Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

Estaba ya quemado y tiré de mis amigos. Al fin y al cabo éramos unos niñatos. A los 16 años casi todo el mundo tiene cosas de qué avergonzarse, muchas, y yo prefería poder envanecerme de algo. Me gustaba escribir y a las pibitas les gustaba lo que escribía, pero el panoli aquel me pisaba todos los certámenes, parecía que compraba jurados, en el colegio, en el instituto… En fin, decidimos darle un pequeño susto para que se borrara del siguiente; al fin y al cabo, yo habría matado por colaborar en Desafiosliterarios.com; de hecho, a punto estuve de matar; casi se nos va de las manos.
Le pillamos entre los cinco a la salida de clase. No se resistió a tomar un café gratis con nosotros cuando le dijimos que necesitábamos ayuda con el trabajo de literatura; de hecho, era un chulito. Hasta le invitamos a una copa. Eran los ochenta; conocíamos a los camareros, bebíamos siendo menores, bebíamos y mucho.
Entre engaño y engaño le engatusamos –qué precioso verbo, engatusar-. Fuimos al garaje de Álvaro. Lo teníamos todo preparado, acabábamos de ver “Reservoir Dogs”; empezamos con tonterías varias; sólo nos faltaba ponernos los nombres de los colores. Más alcohol, dos porritos…; él estaba en su salsa, pontificando. Yo le admiraba, podía jurarlo obre la misma Biblia, y le envidiaba; necesitaba que no presentara ningún escrito al certamen. No hubiera soportado que me ganara de nuevo, cualquiera menos él.. Entre risas y juegos le atamos a la silla. La gasolina era cara y le echamos por encima dos botellas de coñac barato mientras encendíamos los mecheros; incluso pusimos música, no recuerdo el tema. No íbamos a quemarle, por Dios, pero queríamos que se acojonara. No había manera, había visto la película, seguía el guión. Me crecí, no me valía baile y cuchillo y agarré una radial del padre de Álvaro, la conecté y fui hacia su oreja, ciego, dispuesto a rebanársela. Creo que llegué a decirle que Van Gogh era un tipo guapo a pesar de todo. Empecé a notar que su mirada cambiaba, estaba atemorizado cuando menos.
Actué de inmediato. Lo siguiente que recuerdo fue ver sangre a borbotones y escuchar a mis amigos chillar, mientras me sujetaba la mano izquierda. Desde aquel día, todos me llaman “nueve dedos”.