No había abierto la boca desde que ingresó. De eso hace ya una semana. Se encontraba acurrucada en la litera inferior de cara a la pared. Los ojos abiertos mirando pero sin ver nada, ni siquiera la enorme cantidad de mensajes, dibujos obscenos y todo tipo de figuras geométricas , que parecían jeroglíficos, pero que en realidad eran líneas labradas sobre la pared con las uñas. Desde que llegó -cuando no la obligaban a salir al patio o al comedor- se pasaba las horas en esa posición. Sin hablar, sin comunicarse con sus compañeras de celda.

Después de confesar haber matado a Alma Villanueva -ella lo conoció como Jacobo- fue llevaba a la cárcel de mujeres más grande que había en el territorio. Desde el mismo momento que soltó: “ he sido yo”, dejó de hablar, de dormir y de cerrar los ojos. De no pestañear estos se le secaron y como tampoco podía llorar -no le quedaban lágrimas- al final tuvo que acudir a la enfermería para que le dieran colirio para lubricar los ojos.

Se dejó insultar, esposar, arrastrar y soportó sin rechistar las humillaciones a la que le sometieron en el registro de entrada, incluyendo la inspección vaginal y anal. Le quitaron la pocas posesiones que llevaba encima , entre ellas la llave del estudio de Jean Claude , donde se perpetró el crimen y donde había pasado tantos buenos momentos dejándose fotografiar por él y entregándose después a los perversos juegos sexuales. Un sólo recuerdo malo. Pero éste era tan desmedido que no podría olvidarlo nunca más. Allí le quitó la vida a quien tenía que ser su marido y que luego resultó ser una bella mujer. Quizá fue este hecho el que le hizo enloquecer. Una de la pocas emociones que mostró fue precisamente con esa llave que, en el momento en que la dejó sobre las mesa, vio como una mota de polvo se depositó sobre ella mientras era iluminada por una luz potente. Aquella llave era la única conexión con el exterior y con su vida anterior al luctuoso suceso.

Antes de entregarse, pasó la noche deambulando por la ciudad intentado ordenar la mente, aunque la estrategia que utilizó no fue la más acertada porque se metió en un tugurio y se bebió todo lo que pudo hasta que se le acabaron los euros y al camarero las ganas de fiarle. Aquel antro estridente y oscuro alteró su estado de ánimo definitivamente. En un breve momento de lucidez decidió que no podía huir a ninguna parte, que debía entregarse y asumir las consecuencias. Unas lágrimas le brotaron de los ojos con tanta fuerza que se deslizaron con rapidez por sus mejillas hasta al fondo del vaso de Ballantines.

No recordaba cuántas veces la apuñaló, cuánto tiempo había pasado allí, ni haber salido huyendo del estudio por la misma puerta por la que había entrado. Tenía claro, eso sí, que ella la había matado. No recordaba si salió antes ella o Jean Claude, pero ya nada importaba. No sufría por lo que a ella le pudiera suceder en el talego, ni por la vejaciones, violaciones o putadas a las que se enfrentaría. Lo que le destrozaba por dentro era haber defraudado a sus padres y lo que la torturaba era que ni siquiera lo hacía por propia voluntad. Ella se estaba sometiendo a los deseos de sus padres, en especial al de su madre que había proyectado sobre la hija los anhelos no conseguidos. Tanto esfuerzo en una educación exquisita para ver como ella se convertía en una esposa de un rico heredero no habían servido para nada.

En la semana que llevaba dentro apenas había recibido amenazas ni extorsiones. Las compañeras de celda le decían que ese era un margen de adaptación que las que controlaban el centro penitenciario le permitían a las nuevas. En realidad se trataba del periodo que las malvadas necesitaban para estudiar la nueva presa y esperar al momento más adecuada para el ataque. En uno de los paseos por el patio se esforzó por levantar la cabeza y observar el entorno. Aquello era como una jauría de lobas. Reinaba una aparente anarquía , aunque estaba todo perfectamente controlado. Podía parecer que alguien estaba corriendo sin motivos, pero esa simple actividad se aprovechaba para hablar sin que los guardias pudieran escuchar la conversación. Había mujeres levantando todo tipo de pesas, esculpiendo un cuerpo que acababa pareciéndose al de un hombre con peluca. Otras trapicheaban de todo mientras los vigilantes ignoraban ese título porque con ello se sacaban un sobresueldo. En algún momento parecía que había gente que se amontonaba en un rincon de aquel cuadrado con forma de cancha sin motivo aparente. Bastaba con que una de las reclusas se parara a observar com más deteniemiento algo para que se fueran sumando con curiosidad el resto. Algunas de ellas escuchaban música estridente que salía despedida desde un enorme transistor que llevaban sobre el hombro, recordando a aquellas imagenes de los años 80 de los negros de Bronx.

En esa semana tampoco recibió ninguna visita. La única persona que acudió fue su madre, pero ella renunció al derecho moviendo insistentemente la cabeza de un lado a otro porque no quería romper su silencio. En esos momentos le vino a la cabeza una de las frases más repetidas por su madre y que pretendían motivar y aumentar su autoestima: “¿Pero tú sabes los ojazos que tienes? Con ellos podrás conseguir lo que te propongas”

-¡Conde! ¡Olaya Conde! Responde de una vez -gritaba una funcionaria golpeando la porra contra la puerta de acero.

Abrió el pequeño ventanuco de la puerta que servía para observar el interior de la celda sin tener que abrir la puerta.

-¡Tú, la nueva! ¿Eres tú Olaya Conde? –Olaya se giró lentamente y se incorporó. Asintió con desgana.

-¡Quieres contestar, zorra! Esa cara bonita te la voy a desfigurar a golpes si no abres la boca. –Olaya seguía asintiendo con la cabeza y con la mirada perdida en las baldosas mugrientas de aquel cubículo.

-Como quieras, pero aquí hay un hombre que quiere hablar contigo.

-¿Quién es? -la curiosidad la traicionó y emitió sus primeras dos palabras, mientras levantaba la vista del suelo.

-Dice que es policía, un madero de esos de paisano. Dice que se llama Mendoza. 


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