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Las luces de los patrulleros y sus insistentes sirenas nos impulsaron a salir a la vereda, la curiosidad morbosa pudo más que la cautela. El frío de esa noche invernal nos calaba los huesos y una pertinaz llovizna nos empapaba. Estábamos ataviados de las maneras más insólitas, vestidos a las corridas para no perdernos detalle.
Mario y Pili, los que viven en el departamento 6 G, compartían una frazada a modo de abrigo. Lucas, mi vecino, estaba en pijama y con una bata de mujer encima. Miré mi camisón blanco que sobresalía debajo de la campera de mi papá. No sé por qué todos salimos tan apurados si ya muchos intuíamos lo que había pasado.

Habían encontrado a otra mujer muerta.

El barrio ya no era lo que había sido. Lejos habían quedado los tiempos de buena vecindad y amistades de años. El temor por la reciente ola de asesinatos de mujeres jóvenes había instalado el resquemor en la mirada de muchos.
Me acerqué al bulto parcialmente cubierto por unas bolsas de plástico negras. No me arrimé demasiado. A mí esas cosas me impresionaban un poco. No me gustaba ver sangre ni cuando voy al cine; mucho menos verla en directo.
La policía diligentemente ordenó, tomó notas, sacó fotografías, puso marcas numeradas en el piso.

Y fue entonces que la vi. Era Marisa, la que fue conmigo a la primaria. Reconocí sus rulos rubios y el lunar que tenía en la mejilla.
— ¡Vamos! Circulen. Déjennos trabajar tranquilos. Acá no hay nada para ver—dijo el policía alto, el que parecía estar al mando.
La llovizna dio paso a una lluvia intensa y el viento helado hizo que me subiese el cierre del abrigo de mi papá y me cubriera la cabeza con la capucha.
Alcancé a ver cuando subieron el cuerpo de mi amiga a la ambulancia. Su mano cayó hacia un lado y vi que ella tenía el dedo índice amputado. Igual que las otras; la marca del «asesino de los dedos».
Me quedo de pie, en medio de la calle, viendo irse a los patrulleros y a la ambulancia. Lágrimas tibias cayeron por mis mejillas. Lloré por mi amiga asesinada, lloré por los recuerdos compartidos y por sobre todo, lloré de alivio por no haber sido yo.

El gélido aire me hizo tiritar; soplé mis manos intentando calentarlas con mi aliento. Imposible, estaban endurecidas por el frío y la tensión por lo visto y vivido esa noche. Metí mis manos en los bolsillos del abrigo, queriendo recuperar la sensibilidad de mis dedos ateridos.
Toqué algo que hizo que retire mis manos de adentro. Un dedo cortado manchó de sangre mi mano y lo dejé caer al piso, horrorizada.
Miré hacia mi casa y allí estaba mi padre, apoyado contra el marco de la puerta, fumando un cigarrillo y sonriéndome.
Un grito me desgarró la garganta y seguí gritando hasta que Pili, mi vecina, me llevó a su casa.
Jamás volví a entrar en la mía.