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Uno de los grandes referentes de la literatura erótica clásica es, sin duda, George Bataille. Su obra «Historia del ojo», es considerada como la obra maestra de este género literario, aunque muchos hayan llegado a decir de ella que es incluso mediocre. De hecho, toda la obra de Bataille, en general, ha sido objeto de fuertes críticas por su carácter polémico, siendo considerado desde un místico hasta un obseso. De lo que no cabe duda es de que es uno de los más grandes escritores del siglo, en palabras de Michel Foucault.

Entre los años 1928 y 1966 se desarrolla toda su obra literaria, siendo autor de las novelas eróticas «Historia del ojo», «El azul del cielo», «Madame Edwarda», «El cura C», «Mi madre» y de la antología poética «L’Archangelique». Completa su obra con numerosos ensayos y textos políticos.

«Historia del ojo» data del año 1928 y puede decirse que fue su obra más transgresora. En ella se combina la espectacular prosa surrealista de Bataille con el erotismo más repulsivo, rozando lo pornográfico, una combinación explosiva. Bataille siempre relacionó el erotismo con la muerte, como castigo seguro del pecado máximo, relación que se encuentra presente a lo largo de la obra.

A continuación os dejo con una muestra de dicha obra.

I-EL OJO DEL GATO

Crecí muy solo y desde que tengo memoria sentí angustia frente a todo lo sexual. Tenía cerca de 16 años cuando en la playa de X encontré a una joven de mi edad, Simone. Nuestras relaciones se precipitaron porque nuestras familias guardaban un parentesco lejano. Tres días después de habernos conocido, Simone y yo nos encontramos solos en su quinta. Vestía un delantal negro con cuello blanco almidonado. Comencé a advertir que compartía conmigo la ansiedad que me producía verla, ansiedad mucho mayor ese día porque intuía que se encontraba completamente desnuda bajo su delantal.

Llevaba medias de seda negra que le subían por encima de las rodillas; pero aún no había podido verle el culo (este nombre que Simone y yo empleamos siempre, es para mí el más hermoso de los nombres del sexo). Tenía la impresión de que si apartaba ligeramente su delantal por atrás, vería sus partes impúdicas sin ningún reparo. En el rincón de un corredor había un plato con leche para el gato: “Los platos están hechos para sentarse”, me dijo Simone. “¿Apuestas a que me siento en el plato?”. “Apuesto a que no te atreves”, le respondí, casi sin aliento.

Hacia muchísimo calor. Simone colocó el plato sobre un pequeño banco, se instaló delante de mí y, sin separar sus ojos de los míos, se sentó sobre él sin que yo pudiera ver cómo empapaba sus nalgas ardientes en la leche fresca. Me quedé delante de ella, inmóvil; la sangre subía a mi cabeza y mientras ella fijaba la vista en mi verga que, erecta, distendía mis pantalones, yo temblaba.

Me acosté a sus pies sin que ella se moviese y por primera vez vi su carne “rosa y negra” que se refrescaba en la leche blanca. Permanecimos largo tiempo sin movernos, tan conmovidos el uno como el otro. De repente se levantó y vi escurrir la leche a lo largo de sus piernas, sobre las medias. Se enjugó con un pañuelo, pausadamente, dejando alzado el pie, apoyado en el banco, por encima de mi cabeza y yo me froté vigorosamente la verga sobre la ropa, agitándome amorosamente por el suelo. El orgasmo nos llegó casi en el mismo instante sin que nos hubiésemos tocado; pero cuando su madre regresó, aproveché, mientras yo permanecía sentado y ella se echaba tiernamente en sus brazos, para levantarle por atrás el delantal sin que nadie lo notase y poner mi mano en su culo, entre sus dos ardientes muslos. Regresé corriendo a mi casa, ávido de masturbarme de nuevo; y al día siguiente por la noche estaba tan ojeroso que Simone, después de haberme contemplado largo rato, escondió la cabeza en mi espalda y me dijo seriamente “no quiero que te masturbes sin mí”.

Así empezaron entre la jovencita y yo relaciones tan cercanas y tan obligatorias que nos era casi imposible pasar una semana sin vernos. Y sin embargo, apenas hablábamos de ello […].