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Quise preguntar a la noche porque lloraba. Entre la niebla que cegaba sus ojos, me confesó que le asustaba la oscuridad.
Pero tienes aliadas que te dan luz, le contesté.
Las estrellas iluminan tus rincones escondidos. Y la luna besa tu rostro cuando está llena.
Después, miles de luces artificiales consienten que nada escape a tu mirada.
¿No crees noche, que eres un poco egoísta?
De repente mi cuerpo sintió un escalofrío y un manto de soledad arropó mis pensamientos.
¡Quítame esto grité! ¡No quiero sentir está agonía!
Ella, lleno mi mente de ternura al tiempo que dijo… Ves, ¡a esa oscuridad me refería!
Cerré los ojos y abrace a la  noche.

Carmen Escribano.