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Yo miraba las rosas que tenía en mi jardín. Tan hermosas, pero peligrosas. Al igual que Ricardo. No sé cómo me había acercado a él. Tal vez fuera el sentido de peligro que me acercaba a él. Con él, nunca sabía el futuro. Pero ahora estaba harta. Necesitaba ponerlo fuera de casa. Él era casi un sin techo, cuando lo había conocido. Dejándole vivir conmigo, por pena. Estaba perdida en mis pensamientos cuando me golpeé con una rosa. Sangré. ¿Qué me esperaba con él en el futuro? Fue cuando se acercó a mí. Me agarró en la mano y me chupó la sangre. Después, comenzó a besarme los brazos, el cuello (donde aún tenía sus marcas). Me agarró y me besó por entero. Con urgencia rasgó mi ropa. Y yo, insatisfecha, me dejé ir. Fuimos a casa, donde seguimos. me acostó en el suelo y aflojó mis pantalones. se aflojó las suyas. Puso sus manos en mi cuello y empezó a apretarlo, lo que, a principio, me dio algún placer. Pero viendo que no paraba, empecé a debatirme. Fue cuando se detuvo y empezó a acariciar mi culo.
– ¿Pensaste que te mataría?
– De ti no sé qué pensar.
– No, no te preocupes. Te quiero más de lo que puedas imaginar … – Dijo Ricardo.
– Un día te pongo fuera de casa. – Respondí.
– En ese día desaparecerás de la faz de la tierra … – Terminó, tragando mi boca.