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La sala estaba repleta, a todo llenar por la familia, los amigos cercanos, las amistades lejanas del muerto, incluso los vecinos de la calle donde había tenido su residencia el difunto estaban presentes. El nombre de la casa funeral donde se encontraba alojado, estaba muy distante de identificarse como una casa de pompas fúnebres debido a su nombre en la fachada colgado: “La posada”. Serapio Madaleno, propietario del negocio, del cual muchos asistentes de tan solo pensar que un día habrán de ser huéspedes distinguidos, la piel se les pone china cual gallinas asustadas, había accedido hospedar los días y las horas reglamentarias previstas en la ley que rige en estos casos, a su amigo de casi toda una vida, Tereso Pascual RioValle. A pedido expreso del hoy occiso desde el anuncio de su muerte próxima un año atrás a causa de un cáncer. Tereso, cuyo nombre aborrecía, se hacia llamar Daniel, prohibió a sus familiares ocultaran el tipo de la enfermedad cancerígena que al final lo llevo a la tumba.

– ¡Ahí viene, ahí viene!

Gritó uno de los dolientes con varios tragos de más entre pecho y pecho, olvidando, el amante de las bebidas espirituosas, disminuir el tono de la voz y mucho menos gritar en este recinto mortuorio: “La posada”, la funeraria en la cual descansaba el cuerpo de Tereso o Daniel, por sus amigos llamado, es un lugar para mostrar respeto y solidaridad para los que se van.
Quien entró a la sala era la hermana mayor del finado, María Piadosa. Traía consigo un paquete envuelto en papel regalo, los allí reunidos extrañados, se miraron unos a otros por lo anómalo de la situación, cuando alguien fallece, se llevan flores, no regalos, salvo la madre y los hermanos, el resto desconocía el contenido del envoltorio. A nadie miro mientras acortó la distancia hacia el féretro color azul, color favorito del hermano extinto.

– ¡Déjenla pasar por favor! ¡A un lado! ¿No ven la están estorbando?

María llego al ataúd, a la altura del pecho del hermano, sobre el cristal, acomodó con mucha solicitud, ternura y amor, lo que todo mundo creyó un obsequio. Luego de realizar lo anterior, se dirigió hacia los hermanos y hermanas y por supuesto también, con la matriarca de la familia, recibió de la asistencia, los abrazos y las condolencias por la sensible perdida del ser querido. La conversación al principio matizada por el ambiente sombrío, triste, derivó en una tertulia animada, casi festiva. El dolor, la pena, se amenizó saboreando los diversos antojitos sobre las mesas grandes acompañado de café negro, las damas lo pedían con crema o leche, además lo que nunca falta en los funerales, el licor; brandy, whisky, tequila, si no fuera por el cajón del muerto, uno diría que es una fiesta. Serapio, con anticipación, solicitó “permiso” a las autoridades locales, se hicieran de la vista gorda en este dispendio de generosidad hacia las muestras solidarias en estos momentos aciagos por el que partió a la casa de Dios.
La madre, de nombre Albertina, murmuro algo al oído de una de sus hijas más cerca de ella, entonces dirigiéndose a la concurrencia, preguntó:

– ¿Alguien sabe completo el rosario?

Se alzó una mano diciendo: “Yo mero”. Malena, la de siempre, por lo regular nunca falta a un evento luctuoso, del bolso extrajo un rosario, aclaró la garganta, solemne, inició la secuencia del mismo. Mientras se rezaba, poco a poco las risas menguaron, la charla trivial, el seseo de los borrachos se extinguieron para que la voz gruesa y ronca de Malena la cuarentona, resonara en el amplio salón.

María Piadosa, orgullosa por haber obtenido su primer trabajo después de terminar la escuela primaria, prometió a su hermano Tereso un par de zapatos nuevos en su cumpleaños número quince, ilusionado. Esperó la bendita fecha para estrenar el calzado nuevo prometido, por la pobreza estaba acostumbrado a pasar su día sin ningún festejo, menos recibir regalos. Esta vez sería diferente, su adorada hermanita habría de ser generosa con la promesa del presente, sin embargo, al llegar la fecha, este nunca arribó, la tristeza invadió su alma por el incumplimiento de la susodicha descerebrada, pasaron los meses y lejano era el recuerdo de su cumpleaños, a Tereso le dolió en el alma el olvido, no hizo mención del asunto por muchos años, ella, por razones desconocidas ni se disculpó por tal desacato cruel. Después, pasado mucho tiempo, conversando los dos en una reunión familiar sobre las menudencias típicas del quehacer humano, Tereso, fingiendo enojo pregunta muy serio:

– ¡Ay hermanita que mala eres, han pasado treinta años y algo me debes!

