Al día siguiente, en la  primera claridad del alba, la casa respiraba calma y sus habitantes comenzaron a despertar con la resaca de la pesadilla nocturna.

La madre fue la primera en levantarse como hacía cada día del año. Bajó hasta la cocina, se lavó la cara y las manos en el lebrillo del fregadero y soltó el moño que siempre llevaba ajustado a la nuca. Con el peine y unas gotas de aceite perfumado se arregló la melena larga y entrecana ajustándose de nuevo el rodete en la cabeza. Sacudió el peinador por la ventana y se puso  un pañuelo negro en señal de luto por la muerte de su madre. Sus ropas también eran negras. La costumbre hacía que la mayoría de las mujeres del pueblo usasen este atuendo casi toda la vida pues, a partir de cierta edad las defunciones familiares iban uniendo un luto a otro sin dar tiempo a cambiar el color de la ropa.  Después, alcanzó el delantal que colgaba de una escarpia al lado de la cantarera y lo ató a su cintura. Prendió el fogón de la cocina para preparar el desayuno familiar rebuscando, al mismo tiempo, entre el exiguo remanente de la  alacena algo para meter en la capacha del marido. Poco había que dar al hombre como almuerzo: un trozo del pan conservado en la orza de barro y bacalao seco, más un puñado de aceitunas machacadas que puso en una fiambrera . Llenó hasta la mitad la bota con vino del pellejo que estaba semivacío guardando todo en la cesta de esparto. Después de ésto, rebuscó en la orza los trozos  más antiguos y cortándolo en rebanadas  los colocó, de a pocos, encima de la chapa que tenía sobre las brasas del hogar para tostarlos. Preparó el puchero del  café con agua que puso a hervir en una de las esquinas del fogón, echando dentro cuando estuvo al punto, un par de cucharadas de achicoria.  En la otra esquina colocó la olla con la leche de cabra que había hervido por la noche y le añadió un vaso grande de agua para que cundiese más. Cuando el pan se tostó, restregó alguna rebanada con ajo crudo y la regó con aceite. Al resto solo les puso la grasa espolvoreando azúcar por encima. Escuchó rebullir a la gente menuda por el techo de la cocina y supo que los aromas del pan y el café les habían despertado. Puso las tostadas en dos platos diferentes y colocó las tazas para la leche alrededor echando en cada una la cantidad adecuada para cada niño y un poco de achicoria para colorearla. Su marido sólo tomaba café y ella, mitad y mitad. Se asomó al hueco de las escaleras y llamó a sus hijos para que bajaran a desayunar.

 

Los dos mayores vinieron al galope, gritando y dando tirones a la ropa para ser los primeros en llegar a la cocina seguidos por sus hermanas. María cargaba con la pequeña en brazos y las otras dos venían a medio vestir cogidas de la mano sujetándose mutuamente. Se quejaron de que tenían sueño todavía y la pequeña se enganchó al cuello de su madre haciendo pucheros.

—¡Vamos niños…! Antes de desayunar hay que lavarse la cara y las manos— la madre alzó la voz para que le escuchasen— Vosotros dos ya sois grandes y lo podéis hacer solos…. venga ¡a la pila…!

 

A regañadientes, Pablito y Toñito  acercaron una banqueta para subirse pues no alcanzaba el agua que su madre había dispuesto en una palangana. Toñito metió un dedo en el líquido y se untó uno de los ojos con él, iba a hacer lo mismo con el otro cuando sintió el pescozón ….

 

—Así no… —el vozarrón de su padre sobresaltó al niño—se hace así….

 

Apartando al pequeño juntó las manos y las metió en el agua cogiendo una buena cantidad y

agachando  la cabeza sobre la jofaina, se la restregó por la cara y la cabeza. Volvió a repetir la operación, mientras sus hijos le miraban y escuchaban sobrecogidos los extraños ruidos que salían de su garganta y nariz. Una ablución más y cogió la toalla que le tendía su mujer para secarse. Con la cara enrojecida miró a sus hijos diciendo entre carraspeos de garganta:

 

—Así se lava un hombre la cara…— y ahora vosotros.

 

Los dos críos se acercaron a la palangana e intentaron hacer lo que les había dicho el padre, pero el agua se les escapaba de las manos y caía más al suelo que en sus caras. La madre que ya había aseado  dos de las niñas y estaba peinando las trenzas de la mayor les gritó…

 

—¡Anda…. dejadlo ya…! Ahora os daré yo un buen fregao….

