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Micaela, Tomás y Blas, los tres hermanos que perdieron a sus padres tras la última guerra, caminaban entre los escombros de lo que fue su ciudad.
Eran apenas unos niños y se juraron lealtad.
—Siempre juntos.
—Sí.
—Siempre. Y nunca confiemos en los adultos. Ellos destruyeron todo —añadió Blas.
Todos estuvieron de acuerdo.

Habían pasado tres días desde el cese del fuego. No se escuchaban ruidos pero aún la nube de polvo no se había asentado y el olor empeoraba. El aire se tornó irrespirable.

—Tenemos que irnos. Busquemos otro lugar —sugirió Tomás, con caminos de lágrimas secas en su cara sucia.
—Yo voy a dibujar un mapa por si alguna vez queremos regresar —dijo Micaela.
—Tengo hambre y me duele la cabeza —se quejó Blas.
Su hermano mayor lo abrazó.
—No pienses en eso ahora. Ya se me va a ocurrir una idea.

En los límites de su antiguo barrio encontraron un árbol de moras. No lo podían creer. A pesar de no contar con fuerzas corrieron hacia él. Sus manos y sus bocas pronto se tiñeron de púrpura.
Micaela dibujó un árbol y lo pintó de morado. Al pie del mismo anotó un número: tres. Las horas que calculaba habían tardado en llegar hasta el paraíso. Llevaba una mochila con sus útiles escolares.

Caminaron unas horas más sobre hierros retorcidos, montañas artificiales surgidas de los restos de edificios y vehículos. Sus ojos ya se habían acostumbrado a ver cadáveres por todos lados. Nada se movía.
—Tuvimos suerte. ¿Se dieron cuenta que no quedan muchos árboles? —observó Micaela.
—Es verdad.

La noche los sorprendió con el brillo de las dos lunas: la natural y la que había lanzado China unos años antes del inicio de la guerra. Las nubes oscuras se encandilaban con los rayos azules y blancos. Los truenos aterraban a los pequeños. Irrumpían en el silencio y les recordaban a otros ruidos estrepitosos e igual de incontrolables por su parte.

Dentro de un colectivo destartalado escucharon sonidos. Dieron unos pasos en esa dirección. Tomás iba delante de los otros. Empuñaba dos cuchillos que había sacado de su mochila.
—Llevalo a Blas lejos —le susurró a Micaela.
Se escuchaban voces. Tomás tosió y se maldijo. Evidentemente lo habían escuchado. Las personas del colectivo habían dejado de hablar. Por una ventanilla sin vidrio asomó los ojos un niño. También estaba asustado. Frunció el entrecejo y sus ojos rasgados se notaron como dos líneas.
—¿Quién es?, ¿qué busca? —desde el interior preguntó una mujer irritada de voz aguda.

Tomás se acercó. Se presentó primero con el chino. El niño no era mayor que su hermano. No le respondió el saludo pero no dejaba de mirar los cuchillos que todavía sujetaba. Cuando comprobó que con el pequeño solo había una mujer desarmada, guardó los cuchillos. Silvia, la mujer, estaba lastimada y apenas podía moverse: tenía un corte profundo en la pierna y si bien, ya no sangraba, se le había infectado la herida. Lo miraba con ojos vidriosos y temblaba ligeramente.
Tomás sacó una botellita de agua de su mochila y esperando que no se la acabase, le ofreció un poco. Después, mostrándose seguro le hizo una incisión muy cerca de la lastimadura cicatrizada solo parcialmente. Ella se desmayó. Tomás cortó una tira de su remera e improvisó un torniquete.
El chino comprendió que el muchacho solo quería ayudar. Pensaba muy bien las palabras. Cuando no sabía cómo se decía algo en castellano, usaba el mandarín. Se llamaba Kevin y había llegado a la Argentina con su familia huyendo de la guerra, hacía dos meses.
“Dos meses. La más destructiva de las guerras duró dos meses. Destruyeron todo por qué, para qué”, pensó Tomás.
Los chicos chocaron puños y el mayor salió a buscar a sus hermanos. Ellos a su vez habían conocido a Martina y a Valentín. Hablaban todos muy animadamente. Micaela y Blas sonreían por primera vez en mucho tiempo. Tomás les contó acerca de Silvia y de Kevin.
—No podemos dejarlos solos pero, la mujer está con mucha fiebre. No creo que pueda caminar —dijo Tomás—. Además, ¿cómo vamos a encontrar comida?, ¿dónde?
—Por el momento no tenemos que preocuparnos por eso —intervino Martina—. Yo tengo un montón de latas de conserva, paquetes de galletitas…
—¿Podemos comer? —preguntó Micaela ansiosa.
—Claro —respondió Martina y abrió dos paquetes de galletitas.
—Y yo tengo botellitas de agua y jugo —participó Valentín.
—¡Qué bien, chicos, están muy bien preparados! —los felicitó Tomás y volvió a agarrar otra “Vocación”.
—Pará, ¿cuántas comiste? —preguntó Blas.
Su hermano mayor lo miró con fastidio. Y cambió de tema.
—Chicos, no sabemos cuántos adultos sobrevivieron pero no vamos a dejarnos dominar. Decidiremos qué es lo mejor para nosotros mismos y para nuestra casa.
—¿Qué casa? —preguntó Valentín con lágrimas en los ojos.
—El planeta, Valen —aclaró Martina.
Esa noche pernoctaron en el colectivo. Martina y Valentín miraban recelosos a Kevin.
—En su país empezó todo —murmuraban.
—Es un chico que perdió a sus padres igual que nosotros. No es el enemigo.
—Es de otro país.
—No existen más países.

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