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La muerte se sentó en el tejado de la iglesia. Estaba exhausta, había sido un día de gran actividad. El mundo se ponía cada día más complicado, la gente estaba loca de remate, -se dijo-, y se rascó con la uña larga de su dedo índice la cuenca vacía de su ojo derecho.
Antes iba de una guerra a otra, pero era trabajo del grande, todo concentrado en un solo lugar. Además, coronado de gloria, con una carga épica que hacía que su trabajo fuera largamente reconocido. Estadísticas de muertos y heridos que la llenaban de verdadero orgullo fúnebre.
En fin, los tiempos cambian y el de ahora exigía estar de pronto en una escuela, con algún imberbe inconciente disparando en un aula; después en una riña familiar, donde quemar al otro se había convertido en un exhibicionismo cruento y porqué no decirlo, de muy bajo costo. Gente enloquecida al volante de algún vehículo que quebraba todas las reglas de tránsito, algún drogón matando a mansalva por uno de esos pequeños aparatitos celulares, convertidos en verdaderas plagas adictivas.
Se recostó de largo a largo sobre el tejado. «Cosa doméstica», pensó, molesta. Si bien todo el mundo la asociaba con algo oscuro y tenebroso, ella era parte de la vida y le gustaba de tanto en tanto tomarse un respiro y disfrutar del sol.
Decidió afilar su guadaña, quería estar bien preparada para el próximo trabajo.
La afiló cuidadosamente un largo rato, el corte del hilo de la vida debía ser rápido y certero. Odiaba las largas agonías sentada en algún hospital escuchando lamentos, llantos y , encima, hablando siempre mal de ella, maldiciéndola, criticándola ¡A veces no sabía de dónde sacaba tanta paciencia! ¿Para qué todo ese rollo, si de todos modos ella los iba a tomar suavemente de la mano y los ayudaría a cruzar el túnel?
Apoyó la larga guadaña sobre la pared del campanario. Ese era su lugar favorito. Al menos en la iglesia, su presencia se tomaba como «algo que quiso el Señor».
Nunca había tenido el gusto de conocerlos. Ni al Señor de los cielos ni al temido Señor del infierno. No se metía en cuestiones políticas. Lo de ella era pragmatismo puro.
Se sintió el repicar de las campanas que daban las doce del medio día. Todo el edificio tembló con el metálico sonido que difundió por el aire su conocida melodía. La guadaña no soportó la vibración y resbaló sobre el tejado, ante la opaca mirada de la parca, que llevó sus huesudas manos a la cabeza cuando vio con estupor, como un hilo se cortaba accidentalmente. ¡Maldición, que descuido! – murmuró- Un error que estropea mi estadística. Flotando, se bajó del tejado.
El señor Ayala, salió de su oficina en el Juzgado en lo Civil y Comercial a las doce en punto como todos los días. Traje gris, zona del trasero y codos brillosos por el uso, camisa blanca, corbata negra, señal de que no estaba aún después de dos años preparado a dejar el luto por mamá y papá. Vencido de espaldas, dos o tres carpetas bajo el brazo. Se tomaría los veinte minutos reglamentarios en el bar Anselmo, para saborear su sanguchito de jamón y queso y su café en taza grande sentado en la punta izquierda de la barra. Revisaría esos expedientes para adelantar tarea.
La calle Miraflores corría de derecha a izquierda y ,como el señor Ayala era muy respetuoso de las normas, miró hacia la derecha y solo a la derecha antes de cruzarla.
La moto apareció zigzagueando por la izquierda con la intención de subir a la vereda y zambullirse en el portón de acceso al taller mecánico ¿Para qué dar toda la vuelta manzana por unos insignificantes veinte metros? El golpe fue brutal. La moto derrapó sobre el pavimento sin otra consecuencia que algunos raspones para el motoquero. El señor Ayala voló por el aire para después, en caída a pique, estrellarse unos diez metros más adelante. Quedó como cayó, muerto, absolutamente muerto.
La muerte lo observó detenidamente. No cabían dudas que la guadaña había quedado perfectamente afilada. La práctica del uso le había permitido perfeccionar la técnica. En una oportunidad un fabricante de cuchillos le había ofrecido una guadaña serruchito «únicas en el mercado y de filo eterno», le había dicho el desgraciado, para que no lo llevara con ella. ¡Qué descaro, si seguían las cosas así ¿dónde iban a quedar las tradiciones?!
Con un soplo de aliento helado llamó a su secretario. El cuervo lo había visto todo desde lo alto del campanario, así que bajó diligente ante el llamado de la jefa.
