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Por fin descansa en paz. Al menos eso suele decirse. Nadie tiene idea de lo que pasa después de muerto. Pero en el caso de mi tío Néstor, así debe ser. Acabamos de regresar del crematorio y mis primas han colocado la urna sobre la chimenea. Están demacradas, desconsoladas. Nunca se casaron.

Mi tío tuvo tres hijos: dos mujeres y un hombre. El varón dejó la casa paterna desde muy joven; ellas permanecieron solteras como hijas de familia. Yo siempre estuve muy cerca porque era la sobrina consentida del tío Néstor.

─ Así que  te casas prima ─ me dijo Nélida, la más joven.  Yo que tú, lo pensaba dos veces.

─Pues ya lo pensé mucho –contesté sin ánimo de seguir hablando del tema.

Nélida se jactaba de que jamás accedería a ser usada o maltratada por un hombre. Hablaba con un tono de enojo, que hacía pensar que eso era lo que más deseaba. En cambio Marisa, la hermana mayor, no ocultaba su frustración por no ser madre. Ninguna fue agraciada por la naturaleza, pero ése no había sido el impedimento para casarse; sí, el temor de una y la timidez de la otra. En ambos casos, resguardarse entre cuatro paredes había sido su mejor opción.

Al enviudar mi tío, mis primas se hicieron cargo de la casa; se dividían el trabajo doméstico para lograr tener un espacio siempre resplandeciente y conseguir que su padre tuviera los más ricos manjares. Era una delicia cualquier alimento por sencillo que fuera. Sus vidas se concentraron en el día a día de la pequeña familia.

Con el paso del tiempo y la ausencia de su esposa, el tío Néstor se fue deteriorando:

  • ¿Cómo estás tío?
  • Me siento cansado. Cada día veo menos. Ya no puedo leer como antes y menos hacer mis traducciones del latín, pero qué le vamos a hacer. Es la edad hija ─hablaba con un dejo de tristeza.

Nélida y Marisa agregaron al quehacer cotidiano la atención al padre. Hacían todo por evitarle esfuerzos, lo mimaban y consentían como si fuera un pequeño.

  • ¿Qué quieres comer hoy papá? Mira te hicimos el mouse que tanto te gusta –preguntaba Marisa.
  • No te levantes, ya te traemos el desayuno a la cama. Aquí te dejo el periódico y el libro que estabas leyendo. ¿Quieres que yo te lea? ─le decía Nélida.

Cada día se repetía la misma historia. El tío Néstor languidecía. Después de la vista, siguieron las articulaciones, la presión arterial y el corazón. Nélida y Marisa llevaban un control preciso de cada píldora, gragea o comprimido que debía tomar. Fueron años de bitácoras seguidas al pie de la letra y visitas a diferentes especialistas para conservar la vida de mi tío.

Conforme la salud del padre iba mermando, mis primas se afanaban más.

  • ¡Ay, prima! Si vieras que mal está mi papá. Por más que lo cuidamos no mejora –me dijo Nélida.
  • ¿No será que ya está cansado?
  • No digas eso. Él es un hombre fuerte. Tiene mucho por hacer todavía –replicó Marisa con timidez.

La realidad mostraba otra situación. El desaliento del tío era evidente. Cada vez comía menos y le costaba más hacer cualquier actividad. Había terminado por quedarse en su alcoba, recostado o sentado, viendo hacia la ventana con una mirada indescifrable. En cambio mis primas se afanaban más, como si hacer algo extra por su padre diera otro sentido a su vida; habían pedido ayuda del hermano porque no podían llevarlo en brazos al baño.

Llegó el momento en que mis primas comenzaron a quejarse de que su padre sólo contestaba con monosílabos. Por las noches a veces deliraba. Nélida me confesó que sentía miedo, el tío balbuceaba en latín.

Pasados unos meses, el cuerpo del tío Néstor parecía el de un adolescente flaco y demacrado. A veces no me reconocía y cuando lo hacía, me decía que no toleraba su estado avejentado e inútil. Un día cayó en coma. Mis primas intentaron llevarlo al hospital, pero mi primo se negó a hacerlo:

─Véanlo. Él no hubiera querido mantenerse vivo por mangueras y aparatos. ¡Quiere morir!

−No lo digas ─replicó Marisa. A duras penas, mi primo consiguió que le hicieran caso. Nélida y Marisa sollozaban  a escondidas.

Néstor duró unos cuantos días. Cuando murió, su rostro de niño presentaba una sonrisa apenas perceptible. Mis primas han enfermado.

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Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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