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Así es como seguimos adelante: un día por vez, una comida por vez, un dolor por vez, una respiración por vez.

Stephen King

Supongo que el ser humano está destinado a hacer caso omiso de la señales.

Durante décadas habíamos estado oyendo anuncios sobre el cambio climático, la deforestación y sus consecuencias, el derretimiento de los casquetes de hielo polares, la extinción de muchas especies, pero salvo pequeños y excepcionales grupos de personas, el resto no hicimos nada por evitar estos cambios; hasta que fue demasiado tarde.

Mi mente corría velozmente mientras sentía el frío de las baldosas del piso en mi cara. Intentaba aquietar mis pensamientos, cada vez más negros, y así calmar mi respiración, pero no podía. Sabía que debía tranquilizarme, concentrarme en inspirar suavemente, mas me resultaba imposible.

Miré ansioso el reloj que marcaba las 06.05 am e intenté una vez más aplacar el dolor de mis pulmones, que bramaban pidiendo aire. Sabía que ya faltaba muy poco para que saliese el sol y tener unas horas de alivio.

Sentí que me estaba descontrolando y  decidí abrir un poco más el tubo de oxígeno que yacía acostado a mi lado; recién entonces, pude calmarme.

Cuando vi que el sol ya alumbraba un poco, me apuré a abrir las cortinas. Las plantas necesitaban luz.

1

Quizás deba empezar a contar el día que todo comenzó, o sería mejor decir, el día que todo terminó. Hace cuatro años, el mundo como lo conocíamos, cambió repentinamente.

Estaba yendo a mi trabajo, cuando vi a la primera persona caer al piso; justo delante de mi auto, tan cerca de mí, que tuve que hacer una brusca maniobra para evitar atropellarla. Bajé del coche para auxiliarla y apenas abrí la portezuela, comencé a sentirme mareado.

Volví a sentarme y cerré la puerta del automóvil y vi con horror cómo iban cayendo, una a una, las personas que había en la calle. Me quedé apoyado sobre el volante sin entender qué pasaba y sin animarme a salir. Un poco después, todos se fueron  incorporando, mareados y confundidos.  No recuerdo si pasaron minutos u horas

Me quedé mirando a una mujer que lloraba, con el rostro cubierto de sangre por los golpes sufridos en su caída; no tuve el valor para salir a ayudarla. El recuerdo de sus ojos grises me persigue aún hoy, en mis pesadillas.

Manejé de vuelta a mi casa y me precipité al interior, cerrando todo, como queriendo aislarme de lo que había visto y vivido.

Me pasé el resto del día oyendo las noticias en la televisión; en todo el mundo se había repetido la misma situación. Personas desmayadas (supe posteriormente que muchos murieron por los golpes o circunstancias de las caídas) que luego recuperaban el conocimiento. Nadie se explicaba qué pasaba o qué hacer. Pero durante ese eterno primer día no volví a sentirme mareado…hasta que anocheció.

Tuvieron que pasar casi dos semanas para que el mundo supiera que nos estábamos quedando sin oxígeno. Por alguna razón durante la noche los índices de oxígeno bajaban hasta niveles que hacían que muchos se desvanecieran. La fotosíntesis de las plantas permitía durante el día llevar una vida casi normal.

Nos informaron que la vida vegetal había sufrido una letal metamorfosis. Ya no exhalaban a la noche dióxido de carbono, sino el mortal monóxido de carbono, por lo que era imposible respirar, en horario nocturno, el poco aire que quedaba.

Nos fuimos acostumbrando a usar tubos de oxígeno comprimido, con mascarillas o directamente expelido al ambiente. Todos nos habituamos a andar reptando, respirando el oxígeno acumulado al ras del piso.

Yo solía acostarme sobre un colchón, intentando respirar lentamente y sin agitarme. Solamente abría los escasos tubos de oxígeno disponibles, cuando sentía que me estaba empezando a ahogar por la falta de aire respirable.

Jamás pensé que la situación empeoraría, pero las lluvias comenzaron.

Al principio fue una suave pero persistente  llovizna, que apenas parecía mojarnos. Pero continuó intensificándose, hasta convertirse en un diluvio constante, continuo, inacabable.

Miré el cielo gris desde la ventana de mi comedor. Los riachos de agua de lluvia bajaban por la calle. Alrededor de cada árbol o planta se formaban charcos barrosos, que estaban empezando a pudrir las raíces de toda especie vegetal.

Mis añosos abedules, que siempre soportaron bien la abundancia de agua, estaban perdiendo las hojas, carcomiéndose por dentro; todas las plantas que estaban en el exterior, comenzaron a morir.

