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Juan abrió la ventana de su habitación como todas las mañanas.
Después del aseo personal, bajó a la primera planta y se preparó un aromático café.
Era su día de descanso y pensó en pasear con su más fiel amigo…su perro Tuco.
Arreciaba un viento norte, que junto a la humedad del día, prometía un frío de aúpa.
Tuco era un gran danés, aún cachorro. De pelo claro y nervioso por su juventud, corría como una gacela y con un olfato tan desarrollado, que a Juan más de una vez lo había puesto en compromiso.
Por eso le ató con la correa. No quería estar llamándole a cada momento.
El entorno donde se ubicaba la casa era precioso.
Un valle verde rodeado de bosque y montaña, y donde solo otra casa habitada frente a la suya, acompañaba al paisaje.
Entre ambas la distancia era considerable, pero visible perfectamente al ojo humano.
En ella vivía un matrimonio mayor, no muy sociable, y con los que apenas había cruzado cuatro palabras.
A Juan le parecía una pareja huraña y rara.
—Tuco, ven aquí —gritó, cuando este echó a correr, dejando a su dueño con la correa en la mano.
El animal fue directo hacia la casa de los vecinos y, de un salto, se aposentó en el sobresaliente de la ventana. Una ventana distinta en color y forma, a las otras tres restantes.
La casa estaba construida toda ella de madera, con ventanas ovaladas y de la misma tonalidad. Pero esta era cuadrada, de color azul oscuro y la última empezando por la derecha.
A Juan, que apenas llevaba viviendo allí dos meses, le llamó poderosamente la atención desde el primer día.
«¿Porque sería distinta?», pensaba. Pero dada la rareza de aquella pareja, su curiosidad tampoco es que le interesase mucho saciarla.
Tuco olisqueaba justo en el momento que salió el señor, con una escopeta de caza en posición de disparar.
—Espere— dijo Juan, que llegaba en ese momento después de correr todo lo que pudo. El vecino con cara de pocos amigos, levantó el arma.
— ¡Como vuelva a ver a este perro subido en la ventana, juro que le atravieso las tripas!
—Lo siento, no volverá a suceder… perdone pero…—Juan se quedo con la palabra en la boca, y la puerta en las narices.
Volvió atar a Tuco y se marchó ciertamente enfadado.
—¡Será zafio! ¿Qué habrá en esa maldita ventana? —murmuró.
Desde ese día, le entró el gusanillo de saber qué se escondía tras ella.
Se propuso averiguarlo cualquier día en la madrugada. Cuándo se acostaran.
Sobre las once de la noche las luces quedaban apagadas y suponía que a esas horas se iban a descansar. Habían pasado dos semanas desde el incidente. Todas las noches a Juan le gustaba leer en cama hasta la madrugada. Era su debilidad desde la juventud.
Eran las doce treinta de la madrugada; llevaba oyendo durante días ruidos extraños provenientes de aquella maldita casa.
Tuco, que dormía a los pies de su dueño, se levantaba y ladraba. Más de dos días había tenido que ponerle el bozal, para evitar encontronazos.
Aquella noche sucedió lo mismo. Después de cerrar la boca de Tuco, lo ató con una cadena en el sótano. Volvió a subir, se vistió, y cogió una linterna. Se dijo que era el momento de averiguar que estaba sucediendo.
En la sombra de la noche, con una luna creciente, creyó poder moverse sin ser visto.
El avance fue lento y sigiloso. No podía ser descubierto, su vida corría peligro. Tenía muy presente que el anciano disponía de un arma.
Al llegar justo a la ventana, casi agachado, primero pensó mirar sin encender la linterna. Pero estaba demasiado oscuro y no le quedó más remedio que ponerla en marcha.
Reguló la intensidad, para que no alumbrara en exceso evitando ser visto.
Lo que vio a través de aquella ventana dejó a Juan paralizado.
No podía dar crédito, a todo aquello. Era imposible asimilar tanto horror.
Una amplia habitación era toda piscina. En su interior, varios cadáveres desmembrados flotaban entre bloques de hielo.
Al lado del borde de esta, el viejo estaba con una sierra manual diseccionando un nuevo cadáver, del que aún manaba sangre fresca y que recogía en un pequeño recipiente del que bebía plácidamente.
A Juan se le revolvió el estómago y el vómito llegó a su boca. Se agachó para expulsarlo, y justo en ese instante, noto el frío del cañón de la escopeta en su cabeza.
Se volvió lentamente con la linterna aún encendida y la luz de esta, dirigida hacia arriba, iluminó los rostros de ambos ancianos con la boca abierta. De ella colgaban grandes colmillos, idénticos a los de los vampiros que tantas veces había visto en las películas de terror.
Los ojos eran negros como la noche, espantosamente terroríficos.
Observó cómo se acercaban a su cuello y el corazón le empezó a latir a cien por hora.
— Stop, la toma ha valido. El rodaje ha terminado por hoy chicos—dijo el director.
Se oyeron aplausos y voces de alegría.
— Juan ¿no has oído al director? El rodaje ha terminado.
Pero Juan hacía rato que ya se había ido.

Carmen Escribano.

 

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Carmen Escribano Peribañez

Soy Carmen Escribano Peribañez. Nací un 1 de Noviembre de 1959. Soy un alma inquieta ....trabaje en mi día. Me interesa la medicina, y leo mucho sobre ella. Avances, enfermedades, formas de prevención, y sobre todo, lo que acontece en enfermedades psiquiátricas....es un enigma que me atrapa Ahora cuido de los míos. Escribo siguiendo el impulso, que en ese momento ronda mi cabeza. Depende mucho de la sensibilidad que ese día llamé a mi corazón. Me gusta la poesía, y el relato corto. Muchas veces he pensado en escribir novela .." me encanta"....pero necesito tiempo, y no poseo mucho . Llevo años escribiendo, pero jamás he editado nada. Simplemente me gusta escribir, y si puede ser....que llegue a transmitir algo a los demás!!
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