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No se pueden retener los buenos momentos. Hacerse mayor implica admitir realidades. La vida es cruel y nos proporciona instantes en los que querríamos quedarnos a vivir para siempre, pero el tiempo nos lo quita todo. Nos expolia con lenta delectación hasta dejarnos indefensos y desnudos. Sin padres, sin infancia, sin amor, sin canción, sin sorpresas, sin amigos, sin salud, sin fuerza, sin fe, sin confianza, sin vida. Algunos dicen que a ellos no les pasará eso. Bien, estoy dispuesto a discutirlo en otro momento. Pero la verdad se resume en que atrapamos cosas que se convierten en nada. Agarramos nuestros trapos y nos los arranca el tiempo a tirones o simplemente los convierte en polvo para llenar el gran reloj de arena que nadie ha logrado invertir, el que siempre mide la existencia dejando que todos los granos se acumulen engullidos en un depósito llamado “antes”

Especialmente los instantes de felicidad, no podemos retenerlos, ni parar los relojes. He dejado de pensar en el pasado. Me he independizado de él. Hay que emanciparse. El pasado es como un buen padre, al que le debes todo, pero no le debes nada. Ni es posible devolvérselo, ni quiere que lo hagas. De los grandes instantes significativos pretéritos sólo me queda el respeto. Conservo el respeto. Quizás escribir como cualquier otra actividad artística, sea rendir homenaje al asombro, al descubrimiento, a esa sensación momentánea de sabiduría que se nos escapa como el resplandor de un fósforo. Yo respeto esos momentos de felicidad, con significado. Me abstengo de comportarme de modo desconsiderado con lo que un día sentí con intensidad. No lo pisoteo. No lo deshonro. Si no sabes lo que significa respetar esos minutos grandiosos, acaso no los has vivido, o quizás no respetas tampoco tu vida, y la profanas, la desbaratas. Porque esos instantes son toda tu vida.

He grabado en mi memoria una fragancia, una sombra y una luz, una mirada, junto a unas tablas, una canción y una sonrisa. Colecciono estos tesoros, sin añorar nada. Sé que son irrepetibles. Pero los admiro porque fueron puros o porque yo creí que lo eran. Son figuras de cristal del bueno en la vitrina de los momentos ya acaecidos. Son símbolos, y mantienen su significado. Perdida la fe, toda la fe, la fe en todo, seguiré mirando con devoción tanto las cruces como los atardeceres.

Siempre.

Enrique Brossa

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Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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