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Afina las cuerdas. Da vuelta a la clavija. Una nota, disonante aún. Otra vuelta. El chirrido de la cuerda ante la tortura del metal que gira… Otra nota: un A asentado; perfecto para comenzar el resto del proceso. El profesor de violonchelo afina lo que considera la puerta desde cuyo dintel su don se aleja de la indiferencia que tanto detesta.
Afina. Da vueltas. Algo en su mente gira con las clavijas. Su mente; más que sólo su mano, su mente es la que gira delicadamente esas clavijas para extraer el sonido puro, el adecuado.
Entonces esa fuerza sutil ejercida sobre dos puntos exactos, simétricos; esa mecánica hace que la mente del profesor se detenga un instante. Clavija y pensamiento detienen sus giros. El profesor recuerda. Una repentina humedad surge de sus dedos índice y pulgar. La piel en la punta de esos dedos sabe perfectamente cómo fue estar dentro… Busca la melancolía de una realidad que nunca iguala el recuerdo.
Afina. Da vueltas. En tanto, el recuerdo continúa. La nota siguiente trasciende la coincidencia y le roba una sonrisa al prodigioso maestro: un si. De pronto, ella es el instrumento. Los dedos del profesor parecen afinar ahora las cuerdas vocales desde el vientre de Maxine. Ella entona un B con tal melodía que ningún armónico la reta. El recuerdo es el instante entonces. Maxine se yergue y se recuesta al ritmo que marcan los dedos del profesor. Es como una onda cuyas crestas enmarcan el placer de esa frecuencia.
Maxine, átona, mira a su amante melódico. Se detiene. Toma su mano. Lo detiene dentro. Quiere decir algo, pero el recuerdo es, de nuevo, nítido al abrir la boca. Su voz parece un C lánguido; un C no pulido. Maxine es el instrumento: un ser entre dos instantes que mantiene la mano del profesor en ese punto justo donde el hombre cree afinarla para su placer. En realidad, la prepara para un siguiente recital, para el público que escuchará a Max gemir sus notas, habitada por el recuerdo de una clase que no parece terminar. Aún.