Cuando Andrea miraba a Pablo lo veía más pálido y delgado que al resto de sus hijos. Caminaba con la espalda encorvada como un anciano, llevándose a menudo las manos al cuello como si le ahogase una cuerda invisible. La pesadilla que le asustó tanto el día que apedreó al mendigo le asaltaba cada noche, aunque ya no gritaba para no amedrentar a sus hermanas, se acurrucaba junto a Pedro y abrazado a él lloraba en silencio hasta que se volvía a dormir. Había veces que el hermano se despertaba y le consolaba, pero no llamaban a su madre que bastante tenía con trabajar, cuidar de las niñas y preocuparse por la salud del padre que había salido de la cárcel muy desmejorado, amén de que no encontraba trabajo y cada vez volvía de la plaza más alicaído y cansado.

 

Los niños tenían por costumbre extender una manta en el portal para echar la siesta todos juntos. Era un momento en que  la familia compartía esa estancia: Los pequeños dormían en el suelo y los padres, cada cual en su mecedora, observaban a los chiquillos mientras daban alguna que otra cabezada. En las tardes calurosas adormecerse después de la comida era inevitable y qué mejor lugar que el zaguán con las baldosas de piedras recién fregadas  para refrescar el ambiente y el sonido de las chicharras en el exterior ambientando el mediodía.

Una de estas tardes en que todos dormían Andrea abrió los ojos pasmados de horror. En su pesadilla el hijo menor desaparecía ante ella arrastrado por las garras de un demonio que se lo arrebataba del regazo. Buscó a Pablo en la manta  para comprobar que se encontraba bien y lo que vió la hizo palidecer. Su hijo se encogía poco a poco sobre el jergón adoptando la postura del feto en el vientre de la madre y le pareció que su niño estaba desapareciendo poco a poco.  Un grito desgarrador escapó de su garganta despertando a los demás que se frotaban los ojos soñolientos y asustados ante la imagen de la madre gritando desesperada señalando a su hermano. El niño parecía una bolita enroscado sobre sí mismo,al igual que las cochinillas, daba la impresión que de un momento a otro se iba a volatilizar en el vacío. El padre se abalanzó sobre la manta para cogerlo en brazos, pero se estrelló contra un muro invisible que le hizo rebotar hasta caer al suelo, quedando tirado como un fardo, sin fuerzas  para levantarse y recuperar el aliento.

 

Andrea se sobrepuso al temor y corrió escaleras arriba hasta su altar rogando a la Virgen a Dios y a todos los santos que se le ocurrieron que protegieran a su hijo del diablo porque se lo quería llevar con él a los infiernos. Cogió la botellita de agua bendita y bajó a zancadas los peldaños esparciendo inmediatamente el líquido sobre  Pablo que prácticamente había desaparecido del camastro.

 

—Padre nuestro que estás en los cielos…. —dijo a su familia que rezaran con ella— santificado sea tu nombre…. — la voz asustada de sus hijos sobrecogió aún más a la mujer, — venga a nosotros tu reino…..— el vozarrón de su marido se impuso en la estancia…..

—Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo…. — el llanto de Andrea distorsionaba su voz pero siguió rezando junto a sus hijos y su marido sin dejar de regar agua bendita sobre Pablito y alrededor de él. Un vapor espeso y maloliente comenzó a subir hacia el techo como si bajo la manta se cociesen huevos podridos o como si las puertas del Averno se hubiesen abierto bajo los cimientos de la casa.

Que el líquido tenía poderes sobrenaturales quedó demostrado plenamente cuando el pequeño comenzó a surgir de entre el vaho en su forma y tamaño original. Se extrañó del mal olor que reinaba en el portal y de ver a su familia mirarle con ojos llorosos y expectantes.

—¿Te encuentras bien….?— preguntó su madre con ansiedad yendo hacia él con los brazos extendidos en actitud protectora.

—Estoy bien pero, ¿qué ha pasado….? ¿Ardió alguna cosa…?

Los chiquillos se movieron con nerviosismo y la más pequeña con voz de pito le dijo señalando la manta

—Tú echabas humo en el suelo….

Ante el asombro de Pablito se escucharon unas risillas nerviosas de parte de sus hermanos….

Levantó la cara hacia su madre deshaciéndose del abrazo y comprobó que sí, que lo que decía Librada tenía sentido, sus ojos lo confirmaban y entonces algo dentro de él se rompió recordando el sueño que había tenido.

 

Unas manos con uñas como garras y fuertes igual que tenazas le arrastraban del cuello hacia la profundidad de la tierra donde un calor asfixiante amenazó a derretir su cuerpo y hacerlo  cada vez más pequeño….

 

Se estremeció de miedo y apoyando la cabeza contra el seno de su madre comenzó a llorar con desesperación….

Photo by Manel

Nicole Regez

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