Emociones tóxicas (1)

No te dejes cegar por tus emociones, no permitas que se apague tu energía. Las palabras estaban reverberando en su mente. Imaginaba su rostro senil y la mirada profunda. Debía hacerle caso, lo sabía; pero le resultaba dolorosamente difícil.

En un intento desesperado por salir de la ansiedad intensa, había tomado camino rumbo a Taxco. Era un destino como cualquier otro; igual habría sido Cuernavaca, Temixco o Acapulco estando en la Central del Sur de la Ciudad de México. Simplemente había preguntado qué autobús estaba por salir y el azar había topado con ese lugar.

La memoria lo trasladó a su niñez cuando sus padres le habían llevado a conocer las grutas de Cacahuamilpa y después a Taxco. Vagamente recordaba las calles empedradas, el bullicio del mercado y los talleres de platería, eran escasos los momentos familiares que pervivían en su mente; sin dudarlo compró su boleto y apresuró el paso para alcanzar la corrida.

Con una mochila al hombro y la tarjeta de crédito en el bolsillo, subió para tomar el asiento asignado: 5-ventanilla. Tenía suerte, no le gustaba viajar en el pasillo, prefería ir mirando el paisaje:

─Disculpe, ¿me permite pasar?─Apenas vio de reojo a la joven mujer que ya había tomado su lugar, pero percibió cierta serenidad que le atrajo.

─Claro.─ Contestó con voz casi inaudible sin desviar la vista de una tableta de lectura.

El trayecto era corto pero suficiente para ver una película. Dudó entre las que le ofrecía el menú y optó por repetir una ya conocida: Cumbres borrascosas; pues se empecinaba en ver la vida con ese gris que precede a la noche. Estaba a un paso de caer en la negrura y la angustia lo llevaba a continuar con conductas malsanas.

Él se consideraba una persona más entre el común denominador; jamás se hubiera imaginado que sería capaz de conductas deleznables, inmerso como estaba en sus miedos, rencores y ansiedades, no vislumbraba un camino seguro, una puerta abierta o solución adecuada. En todo caso aún no sabía cómo había llegado a eso.

El autobús salió de la terminal, Alberto tomó los auriculares,  y dejó correr el video. La película transcurría pero en su mente sólo había recuerdos de la relación rota detonante de ese estado depresivo que lo inducía a tratar de escapar viajando a cualquier lugar:

Conoció a Fernanda en el trabajo. Los dos, ingenieros en informática, se veían obligados a viajar constantemente por todo el país para instalar y reparar redes en las sucursales del banco. El primer mes coincidieron en tres lugares distintos; en Huatulco tuvieron ocasión de visitar las bahías, comieron y bebieron juntos, hasta embriagarse bajo un techo de palma en una de las playas más solitarias; así sin más, terminaron solazándose en el hotel; a partir de ese momento, los encuentros sexuales se realizaron tan frecuentemente como ella lo deseaba, descubriéndole un mundo de placer desconocido hasta entonces.

Alberto, con tres noviazgos frustrados, veía a Fernanda como la mujer perfecta: profesionista, alegre y liberal. No era hermosa, pero él la veía exuberante y le importaba poco el ligero sobrepeso. Ella, astuta e inteligente, logró persuadir al responsable de los viáticos para que los enviara a ambos a los mismos destinos, así obtenía una doble ganancia, pagaban una sola habitación y continuaban con su idilio.

Fernanda era conocida en la empresa. La recibían con privilegios y Alberto evitaba hacer comentarios en torno a la preferencia obvia del personal masculino respecto a ella. Al principio, incluso llegó a sentirse halagado, seguro como estaba del amor que los unía, olvidando su talante celoso en las pasadas relaciones.

El carácter apasionado del joven lograba enardecer a la mujer en breves segundos. Cualquier lugar era espacio adecuado para regocijarse en todo momento. Él no percibía problema alguno en esa conducta, le excitaba y eso lograba despertar la seguridad de una virilidad soberbia.

Cuando les anunciaron que el trabajo siguiente lo harían en Puerto Vallarta, planearon extender su estancia hasta el fin de semana para tener algo parecido a una gran encerrona:

─Conozco unas cabañas en Mismaloya, son rústicas y discretas, no hay televisión ni Internet, podemos divertirnos en grande, todo pagado. ¿Cómo ves?─, le propuso ella con una gran sonrisa.

─Ok, nos pondremos juguetones.─ Contestó él con un guiño.

Alberto imaginó de inmediato varias posibilidades. Por la tarde iría en busca de los juguetes que darían mayor emoción al encuentro. Él mismo se asombraba de sus ocurrencias pues jamás había tenido esas inclinaciones. A no dudarlo era la presencia de ella la que lo guiaba en su inventiva y el sólo pensarlo despertaba el deseo de que el tiempo volara para llegar al siguiente encuentro.

Continuará.

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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