Ayer escuchaba en la radio un debate sobre el amor. Se preguntaban sobre los amores contrariados, no vividos o inconclusos. Más allá de que hablaban desde sus experiencias personales, intentando volverlas norma, era notorio el esfuerzo de definición que los ocupaba. No hablaban de lo mismo, pero tenían una sola palabra para hacerlo: “amor”. El concepto más sobre definido de la lengua, con escaso éxito.
En este punto hay una grave carencia de vocabulario. ¿Cómo entendernos cuando hablamos de complejos polimorfos como los que vinculan a dos (o más) personas? Seguimos dando vueltas alrededor de definiciones, con la impotencia de quien tiene que destornillar con un martillo. La consecuencia es que nuestros avances sobre el conocimiento del amor (esa legión de conceptos) son prácticamente nulos en los últimos dos siglos. Si trajéramos a Byron a la actualidad, se sentiría perdido en el mundo de la internet, la velocidad y el hiper consumo. Pero podría sostener una charla sobre el amor con los mismos elementos que nosotros.
Vayamos a un tópico muy frecuentado pero mal conocido. Los fineses, no los lapones, sn capaces de nombrar cuarenta conceptos diferentes que aluden a los matices de la nieve (1). Pueden diferenciar una lluvia de nieve (“pyry”) de una lluvia de nieve con viento fuerte (“tuiski”). Es curioso pero no tienen un verbo para “nevar”, sino que hablan de “llover nieve” (“sataa luna”).
Una vez caída, conocen perfectamente la diferencia entre el hielo con helada en su parte superior (“tökkö”) del hielo no liso (“röpelö”), o del hielo gris que se forma sobre la nieve húmeda (“kohva”). Juegan con la “nuoska” (nieve con la que se pueden hacer bolas) y se cuidan de la “kaljama” (capa gruesa de hielo en el suelo), distinguen entre la “viti” (nieve muy fina recién caída) de la “iljanne” (fina capa de nieve sobre el hielo). Cuando caminan sobre esas superficies unánimemente blancas, tienen verbos que designan los distintos ruidos que se producen: “nirskua”, “narkua”, “kirskua”, “nitistä” y “narista”.

Imaginad por un momento lo que sería tal riqueza de matices en un tema que los pide a gritos. Serían insuficientes, si tenemos la convicción de que hay un matiz del amor para cada persona o cada relación. Pero las charlas sobre el amor serían menos diletantes y más certeras.
Aquí va la pregunta que nos interesa particularmente: ¿la literatura se beneficia con la existencia de numerosas palabras para designar a los matices de un concepto? Porque desde un punto de vista informativo/científico las ventajas son evidentes, ¿pero a la hora de escribir?

No quiero adelantar mi respuesta antes de conocer las de ustedes, lectores y escritores. Están invitados.

(1) Para más detalles sobre los 40 conceptos sobre la nieve, visitar [http://www.biginfinland.com/palabras-para-nieve-fines/]

Mario Pinto
Creo haber encontrado la más poderosa idea de ficción de mi vida: soy un escritor. Claro, falta desarrollarla. Mientras tanto escribo sobre lo que ignoro: las paradojas del tiempo, la naturaleza del amor, el alivio de las nostalgias.
Mario Pinto

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Comments

  1. :) Divertida preocupación, la que nos traes, Mario. Ten en cuenta que los fineses, aún distinguiéndolos de los lapones, ven mucha más nieve que el mundo de nuestro idioma en general. Yo estoy siempre a favor de los matices. Por ejemplo las conjugaciones verbales españolas están plagadas de matices muy finos. Pero los matices tienen un problema. Hay que introducirlos primero en los cerebros y hoy día hay mucha gente cuyas neuronas carecen de tanta finura. La gente acabará hablando como los apaches en las películas del Oeste, porque igual que podría sobrar a un daltónico el nombre del color marrón o el del verde, ya me dirás tú para qué quiere un visionador actual de telebasura distinguir entre amor, pasión, veneración, subyugación, idolatría, cariño, encoñamiento, enamoramiento, seducción, ternura, necesidad, amorío, apego, aproximación, atracción, debilidad, noviazgo, morbo, culto, fervor, dominio, adaptación y vivienda adquirida con crédito hipotecario, por mencionar distintos tipos de unión de pareja.

    En España tenemos (también) un programa llamado First dates. Dos desconocidos quedan a cenar ante las cámaras y les preguntan luego si quedarían otra vez. Abundan respuestas tan sutiles como: “sí, quedaría con él porque me gusta que tengan tatuajes”, “demasiado rubio”, “es qe me gustan las tías con el pelo más largo”. Ante ese nivel, ante cerebros tan primarios… se ha abierto paso con fuerza una expresión de las últimas décadas: “poner”. Esa tía me pone mucho, ese tío no me pone, no me pone nada. Me pone mogollón… En fin, matices…

    Y a mi me lo cuentan así en sus relatos y me preguntan preocupados. ¿Te parezco demasiado cursi aquí, cuando digo que “me ponía un montón”?

    Tú pregunta. ¿Matices? Te dirán, no, no m´atices, que t´atizaré yo más.

    Enrique Brossa

     

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