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Nací cubierta de sangre; eso es lo que desde pequeña me dijo siempre mi madre. Mi intensa blancura, contrastaba con el color rojo que me bañaba cuando llegué a este mundo. Parecía que yo tenía por fuera la sangre que debía estar dentro mío.
Mi madre me bautizó como Mary. Mary Rodríguez siempre sonó absurdo en Argentina pero a mi progenitora le causaba gracia llamarme Bloody Mary. Aunque generalmente ella estaba demasiado borracha cuando me llamaba así.
Quizás sea por esa extremada palidez, esa falta de sangre dentro mío, que constantemente he buscado actividades que me llenen de adrenalina y así sentir que mi corazón late más fuerte que lo habitual. Necesito hacer cosas que me conmuevan, aterren o que al menos me sacudan un poco.
Mis amigos se acostumbraron a leer mis cuentos de terror, mis historias inventadas solo para asustarlos y mi eterna búsqueda de emociones violentas.
Nadie se sorprendió cuando comenté que viajaría al cerro Uritorco a ver ovnis o cuando me anoté en la Escuela Científica Basilio, de espiritismo.
Con los años algunas amigas se fueron alejando de mí y de mis aventuras irreflexivas. Solo Guillermina me acompañó constantemente. Ella siempre aceptaba, riéndose, todas mis propuestas.
—Nos vamos a asustar si escuchamos algo. ¿A vos no te da miedo?—preguntó Guillermina.
—Ni siquiera sabemos si funciona o si es solo una historia inventada para filmar películas pulp—contesté, mientras preparaba la vieja grabadora de casetes y encendía el televisor.
Yo estaba muy emocionada con la idea de grabar alguna voz espectral, usando el sistema de “ruido blanco”. Para eso usé el viejo televisor de antena y lo sintonicé en un canal que no tenía señal. Solo un chisporroteo constante de estática.
— ¿Y ahora? ¿Nos sentamos a esperar que Casper hable? Ja, ja, ja—dijo Guillermina, tapándose la boca, tratando de contener la risa.
—No, boba. Dejamos que funcione solo y en noventa minutos oímos la grabación—manifesté con convicción.
Bajamos a la cocina y nos preparamos dos cafés bien cargados. Yo tenía la intención de usar varios casetes y, eso, quizás nos llevara a estar toda la noche despiertas.
Cuando pasó una hora y media subí a cambiar el casete y bajé con el que ya estaba grabado.
Lo oímos juntas en la cocina. Guillermina bostezaba del aburrimiento; nada se oía. Solo el constante shhh shhh de la estática.
— ¡¿Escuchaste eso?!—grité emocionada.
Rebobiné la cinta y ambas oímos claramente algo. Era apenas un susurro que rompía el monocorde sonido del resto de la grabación.
— ¿Qué dice? Yo oigo sal odi— dijo mi amiga.
—Sí, solo eso escucho: sal odi— repuse.
Guillermina se negaba a oír la segunda grabación, pero en el fondo estaba tan entusiasmada como yo.
Empezamos a sentir un poco de temor al oír la cinta. Escuchamos una interminable cacofonía de voces y palabras mezcladas.
Comenzamos a tener la sensación de no estar solas en la casa. Nos pareció ver un par de veces, y siempre por el rabillo del ojo, algunas sombras o movimientos fugaces.
Decidimos ir un poco más lejos y preparar la cámara GoPro; filmaríamos durante un par de horas; jamás debimos hacerlo.
La cámara registró con claridad durante unos sesenta minutos; al mirar la grabación, durante la primera media hora solo se veía la sala de televisión del primer piso de mi casa.
A los treinta y ocho minutos unas figuras oscuras aparecieron en la filmación; se las veía nítidamente.
Guillermina comenzó a gritar cuando una de las figuras oscuras desapareció del ángulo de filmación; era evidente que estaba yendo hacia la planta baja.
— ¡Bajó! Está acá abajo ¿La viste yendo hacia la escalera, no?—gimoteaba, llorando desconsolada.
—Guille, es una filmación de hace casi dos horas atrás y es solo eso, algo grabado. ¿Acaso vos ves algo raro acá abajo?—comencé a decir, queriendo calmarla.
—A…tras. Estáa atráaaas tuyo. Está queriendo abrazarte ¡Date vuelta!— gritó.
—Saaal odi—gimió la sombra.
Guillermina comenzó a correr hacia la puerta de entrada. Yo no podía moverme; la figura se había aferrado a mí, apretando mi cuerpo con sus brazos fantasmales.
Con horror vi cómo varias de las siluetas oscuras rodeaban a Guillermina. Podía oírlas riéndose mientras tironeaban de mi amiga, que se había quedado callada. Guillermina parecía una marioneta a la que le hubiesen cortado los hilos.
Las sombras soltaron a mi compañera, que cayó al piso, inerte. Un hilo de baba salía por la comisura de sus labios; estaba muerta.
—Sal ahora de la caaasa, hija ¡Sal, Blooody, correeeee!—gritó la sombra que me tenía apresada. La miré y pude ver claramente la cara de mi madre. No como la última vez que la vi antes que muriese en aquel accidente de autos, destrozada y sangrando. Esta figura tenía el semblante que yo recordaba de pequeña.
Pasé de un salto por encima de mi amiga muerta y abrí la puerta. Ninguna de las figuras se me acercó.
Corrí sin detenerme hasta que ya no pude respirar. Recién entonces me detuve y rompí a llorar sentada en el cordón de la vereda.
La policía no creyó mi historia de sombras y fantasmas. El médico forense caratuló la causa de muerte como infarto masivo de miocardio.
No podía volver a vivir en esa casa. Ese mismo día y apenas se llevaron el cuerpo de Guillermina, yo armé un par de valijas con mi ropa y algunos recuerdos.
Ni siquiera retiré la cámara ni las grabaciones de aquella noche.
Supongo que siguen tirados allí, algunas en el primer piso, parte de ellas en la cocina, como testigos de aquel macabro juego.