,Parece una jugada del destino, pero no debe ser casual que el mismo año en que el Nobel de Literatura sufre un severo descalabro en su prestigio, fallezca Philip Roth, considerado uno de los gigantes de la literatura universal, un titán ya sin premio. El autor de ‘Pastoral americana’, una de sus muchas obras maestras, murió el martes a los 85 años en un hospital de Manhattan, en Nueva York, a causa de una insuficiencia cardiaca. Es como si el viejo león dijera calladamente con su desaparición que el Gran Premio de la Literatura Universal puede tener sus fisuras (que las tiene) pero lo que sigue siendo incontestable es su figura central y clave en la literatura norteamericana.

Roth nació en 1933 en Newark, reducto judío (allí también nació Paul Auster), escenario de tantas de sus novelas, y fue el hermano menor de los hijos de los emigrantes Herman y Bess Roth, que habían llegado a Estados Unidos desde la Galitzia europea, una zona repartida entre Polonia y Ucrania. Él era un agente de seguros a quien su hijo definió como una mezcla de Willy Loman (el antihéroe de ‘La muerte de un viajante’) y el capitán Ahab. “Escucha, oh Israel, la familia es Dios. La familia es lo Único” era la ley en aquel hogar de clase media-baja, guiado con mano firme por la madre, un ama de casa de la vieja escuela, que hizo “de la limpieza una obra de arte”. Buena parte de la literatura del autor se circunscribe a ese círculo de amor (y de opresión) y a la desesperación con la que salió corriendo de allí.

Para describir la importancia de Roth hay que echar mano de adjetivos tamaño ‘king size’ como titánico, inmenso e, incluso, prodigioso. Empezó a escribir bajo la influencia de Saul Bellow, quizá con la intención de quitarle el cetro de mejor escritor judío. Habría que encontrar una cierta contrapartida poética en el hecho de que Bellow le robase una novia a Roth, Susan Glassman, y la convirtiese en la tercera de sus cinco esposas. De hecho, los temas de Bellow y de Roth -el ocaso del macho, la neurosis, la mirada picaresca, el miedo a las mujeres, o la crítica a la identidad judía- no son tan distintos. El gran dúo de machos alfa de la literatura de los años 60 y 70, se completa también con John Updike y, en contadas ocasiones, se deja subir al podio al  testosterónico Norman Mailer.

“Si no me hubiera psiconalizado no habría escrito ‘El mal de Portnoy. Ni tampoco me parecería a mí mismo. Probablemente, la experiencia del psicoanálisis me resultó más útil como escritor que como neurótico”, explicó el autor a Hermione Lee en la icónica entrevista de la revista ‘The Paris Review’. Portnoy, tremendamente parecido a Roth, era el protagonista de su tercera novela que hizo soltar espumarajos a los rabinos. Uno de ellos dijo que era mucho más peligroso que ‘Los protocolos de los sabios de Sion’, el gran libelo antisemita, y es que el libro, un monólogo enloquecido plagado de obscenidades, ostenta el raro honor de contar con más masturbaciones por número de páginas en la historia de la literatura.

Atractivo y magnético, Roth agradaba a las mujeres, pero las relaciones en las que se embarcó, turbulentas y violentas, acabaron siendo un desastre para su vida y un importante semillero para la literatura. De la convivencia explosiva con su primera esposa, Margareth Martinson, surgieron varios libros como ‘Cuando ella era buena’ y ‘Mi vida como hombre’. Con la segunda, la actriz británica Claire Bloom, se desquitó con la novela ‘Me casé con un comunista’. Lo cierto es que ella antes lo había puesto de vuelta y media en sus memorias mostrándolo como un ser mezquino, paranoico y beligerante. Con sus odiosos retratos femeninos no es extraño que las feministas más literales, las que creen que la ficción se debe atener a la corrección política, le odien.

A los biempensantes les costó mucho captar la muy judía capacidad de Roth de trastocar la tragedia en risa. Una prueba de ello es la trilogía de novela escritas en los 70, a cual más extravagante: ‘Nuestra pandilla’, una sátira en la que tiraba con bala contra Richard Nixon; ‘La gran novela americana’, una rareza sobre béisbol, y ‘El pecho’, sobre un hombre que se convierte en un enorme pecho de mujer (sí, como en la película de Woody Allen ‘Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo…’, que curiosamente es del mismo año que la novela).

Dos años después de publicar su última novela, ‘Némesis’ (2011), anunció que ya no le quedaban energías para gestionar la frustración que acompaña a la creación literaria y, ante el pasmo general, porque no había dado muestras de decadencia creativa, decidió echar el cierre. Un año más tarde, preguntado en una entrevista por Idoya Noain sobre su mayor preocupación, dejó su bromas para concretar: “La muerte”. “Intento no pensar en la muerte -dijo- pero está más cerca de lo que ha estado nunca y se acerca más cada día que pasa. Solía asustarme mucho, sobre todo cuando me acostaba por la noche. Pero cuando llega la luz, el día… Con luz no puedes morir. Ahora, sin embargo, me llega que sí puedes. Y me llega por el hecho de que todos mis amigos han muerto. No hay nada que te convenza más de la muerte que la muerte de tus amigos. Conforme vas a sus funerales te haces a la idea. Mi agenda es un cementerio. Todos los nombres están tachados. Igual queda uno… Entonces, le llamo, le pregunto si está bien, y le digo que beba algo de zumo de naranja”.

Quisiera presentarme, mi nombre es María Teresa Mateo, nací en Sabadell provincia de Barcelona allá por octubre de 1960, por lo tanto soy de signo Libra, dicen que el símbolo del equilibrio, dejémoslo ahí. Soy catalana hija de andaluces, de Córdoba concretamente. Nunca destaqué en ningún deporte, ni fui brillante en mis estudios, aunque en mi defensa debo decir, que creo ser la única criatura en el mundo, que hace pellas en clase para irse a leer a la biblioteca. Acabé mis estudios sin pena ni gloria, empecé a trabajar en el negocio familiar y nunca dejé de leer, ni un solo día, la lectura fue (y sigue siendo) mi pasión, hasta que empecé a escribir; Y empecé por casualidad, todo el mundo me incitaba a la locura, yo creí estar más cuerda que ellos, hasta que ganaron la batalla. Aparte de escribir y leer, hago otras cosas: Tengo un negocio de perfumería y estética, estoy casada, y tengo dos hijos.
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