanto el cigarrillo de “maría” que se quemó el labio. Se llamaba Carolina Expósito, pero su nombre artístico era Caroline Clapton. Era la vocal de un grupo de música que se dedicaba a tocar en bodas, cumpleaños y , en el mejor de los casos, en verbenas.

-¡Hostia! Me he jodido los morros.

-A ver si ahora no vas a poder cantar -le dijo Ritchie, el que tocaba la guitarra- ¿Por qué lo apuras tanto ? ¡Avariciosa!

-¡Pues que les den…! Ya estoy harta. Si supiera solfear no sería cantante.

-Ya estamos otra vez con la misma historia. ¡Mírame! Sé solfear y estoy en el mismo lugar que tú. ¿Nunca lo vas a superar?

-Qué más quisiera yo.

-Vamos, nos toca actuar.

-No sé si voy a poder hoy. Todo tiene, por los menos, un par de límites. Y yo ya los he superado.

Salió a un escenario improvisado en el comedor donde se celebraba el banquete. Los invitados con muchas copas de vino ya en el cuerpo, comenzaron a silbar y a animar moviendo las servilletas con las manos, como el que pide la oreja y el rabo en una corrida.

Mientras miraba a la gente un poco mareada por la hierba que se había fumado, no podía dejar de pensar en sus hermanastras. Aun siendo horrorosas, su madre les había proporcionado una formación en los colegios más caros del país para que se pudieran valer por sí solas, pensando que eso era una carga muy pesada. En cambio a ella, que era la mas guapa del lugar, la había preparado para poder encontrar un “príncipe” que la colmara de todas aquellas cosas que se podían obtener con dinero. Pero ella era rebelde y no había ningún pretendiente, guapo o feo, que pudiera soportarla más de dos días. Pronto se tuvo que buscar la vida y como lo único que sabía usar era sus encantos, acabó vendiéndolos cada vez que necesitaba dinero. Así fueron transcurriendo los años hasta que su amigo Ritchie, le ofreció la oportunidad de trabajar utilizando su voz en lugar de su cuerpo. Pero su madrastra no desistía y recurrentemente le presentaba señores adinerados y de buena familia para ver si podía colocar a la niña.

Al final de la primera parte del repertorio, se le acercó la madrastra acompañada de un señor que superaba claramente los sesenta años.

-Carolina, te presento a Fermín, tenía ganas de conocerte.

-Qué tal -contestó sin ganas Caroline.

-Encantado. Tu madre me ha hablado muy bien de ti. ¡Esto sí es una madrastra, lo demás son cuentos! Tienes suerte de tenerla.

-Eso dicen.

-¿Te apetece que nos veamos al finalizar la actuación?

-Por qué no… Acabo sobre la media noche…

Mientras descansaba y se liaba otro canuto, Ritchie le preguntó:

-¿Estás segura de lo que vas a hacer?

-Es mi destino; está escrito. Quizá éste sea el último.

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