 

Entre gritos de protesta, algún pescozón, los pucheros de la pequeña y un esbozo de llanto por aquí y por allá, Andrea terminó de asear a sus hijos. Cuando todos estuvieron listos, bien lavados y peinados se sentaron a la mesa, menos la pequeña que buscó el regazo de su  madre para engancharse al pecho. Ella la dejaba hacer pues sabía que, aunque no le quedaba demasiada leche, por lo menos tomaba algo más alimento que los demás y bien que lo necesitaba. El trozo de pan del desayuno lo comería después poco a poco…

Ante las tazas de leche y las tostadas de aceite y azúcar los niños dejaron de protestar y comieron en silencio saboreando el primer alimento del día.  En la calle, sonaron las esquilas de las cabras que pasaban a diario por delante de la casa. Paco el cabrero, lanzando al aire su silbido, chascó  la vara contra el suelo para que los animales no se desviaran del camino, era la hora de llevarlas al campo a ramonear. Todavía los pastos estaban verdes, aunque pronto no quedaría suficiente hierba cerca y tendrían que ir hacia lomas más lejanas.  

 

—¡Buenos días tengan ustedes….!

 

La cara sonriente del cabrero asomó por la ventana de la cocina donde la familia desayunaba en esos momentos. Dirigieron las miradas hacia el hombre devolviendo el saludo y los niños siguieron comiendo sin hacer demasiado caso….

 

—¡Que aproveche….! ¿Qué Pepe, vienes para la plaza…?

Un leve “Gracias” se escuchó entre un sorber y entrechocar de dientes infantiles….

 

El padre de familia ya estaba colocándose la gorra y cogiendo el capazo de la comida.

 

—Si, ya voy….. Hoy quería llegar antes a ver si me cogen para trabajar.

 

—¡Apúrate ya, hombre…! En La Veguilla necesitan un curador de olivas y tu eres el mejor…

 

Pepe dio un beso en la cabeza a sus hijos, en la mejilla a su mujer y salió a la calle. El cabrero no le esperó pues las chivas tenían hambre y debía guiarlas para que  no se despistasen buscando los brotes de  hierba que nacían entre las piedras del adoquinado. El jornalero le alcanzó. Eran amigos desde niños y compartían tabaco, vino y penalidades, aunque Paco lo tenía mejor pues, con la venta de leche y algún que otro cabrito, iba tirando.

 

—¿Quieres un pitillo…?— preguntó Pepe al llegar a la altura de su amigo

 

Sacó la petaca y el librito de papel y los dos se liaron un cigarro. Las cabras habían formado círculo alrededor de unos brotes de jaramagos y los rumiaban con avidez.

 

—¿Se sabe ya quién mató al mendigo…?

 

Pepe alzó la cabeza para mirar a su amigo mientras prendía chispa a la cuerda del mechero y se la ofrecía

 

—Que yo sepa, no — contestó dando una calada al pito.

—La guardia civil anda haciendo averiguaciones por el pueblo. Me lo ha dicho esta mañana la mujer del Arcadio cuando ha venido por la leche.

—¿Sospechan de alguien de aquí….?—preguntó Pepe

—Eso no lo sabía, sólo que están interrogando a algunos vecinos…. Parece que murió de una pedrada en la sien…. Nadie del pueblo vecino vio nada… se lo encontraron unos chiquillos jugando y pensaron que dormía. Después…. se dieron cuenta que estaba muerto por la sangre que salía del boquete en la cabeza….

—Ya… ¿se llevarían un buen susto, no…?—comentó Pepe aparentando una tranquilidad que no sentía

—¡Pues fíjate!… Si lo llegan a encontrar tus hijos o los míos…

 

Las cabras habían acabado de comer las hierbas y se movían impacientes.

 

—Tengo que llevar los bichos a pastar que cada vez hay que ir más lejos. Ya sabes… en esta época el calor comienza a apretar y seca el pasto…

—Vale…. yo también tengo que irme ya. A ver si te enteras de algo por ahí….tú que andas por todos partes….Hoy en día hay que andar con ojo….

—A ver… a ver…No te creas, la gente no suelta prenda….

—Por la tarde nos veremos mos en la taberna…..  si consigo trabajo.

—El capataz de la Veguilla sabe que eres el mejor… mira si tienes suerte— dijo Paco mirando fijamente a los ojos de su amigo.

—Ya veremos… Últimamente le veo algo huraño… no sé …cómo si tuviese algún problema conmigo…

 

Los dos amigos se separaron. Uno hacia las afueras del pueblo, el otro subió por la cuesta hasta la plaza, donde los vendedores de hortalizas y frutas ya estaban colocando sus puestos.