– ¿Qué te debo, tú?

– ¡Mis zapatos!

– ¿Qué zapatos?

– Los de mis quince años. ¿Que no te acuerdas pinche mentirosa?

– ¡Ahhh! Sí, es cierto…

A pesar del recordatorio, y quizá por el empeño de la palabra dada, habría de suponer cumpliría lo prometido al hermano en aquel entonces adolescente, el regalo de su cumple. Pero incumplió la desmemoriada y remisa María Piadosa.

Cuando fue hospitalizado a causa del cáncer, se sono joven caminando por las calles descalzo con un sol inclemente quemándole los pies, despertó y se acuerdó de María Piadosa y su falta de cumplimiento, se propuso ponerla en aprietos dejando un póstumo deseo.
Exigio, rogó entregasen a la hermana una carta manuscrita al momento de su deceso, tendría que cumplir lo expresado en ella, so pena de pagar las graves consecuencias de la fallida promesa.

Al día siguiente, por la mañana, se llevaría a cabo el sepelio, horas antes se llevaría a cabo la misa de cuerpo presente en la iglesia Vida Abundante, cita en el barrio del finado, todo se llevaría de acuerdo a los cánones del rito católico, no obstante, en vida del occiso, este tenía ideas muy particulares sobre el destino final de las almas.
María Piadosa, cumplió puntual el pedido escrito en la misiva.

Después de acabado el rosario, las cosas regresaron a la normalidad; las caras compungidas, cabezas somnolientas, niños llorones que ya quieren irse a casa, señoras comedidas y atentas poniendo en orden los arreglos florales y dando palabras de confort a los deudos, los clásicos tomadores sociales sabelotodos, reviven la ultima conversación en “La posada” que se convirtió en un galimatías de lo más estupendo. No faltan los aduladores de oficio, constructores de altares donde se realzan las virtudes y proezas de los que se han adelantado en el camino que a todos nos toca por caminar, “Daniel” en vida, escuchar los muchos elogios habría de ser el mismísimo santo papa.

Hay que notar en todo momento el cuerpo de Tereso estuvo expuesto a las miradas y comentarios de los asistentes en el cementerio y considerando el gran número de personas atendiendo las honras fúnebres, no era de extrañarse ver sobre la tapa de la caja mitad cristal, mitad madera, el rostro sereno y tranquilo de Tereso, parecía dormir placentero ajeno a los problemas cotidianos del mundo. En la víspera de su fallecimiento, estipuló fuese vestido de manera sencilla; pantalón mezclilla, camisa azul de manga larga, sus manos fueran acomodadas sobre el vientre, en la mano izquierda, sostuviera una copia de la edición: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, de Pablo Guillen y en la derecha el primer tomo de “Caballo de Troya”, de J.J. Benitez. Encima del cristal descansaba el paquete con el regalo traído por María Piadosa y en el que todos previamente habían comentado la rareza de lo que ocultaba en el interior.

Maria Piadosa, se incorpora de la silla donde esta sentada al lado de los demás familiares , incluida la madre en silla de ruedas, se aproximan al cartapacio, la hermana toma el paquete envuelto en papel regalo y se lo guarda en una mano, con la otra, abre el cajón, se santigua para besar la frente de su hermano fallecido, a todos les llamó la atención los movimientos hechos por la pía María, los presentes, algunos de lejos y otros más cerca, fueron testigos lo que en verdad ocurría.

– ¡Ay, hermanito chulo, tú y tus ocurrencias! Pero no importa, aquí está lo prometido, ahora sí, más vale tarde que nunca y no vaya ser el día de mañana me andes jalando las patas por hacerme la mensa. Te los llevas puestos para que no te espines ni te lastimen las piedritas del camino.

Exiquio, el menor de los hermanos, se encargo de auxiliar a María Piadosa en calzar los pies desnudos de Tereso, levantó una de sus piernas, mientras María Piadosa desenvolvía la caja y sacaba un calcetín primero y luego un zapato, enseguida el hermano introducía en la extremidad inferior ambos artículos, a continuación, la misma operación con la otra. Habiendo terminado, cada uno le dio el beso de despedida al difunto, cerraron el ataúd, fue entonces que se desveló la historia sin contar de los hermanos.

– Lo que se promete se cumple. ¡A como de lugar! Aquí y allá y en todas partes.

Adusto y circunstancioso, Serapio Madaleno, propietario de la funeraria, dictó sentencia.

FIN

Stockton, Ca. USA., 2O de octubre, 2015
Pablo Guillen