0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Algunos jóvenes del pueblo que habían emigrado a la capital, regresaron al no  encontrar trabajo en ninguna de las fábricas que visitaron, por lo que el número de jornaleros que esperaban en plaza para ser contratados pasaba ya de un centenar. Al aumentar la oferta de trabajadores, el sueldo diario bajó de cinco pesetas al día a cuatro cincuenta, con las mismas horas de trabajo. Los hombres, descontentos, se rebelaron dejando de ir al campo, pero el capataz de la Veguilla consiguió mano de obra en los pueblos de alrededor. A las rencillas irreconciliables que existían entre los distintos municipios, el hecho de que viniesen a quitarles el trabajo, aceptando el precio que El Señorito había fijado, acabó indignando los nativos que se presentaron en la finca para disuadir  a los forasteros de trabajar las tierras. Portaban palos, navajas y alguna que otra escopeta de caza dando lugar a una trifulca, donde más de uno acabó malherido y en el cuartelillo de la Guardia Civil. Las escopetas y armas blancas era bastante normal llevarlas al campo por si se encontraba alguna pieza de caza para llevar algo de carne a la familia. Entre los detenidos se encontraba Pepe a quien, después de curar una  herida en la cara, le mantuvieron encerrado durante una par de semanas ya que la Guardia Civil le  consideraba el cabecilla de los jornaleros del pueblo.

Andrea, agotado el dinero que sus hijos habían conseguido con la venta de los espárragos y teniendo al marido en la cárcel, tuvo que multiplicarse para lavar y planchar más cantidad de ropa de lo habitual. Pablito y su hermano le ayudaban en las tareas de casa y por la noche se encargaban de sus hermanas, mientras la madre entregaba las prendas limpias y cobraba el escaso dinero que le daban por su trabajo. Fueron dos semanas terribles para la familia, ya que en el cuartel no permitieron  a la mujer visitar a su esposo, por lo que ésta se temía lo peor.

Desde que Pablito  sufrió su pesadillas, en casa no se había vuelto a hablar más del mendigo, pero él seguía inquieto. Comía poco y se asustaba por cualquier cosa, volteando la cabeza hacia atrás continuamente como si alguien le siguiese. A menudo se pasaba la mano por el cuello, o se quejaba a su hermano de que no podía respirar. Todos  estaban muy delgados, pero Andrea se asustó cuando vio a su hijo con la piel pegada a las costillas el día que todos se bañaron en la alberca. Junto con las cestas ajenas de ropa sucia, llevó una con ropa limpia para ella y sus hijos. Las niñas necesitaban un buen fregado, sobre todo en el pelo que aparecía enmarañado, sucio y sin brillo. Pepe había cumplido el tiempo de su encierro y saldría al día siguiente según le informó el guardia que la atendió en el cuartelillo, pues todos los días pasaba por allí por si le daban alguna noticia. Quería que su  marido  viese a la familia presentable, sin rastro del sufrimiento que habían pasado desde que fue encerrado, y perfectamente limpios y aseados. Cuando Andrea preguntó a Pablo si le pasaba algo, éste contestó con evasivas, pero ella conocía a sus niños como «si les hubiese parido» decía a menudo. Era una frase que había heredado de su madre y la utilizaba muy a menudo cuando sabía que sus hijos le ocultaban algo. Lo dejó pasar, ya hablaría con él por la noche, en casa cuando todos estuviesen en la cama y pudiera concentrarse únicamente en él.

 

Continúa….

 

Photo by Manel

Nicole Regez

Últimos post porNicole Regez (Ver todos)

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Deja un comentario