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Me acerqué con paso cansado al casillero donde se guardaban las llaves; realmente eran unos ganchos oxidados lo que las sujetaban. Con un cartel a la derecha donde se dibujaba una flecha, pintada con rotulador que decía: cámaras frigoríficas. Solo el leerlo, me puso el vello de punta.

Notaba mi mano sudorosa, empecé a sentirme mal; un flashback me vino a la cabeza. Algo que tenía escondido dentro de mi cerebro ocurrido hace muchos años e hipotéticamente olvidado a base de terapias con psicólogos, psiquiatras, medicación y el amor de mis padres. Me vino a la cabeza en forma de diapositivas. No llegué ni siquiera a rozar la llave; me apoyé en la pared fría y sucia, noté un leve hormigueo en mi mano izquierda, una araña subía por una de mis falanges; con la mano libre la aplasté sin miramientos y las imágenes del pasado se sucedieron en mi mente de manera dominante. Mi cerebro ya no podía parar; le había dado al play de lo que creía olvidado para siempre.

—¿Jugamos al escondite, tata?

—Ahora no me apetece, déjame en paz y no seas pesado.

—Venga tata, que me aburro.

—¡Que me olvides¡ ¡Déjame tranquila¡ ¿Crees que voy a perder el tiempo con un enano cómo tú?

—Si juegas conmigo, te haré la cama durante una semana.

—Dos semanas, ¿trato hecho?

—¿Quién empieza?

—Yo cuento y tú te escondes.

Mi tata se dio la vuelta contra la pared y empezó a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… y así hasta cien; esa era la regla, contar hasta cien. Yo era tan pequeño que cuando me tocaba contar a mí, como no sabía hacerlo de seguido, lo que hacía era contar en tramos de diez en diez y, cuando los diez dedos de mis dos manos se encontraban con los puños cerrados, ya sabía que podía darme la vuelta. Ojalá ese día se hubiera escondido mi tata, pero no fue así. Fui yo y yo fui el que perdió el juego.

— Noventa y ocho, noventa y nueve y cien, enano, ¡ya salgo¡

—¿Dónde estás? Te huelo desde aquí enano, noto tu miedo.

Me escondí en un armario; era un mueble de tres puertas enorme, situado en la planta de arriba, exactamente en la habitación donde había dormido hasta hacía tres semanas mi abuela. Ella había muerto y nos tenían prohibido subir a jugar a ese cuarto. Mi madre decía que aún era pronto para ello, pero quería que mi tata pensara que no era un miedica; lo que yo anhelaba, era que ella fuera diciendo que era un valiente y por eso me encerré ahí.

Olía a antipolillas, enseguida empecé a estornudar; también olía a viejo y a madera podrida. Recuerdo que me tapé la nariz y solo pensaba en que mi tata creería que era un héroe por haberme atrevido a entrar en aquella cueva vieja y raída por el paso del tiempo.

Pero me encontró, antes de lo que nunca hubiera imaginado.

—¡Te pillé enano¡ La próxima vez no hagas tanto ruido cuando subas las escaleras.

Ni siquiera le contesté, no tuve opción. Vi que metía su mano dentro de uno de sus bolsillos y sacó una vieja llave de latón; me la mostró como el que enseña un tesoro, torció el gesto y me miró a los ojos con un asco que nunca hubiera pensado. Cerró la puerta y oí como se giraba la llave.

—¡Tata¡ ¡Abre ahora mismo¡

La llamé varias veces y no contestó; oí sus pasos a través de aquella puerta donde se posaba mi oreja. Sus pisadas se oían más cerca y noté como la vieja llave entraba en la cerradura.

—Por fin estás aquí, venga, déjame salir, tu ganas, te haré la cama durante dos semanas.

—¡No¡ El juego todavía no ha terminado, esto acaba de empezar.

—¡Tata¡ ¡Quiero salir de aquí¡ ¡Déjame salir¡

Pero no me dejó, puso sus brazos en forma de cruz para que no saliera. Me defendí dándole una patada en una de sus extremidades y lo único que conseguí fue que ella me atestara un puñetazo en la tripa, que me hizo caer irremediablemente.

—¿Qué llevas ahí?

Reparé que a sus pies, había una bolsa de plástico que se movía de un lado para otro; la levantó y desató el nudo. El fardo se sacudía sin piedad. Sacó una lata de leche condensada y me la echó por encima y agitó la bolsa dentro del armario cayendo lo que había en su interior. Media docena de ratones se abalanzaron sobre mí al oler aquel dulce pegajoso…

La puerta se cerró de nuevo…(continuará)

 

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esmeralda egea rabinad

Me encanta leer y escribir. LEER ES VIDA
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