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Lucy pretendió jugar con él desde que entró en la habitación. Pasó un dedo por sus mejillas, le acarició el pecho, tomó su corbata y lo acercó a la cama. Le quitó la ropa, insinuante, hasta dejarlo con un slip. Le dio un empujoncito y lo sentó sobre el lecho. Tomó la mano diestra del visitante y la pasó por su propia entrepierna, donde los genitales masculinos disentían con el resto de su cuerpo. Jugueteó hasta la firmeza, entonces la soltó y retrocedió, alejándose de la cama.
Tirando besos al aire, Lucy se sentó en la silla de esterilla; cruzó las piernas, consciente de que la minifalda se había subido. El hombre reaccionó; ella notó la fiebre en sus ojos, la impaciencia en las manos mientras se erguía.
Lucy cerró los ojos para profundizar el placer de la espera. Oyó los pasos del hombre acercándose, sintió que sus rodillas caían sobre la madera. Esperó el contacto, pero cuando llegó, quedó confusa. Abrió sus párpados; había quedado descalza y el hombre se colocaba, de prisa, sus zapatos de tacón.