Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

 

 

—No cuelgues —murmuró una voz aguda.
Eran las 03 de la mañana y hacía rato que intentaba dormir pero no lo conseguía. Estaba de mal humor.
—¿Quién demonios…
Una risa macabra me heló la sangre.
—Llegó tu hora.
Encendí las luces y caminé hacia la cocina con el teléfono en la mano. Sentía la respiración en mi oído y mi corazón latia como imitando el tic tac del reloj de una bomba a punto de estallar. “¿Quién es? ¿Qué quiere? ¿Por qué la escuchó?”
—¡No me parece gracioso! —protesté.
—Morir no es divertido.
El té que me preparé tenía un gusto almendrado. Lejos de relajarme me asustó más. Mi garganta se cerró. No podía respirar. Mis brazos se agitaban sin control. De pronto, toqué una pierna desnuda al lado mío. Abrí los ojos. Estaba en mi cama y a mi lado se hallaba una anciana de piel tan blanca y tan fría como el mármol. Me miraba y sonreía.
—¿Disfrutaste el té?