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Desde su último y pasional encuentro en aquel parque, aquella noche… ninguno de los dos había dejado de pensar en cuándo podría volver a ser su próxima y secreta cita. Lo hablaban, pero no podían llegar a concretar nada porque él, por mucho deseo que tuviera de volver a verla, tenía que seguir pensando en cuidar de su hijo pequeño mientras su mujer trabajaba y era ajena a todo aquello. Tendría que seguir siéndolo, nada tenía que hacer presentir a esa mujer trabajadora y gran madre que en la vida de su marido hay otra mujer que desfoga sus deseos más carnales y prohibidos.
Pues llegó un miércoles en una semana llena de trabajo para ambos en el que parecía ser el momento idóneo para que los amantes volvieran a encontrarse, volverían a repetir esas madrugadas en las que, antes de llegar al trabajo, en la cama de ella se mezclarían los gemidos de placer, la lencería negra y todo aquello que era parte de la escenografía de sus encuentros.
Un mensaje en el móvil que indicaba que ya se había puesto en camino a su casa y ella tomaba su café, deseando volver a ser nuevamente, entregarse a él. Cogió unas medias finas y de color negro, con unas aberturas que dejaban ver mucho más de lo que en principio la imaginación piensa, sin nada en la parte de arriba. Abrió la puerta discretamente y pasó hacia dentro de la casa, comenzaron los besos, caricias y ella comenzó a despojarle de su ropa. Lentamente sus cuerpos de dejaban caer en la cama, diversas posturas se entrelazaban en esa cama, sus caras de placer, los gemidos y el erotismo de ella, las frases que incendiaban aún más la madrugada….. juntos llegando al clímax perfecto, a la sonrisa perpetua y relajada de ese día. Se miraron, se vistieron rápidamente como otras veces mirando el reloj, cogieron carretera a su destino. Se miraron, se volvieron a besar y se dijeron adiós.