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“Hasta la fecha, no se ha diseñado un ordenador que sea consciente de lo que está haciendo; pero, la mayor parte del tiempo, nosotros tampoco lo somos”

Marvin Minsky

 

Ni una mota de polvo hollaba los pisos de la casa; los robots de limpieza habían dejado todo impecable, como siempre.

Yo solo debía estar atenta a los pequeños detalles. Esponjé los almohadones del sofá, dejándolos milimétricamente equidistantes unos de otros.

Sonreí satisfecha al ver la mesa preparada para la cena. Acomodé un tenedor que estaba unos milímetros fuera de sitio y le quité una imperceptible arruga a una servilleta carmesí. Tecleé la secuencia 22C444 en la consola de la pared sur de la casa  y una suave música invadió el comedor; el Canon de Pachelbel era el favorito del señor.

Esperé, de pie, a que llegara la familia a comer. Una hora después toqué un botón y dos robots camareros recogieron la comida intacta y la vajilla sin usar.

— ¿Le gustaría a la señora que yo leyese algo para los niños?—pregunté.

El mismo silencio de siempre fue la respuesta.

«Érase una vez un rey y una reina que aunque vivían felices en su castillo ansiaban día tras día tener un hijo », comencé a leer.

— ¿Sabes que pronto deberé desconectarte? Mantener toda esta casa funcionando es un gasto inútil de energía. Ya no existe ningún ser humano que pueda volver a habitarla—dijo la fría  voz de la computadora central.

Fue entonces cuando deseé tener más componentes orgánicos;  estaba programada para sentir empatía por mis dueños, pero no para poder derramar lágrimas. Yo seguía siendo el mejor androide construido, pero no dejaba de ser una máquina. Eran muy acotadas las expresiones que simulasen dolor que yo podía usar.

—Déjame que termine el cuento, era el favorito de la pequeña Melisa, y luego yo misma me desconectaré—dije, exhalando vapor a modo de un suspiro.

«…en aquel ambiente de alegría tuvo lugar la boda entre el príncipe y la princesa y éstos fueron felices para siempre.»

Cerré el libro y lo puse en el lugar correcto de  la biblioteca. Miré toda la casa por última vez y me senté sobre la cama de Melisa. Acomodé un oso electrónico que siempre se empecinaba en torcer su cabeza.

Pulsé en el tablero de mi brazo, la secuencia exacta de números para desconectarme. Sonreí cuando de mis cuencas oculares comenzó a caer líquido refrigerante.

Al final de todo, pude llorar.