Manuel y su familia, cargando su equipaje, siguieron a Eladio por las calles de Bilbao. Este salvaba con pericia los raíles de hierro que parecían alfombrar el suelo. El sol se filtraba con dificultad a través de una neblina espesa y el aire era irrespirable. Cruzaron el puente sobre una masa de agua amarillenta por la que se deslizaban gabarras con mineral de hierro o carbón destinado a los astilleros  que se extendían a ambos lados. Barcos a medio construir, grandes, pequeños. Barcas de pesca navegando entre la marabunta industrial hasta llegar al muelle del mercado. Llegaron, por fin a la estación de tren que les conduciría hasta Neguri. La zona fabril fue quedando atrás a medida que se acercaban a su destino. El paisaje de altos hornos, astilleros, fábricas y almacenes se alojaba cada vez más en la margen izquierda, junto a edificios de viviendas baratas, casas bajas y abundantes chabolas. A la derecha, jardines, casas señoriales, palacios… Dos espacios completamente diferenciados de una misma realidad.

Un coche con chófer esperaba a Eladio Gancel en la estación.

—Bienvenido Sr. ¿Ha tenido buen viaje…?— saludó con una inclinación de cabeza mientras abría la puerta trasera del vehículo para que subiese.

—Muy bueno Benito—y señalando a Manuel y su familia dijo—Ellos vienen con nosotros. Yo iré contigo en el asiento delantero.

—Como ud. diga— Y dejando la puerta abierta para los recién llegados se dirigió diligente hacia la otra parte del coche para dar paso a Eladio.

Rosa y su marido estaban algo amedrentados. El niño se había portado bastante bien durante todo el trayecto, ya que ella lo había alimentado cada vez que se lo requería. Pero ellos estaban hambrientos y sucios del viaje y querían llegar cuanto antes a donde fuese que tuviera la casa el hombre que les había contratado para trabajar. Comenzó a pensar que quizás su marido confiaba demasiado en el desconocido. Tendría que avisar a su familia de los cambios de planes y notificarles el lugar donde encontrarla en caso de necesidad.

El coche se puso en marcha. Era la primera vez que subían en un vehículo tan elegante, más bien, era la primera vez que subían en un automóvil. Éste enfiló la carretera adentrándose pocos minutos después por un camino flanqueado de pinos a ambos lados. Unos minutos más y la casona apareció tras la puerta de una verja de hierro. El chófer detuvo el coche y bajó para abrir la cancela, haciendo la misma operación cuando estuvieron dentro de la finca para cerrarla. Un laberinto de seto bordeaba el paseo de acceso a la vivienda, terminando en una plazoleta en la que burbujeaba una fuente con  ninfa en el centro vertiendo agua desde un ánfora sobre el vaso. Este desbordaba sobre otro más amplio en la que pudieron observar, más tarde, nadaban peces de colores. Parterres de rosas y flores extrañas que nunca habían visto, adornaban la escalinata central extendiéndose sobre el frontal del edificio. Benito paró el vehículo frente a la entrada principal y un criado salió a recibirles.

Eladio Gancel bajó y contestando al saludo de éste señaló hacia Manuel y Rosa diciendo algo que estos no escucharon. Se acercó a ellos.

—Hoy podéis descansar y mañana hablaremos sobre vuestras obligaciones. Martín os conducirá a la casa donde viviréis y os procurará algo de comida. Y desapareció de su vista ascendiendo por la escalera hasta entrar en la casa.

Marido y mujer se miraron sorprendidos y agradecidos de no comenzar a trabajar inmediatamente y siguieron al criado hasta una construcción que no habían visto por encontrarse dentro del bosque de pinos tras la vivienda principal. Se notaba que nadie había vivido allí hacía tiempo y la primera impresión de Rosa fue de sorpresa. Aquella casa le resultaba conocida….

 

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Nicole Regez

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