– Este es un caso especial de negligencia- especificó el ave.
– No necesito que me lo recuerdes pajarraco, solo hacé tu trabajo.
– Bueno, hay que preparar la valija con el historial.
– Yo hago las preguntas. Primero lo primero, ¿nombre y apellido?
– Norberto Ayala, cincuenta años.
– No es por criticar- dijo la muerte sentándose cómodamente en la columna de la luz-, parece mas viejo ¿Ocupaciones en su vida?
– Treinta y dos años de oficinista.
– ¿Haciendo?
– Revisando y clasificando expedientes ¡Para morirse!- comentó el cuervo.
– ¡Muy gracioso!- respondió la parca. Esto debe ser lo mas divertido que ha hecho en su vida – se rió y hundió sus manos en el vacío de su estómago -¿Estado civil?
– Soltero
– ¿Novias, amores, amantes?
– Nones- dijo resignado el cuervo.
– ¿Nada de nada? ¡Qué horror! Pensar que hay gente que me sigue por amor…
– Bueno, hubo una tal Etelinda, pero se cansó de esperarlo.
– ¿Y cuánto tiempo lo esperó?- preguntó, mientras sacudía una pelusa blanca que discontinuaba el negro de su vestido.
– Veinticinco años.
– ¡Veinticinco años! Si me hubiese dejado plantada de ese modo lo hubiese matado – comentó la muerte.
– Bueno, es lo que ha hecho Jefa, ¿no?
– Fue un accidente, cansancio del momento – se justificó mientras se sentaba en el techo de la ambulancia.
– ¡Que cantidad de gente se ha acercado Jefa!, hasta policías y médicos se han llegado hasta aquí.
– ¿Acaso alguna vez dudaste de mi poder de convocatoria? De todos modos no me gusta el exhibicionismo. Eso, se lo dejo al periodismo que se lo pasa ensalzándome a cada rato.
– Nunca Jefa, nunca. Me animo a decir que hasta le temen.
– No hay dudas, la mayoría me teme. ¿No estarán exagerando?
– No creo Jefa, la gente sabe que usted tiene las manos manchadas de sangre.
– Bueno, prefiero eso a tenerlas manchadas de tinta, como nuestro Norberto Ayala.
– Si me disculpa Jefa, es un chiste de humor negro.
– ¡Bah!, cerrá el pico pajarraco ¿Creencias religiosas, políticas, persecuciones, actos de discriminación a su persona?
– Tipo parejo este Ayala, siempre en el mismo lugar en el mismo escritorio, en dictaduras y en democracias.
– ¿Hobbys, pasiones, intereses?- preguntó mientras se mezclaba entre la multitud.
– Dos veces al año se confiesa
– ¿Tiene acaso algo para confesar?- dijo, acomodándose la amplia capucha de su traje.
– De tanto en tanto algún pensamiento pecaminoso, Jefa.
– Sí, seguro, el Pato Donald besando a Daisy- dijo divertida la muerte.
– Algo es algo Jefa. ¡Ah!, le gusta pararse en la puerta de su casa para ver pasar la gente.
– Para ver pasar la vida – ironizó la parca mientras se sentaba en la cornisa del Juzgado.
– ¿Amigos, conocidos preferidos?
– Nadie en especial, una vez al mes va a la plaza para participar de una competencia de TA TE TI.
– ¡Suerte para mi!- gritó y se bajó de la cornisa.
– ¿Suficiente Jefa?
– Si, nunca había hablado tanto tiempo de nada.
– ¿Cielo o Infierno?- preguntó el cuervo
– Mmmm, Cielo, no quiero que el tribunal encuentre algo para recriminar mi negligencia. Lo peor sería caer en manos de abogados. ¡Son la muerte!
El cuervo voló y entregó a Norberto Ayala, que esperaba pacientemente detrás del escritorio donde había trabajado durante treinta y dos años, el pase para abordar el mas allá y la valija. Alzó vuelo graznando para alcanzar a su Jefa.
Ayala estaba contento, era el primer viaje que hacía en su vida. El ángel lo recibió en la puerta del paraíso.
– ¿Su pase?
El señor Ayala lo entregó, cumplimentando las normas.
– ¡Otra vez se le cayó la guadaña! ¡Qué cara rota! Ahora a la negligencia y mala praxis, la llama descuido-pensó el ángel, mientras leía la palabra descuido.
– Su valija por favor- exigió el noble portero.
Ayala la entregó colocándola sobre una pequeña nube.
El ángel soltó los dos cerrojos, abrió la valija y con sorpresa comprobó que estaba vacía.

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