Este fue el momento en que empezamos a traer las macetas con arbustos y cultivos diversos, al interior de las casas. Los informes nos indicaban que la mejor manera de mantener el nivel de oxígeno  era llenando nuestros hogares de vegetación. Afuera todo estaba secándose por el exceso de agua.

Llené mi casa con todos los recipientes y contenedores que pude con pequeñas o grandes plantas.

2

En poco tiempo cada hogar se parecía a una selva en miniatura, y aún así, el oxígeno era escaso. Todos nos acostumbramos a andar a gatas, con la nariz lo más cerca del suelo que podíamos. El piso era donde se concentraba el aire más respirable. Al anochecer debíamos usar el oxigeno envasado, aunque no toda la noche. No alcanzaba para tanto la cantidad que nos proveían. Cuando comenzábamos a sentirnos adormilados por el monóxido, nos apurábamos a usar las mascarillas. En pocos segundos, la mente se  aclaraba. Este era el mejor momento del día, salvo para los menos afortunados que se dormían sin volver a despertar.

En pocos meses, el simple hecho de levantarme, estirándome, me producía dolor.  Todos parecíamos torpes reptiles, demasiado grandes y largos para movernos con comodidad.

Lo más triste fue saber que ningún niño o bebé sobrevivía. Sus pequeños pulmones no resistían la escasez de aire. Comprendimos que el ser humano estaba condenado a extinguirse, ahogado.

En un gran esfuerzo físico, cerré con maderas el acceso al primer piso. Tapé todas las aberturas por donde pudiera escaparse el aire o entrar el agua de lluvia.

En esos días gasté todos mis ahorros comprando tubos de oxígeno. El ejército nos proveía de los recambios. Los militares venían provistos de máscaras y aire de reserva. Creo que eran los únicos que aún andaban caminando, erguidos sobre sus piernas. El resto del mundo se limitaba a arrastrarse, absorbiendo el aire que se condensaba a nivel del piso.

Vi con horror como mis articulaciones comenzaban a modificarse, producto de nuestro constante reptar en busca de aire respirable.

Miré por una rendija de mi ventana y vi la avenida Constitución, que siempre estaba  llena de autos y gente caminando. Hoy  era un mar de agua grisácea, producto de las plantas en descomposición. Y no solamente las plantas se pudrían en el agua; todos tirábamos a la calle lo que se había muerto, desde plantas hasta los animales de compañía que teníamos. Lo peor fue que también empezamos a tirar a las calles-ríos a las personas que fallecían. Nadie tenía fuerzas ni aire suficiente para hacer otra cosa.

Mi mente divagaba, producto de la falta de aire y del tiempo libre que teníamos a diario. Pensé en la India y los cocodrilos comiéndose a la gente en el río Ganges; pensé en la pestilencia que ya invadía todo.

—Ojalá acá hubiera cocodrilos— farfullé en voz alta. Y no me importó querer que todos los cadáveres desaparecieran. Aunque fueran los cocodrilos los que se encargasen de ellos.

Y lloré. Lloré por los que habían muerto, pero sobre todo por haberme perdido como persona. Iba a morirme siendo un ser insensible al dolor ajeno y sumido en una absoluta soledad.

3

El nivel de agua en la calle seguía subiendo y fue en vano intentar bloquear su entrada. Ya no podía ponerme de pie para clavar maderas, solamente podía arrastrarme, exhausto por el esfuerzo de moverme y respirar.

Los televisores ya no funcionaban, se habían quemado por la humedad que invadía todo nuestro mundo.

Yo atesoraba una pequeña radio a pilas que aún trasmitía. Dosificaba las horas en que la escuchaba, tratando de oír algo que pudiese ayudarme.

Había mensajes grabados que trasmitían siempre lo mismo; esos ya ni los oía.

El ejército empezó a venir cada vez menos, hasta que un día nadie vino a cambiar los tubos de oxígeno agotados. Al llegar la noche la desesperación me invadió.

El agua había mojado el colchón donde dormía y temblé de frío. El monóxido de carbono estaba adormilándome y mi último vestigio de cordura hizo que sonriera; al menos mi calvario terminaría pronto.

Extendí el brazo para prender la radio; necesitaba oír la voz humana, aunque fuera en una grabación. Jadeando por la falta de aire, alcancé a escuchar lo que en medio de mi agonía fue la noticia más increíble.

En Buenos Aires habían empezado a nacer bebés con aletas y branquias; se movían como pequeñas anguilas, retorciéndose, queriendo escapar de los barrotes de sus camas. Todos los que podían huir de sus cunas, reptaban hacia el agua.

Comencé a reírme a carcajadas, sin importarme si consumía más oxígeno.  La vida resurgía una vez más, abriéndose paso.

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