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—Me dijeron que quiere vender la casa, señor Raúl —dijo un hombre de traje, parado en la entrada de la casona construída en el siglo XIX, mientras se quitaba los anteojos de sol.
Un señor mayor se había levantado con dificultad del sillón al oír el timbre y lentamente se había acercado a la puerta. Caminaba apoyando todo su peso sobre el andador. No esperaba a nadie. Hacía años que no escuchaba ese sonido chillón y ahora lo había sentido dos veces en menos de cinco minutos.
—Va —gritó el viejo.
Las bisagras chirriaron al abrirse la puerta. La claridad del día dibujó un rectángulo en el piso del recibidor. El brillo de las maderas había desaparecido hacía mucho tiempo.
Las palabras del recién llegado llamaron la atención del anciano pero, en especial, su nombre siendo pronunciado por el extraño. Lo dejó pasar.
El joven curioseó a su antojo durante todo el tiempo que le llevó a Raúl llegar hasta el living. La luz del exterior se filtraba a través de los postigos cerrados de las ventanas. El volumen del televisor era demasiado elevado. El viejo se dejó caer en el sofá y apagó el aparato con el control remoto.
—¿Cómo sabe mi nombre? ¿Quién le dijo que quería vender mi casa?
—Es mi negocio saber esas cosas. No se preocupe. Tenga —le extendió un cheque en blanco y una lapicera—. Ponga la cifra que quiera.
—Pero esta es mi vida.
—¿Usted no quisiera viajar, conocer a una bella dama que le haga revivir sus días de galán?
—Mis hijos y mi mujer están acá —dijo ignorando la pregunta—. Ellos me buscan. Lo sé. Los oigo por las noches. Ellos se tropiezan con todo y eso que yo no cambio los muebles de lugar y les dejo una vela encendida en la ventana de mi cuarto.
—Ellos no tienen que quedarse por más tiempo. Ya no pertenecen a este mundo. Debe dejarlos descansar.
Al viejo se le llenaron los ojos de lágrimas. Recordaba perfectamente las tres tumbas que cavó en el jardín la noche que los encontró desangrados allí mismo, en el living.
Había sido una especie de ritual satánico. Él lo sabía porque había investigado varios casos similares por aquella época. Uno de ellos había apuñalado a los otros para luego, suicidarse.
—Ellos no van a descansar en paz. Nunca —dijo Raúl.
—Es cierto. Pero ya es hora de que vengan conmigo —respondió el diablo.

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Luciana Elsa Bonzo Suárez

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