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Compartido en los grupos; escritores desconcidos, en jóvenes poetas y escritores, el baúl de los relatos y mi página.

 

Concurrida la plaza Brossa de seguidores y público expectante, el enfrentamiento comenzó.  Todos querían ver de cerca a los autores. A un lado del escenario se encontraban los Scriptwriter, en silencio. Pensativos. Al otro lado, los writers seguros de sí mismos. La gran mayoría compitió sin musa. Utilizaron lo primero que les vino a la cabeza. Algunos discutían entre ellos, mientras, los oyentes, se divertían observando los fallos todos.

El moderador se dirigió a los desafiantes.

-¿Están listos?

El bizco buscaba la oportunidad de mostrar su valía desafiando al más tonto del pueblo. No había ganado ni un premio en su vida. Desesperado, llegó a creerse capaz de cometer una locura. Con la mirada puesta en direcciones contrariadas hizo planes de futuro: “El día menos pensado mataría por colaborar con DesafiosLiterarios.com”. Tumbado en el sofá del salón de su casa aguardaba la llegada de la inspiración. Mirando la lámpara que colgaba del techo se dormía pensando en las musarañas. En sus años de juventud se enamoró de una joven a la que le dedicó una poesía escrita por él, en el tronco de un árbol a la entrada del pueblo. Desde entonces fue, el poeta. Años después entró en el bucle del olvido y nadie recordaba qué cosa era lo que había escrito. En aquél duelo presentó una historia increíble. La mejor, según dijo el párroco en varias homilías posteriores. Su relato estaba inspirado en la figura de la santísima bondad y pureza.

Acabada su lectura los miró a todos. Iba a sonreír, pero volvió la cabeza y se puso muy serio.

– Ese writers es un prepotente. Da asco.  –Dijo el número uno de los Scriptwriter.

– No necesito que me lo digas. Lo sé. Hace tiempo que espero este desafío. Tengo mucha paciencia. –Respondió el número dos-. Abrió el bloc y leyó:

“HORROR EN LA CARRETERA: Eran las tres y veinte minutos de la madrugada del martes uno de febrero de dos mil dieciséis. Víctor conducía por el carril central de la autovía a ciento treinta kilómetros por hora.  Con ambas manos sobre el volante notó algo extraño. La luz del salpicadero se apagó. Cuando levantó la vista, a unos cinco pasos frente a su coche, en medio de la carretera, creyó ver la   silueta de un hombre sin rostro. De sus manos brotaba la sangre a borbotones. El hombre corría hacia él. Víctor pisó el pedal de freno. Giró el volante de forma brusca. El coche se estampó contra un vehículo que, también, se había estampado contra el muro del puente”.

Al cerrar el bloc hizo un barrido con la vista, a la espera de una opinión incierta en el gesto de algún aliado. Nos resultó extraña aquella mirada de odio que el bizco le dedicó desde su posición de favorito. Después, desviamos la vista hacia donde se encontraban el alcalde, el párroco y algunas autoridades competentes.

Había mucho interés en este duelo.

En la plaza, el silencio se hizo enorme. Todos contuvieron la respiración. Se miraron sin hablar.