Cuando nos adentramos en la investigación y el conocimiento del manuscrito Voynich nos topamos de frente con puertas cerradas, macizas, sin cerraduras y por lo tanto sin llaves. Características como “contenidos desconocidos”, “autor anónimo”, “alfabeto no identificado” o “idioma incomprensible” son las que plantean todos los interrogantes del mundo desde que el documento fue descubierto. Sólo la prueba del carbono 14 del pergamino en que está escrito ha permitido situar su origen a principios del siglo XV.

El manuscrito Voynich es básicamente un reto constante para estudiosos, investigadores y lingüistas. Como tal, cuanto más complicado ha sido descifrarlo, más desazón produce su hermetismo. Ni siquiera sus 240 páginas son “de fiar” puesto que la numeración incompleta hace pensar que algunas hojas se extraviaron antes de su adquisición en 1912. Las ilustraciones que contiene pudieran ser un indicio de su contenido si no fuera porque denotan materias que van desde lo que podrían contener un Herbario hasta ciertas referencias astronómicas por la disposición de algunos dibujos.

Todas estas interrogantes llevaron en un momento dado, al planteamiento de que pudiera ser el manuscrito una suerte de engaño, algo así como una tomadura de pelo sin pies ni cabeza, sin un código establecido e imposible de descifrar, precisamente por su carácter aleatorio. Sin embargo, sí que hay una norma que cumple el lenguaje utilizado en Voynich que es característica común a todas las lenguas naturales: la ley de Zipf que establece que la palabra más frecuente aparece el doble de veces que la segunda más frecuente, el triple que la tercera, y así sucesivamente. Por lo tanto, lenguaje natural y no artificial, con un código real y un mensaje concreto aunque imposible de descifrar hasta hoy en día.

El atractivo de lo desconocido, el valor de la palabra y el misterio del conocimiento del hombre para el propio hombre. Puertas que una vez estuvieron abiertas y cuya clave de apertura se perdió en el tiempo. El manuscrito Voynich, más allá del celoso secreto que guarda, representa metafóricamente la clave que siempre ha impulsado al ser humano: conocerse y reconocerse a sí mismo.

Mercedes E.M.

Mercedes E.M.

Amante desde niña de las palabras que encierran mundos y abren universos.
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