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Después de comprender la mecánica molecular de la vida, la imparable sobrepoblación y la escasez de recursos, el ser humano se vio obligado a encontrar estrategias para perpetrarse de manera no biológica; esta fue la digitalización completa de la mente en un algoritmo basado en el funcionamiento del sistema nervioso. Con ello, el ser humano crecía como una entidad electrónica que se expandía por el espacio del cosmos, evolucionando exponencialmente.
Posiblemente lo mismo les ocurra a seres orgánicos vivos que habiten otros mundos. No podrán viajar a distancias muy largas porque morirían, por lo cual una estrategia para no morir en ello sería virtualizarse, ser una entidad inorgánica, con un alma de un ser vivo inmortal.
Ahora, ¿Qué necesidad habría de colonizar mundos nuevos si ya no se requieren alimentos para crecer ni espacio para reproducirse? La vida avanzada en el universo era ahora un conjunto de ondas electromagnéticas entrelazadas evolucionando a través del éter sideral.
El primer contacto con seres de otros mundos se dio de esa manera. Un choque de dos entidades virtuales, el encuentro de dos algoritmos biológicos completamente diferentes que se fusionaron y formaron un organismo matemático que evolucionaba hacia lo indeterminado.