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Alberto había llegado al punto de pensar que tal vez sería mejor terminar con su vida. En apariencia todo le daba la espalda: novia, amigos, trabajo. La soledad pesaba tanto como su dolor y su angustia. Pero Sarita estaba ahí; su recuerdo llegó apenas como un leve destello en la noche de insomnio. Sí, todavía existía alguien en quien podía confiar.

Sarita -la llamaba así con cariño-, la abuela que le había dado casa y cobijo a la muerte de sus padres. La mujer anciana pero  de voluntad férrea, quien no le diera la espalda a pesar de representar una carga difícil de llevar a su edad, su único pariente cercano.

Ahora la recordaba avergonzado; hacía tanto tiempo que no la veía. Ella independiente siempre,  prefería vivir en su pequeña casa en el campo, nunca pudo convencerla de acompañarlo en la ciudad:

─Este es mi mundo Alberto. Ve tú. Eres joven y debes continuar tu vida, por mí no te preocupes, cuando llegue el momento te llamaré. ─Así le había hablado cuando le manifestó su deseo de estudiar en la gran urbe.

Después todo había sido vertiginoso, concluir la carrera, titularse, encontrar trabajo, tener novias, terminar y encontrar a Fernanda. Sarita en Tlayacapan, sólo recibía llamadas esporádicas para enterarse de los momentos más importantes, siempre ahí, cariñosa y lejana en el espacio pero cerca en el corazón.

─¿Sarita?

─Sí hijo.

─Necesito verte .─El apretón en la garganta, le impidió seguir hablando.

─Ven. Aquí estoy como siempre.

Alberto manejó sin percatarse en realidad del camino, en forma automática, siguiendo su instinto. Cuando llegó, ella lo esperaba en la entrada como adivinando su presencia. Al verla, las lágrimas bañaron el rostro del joven.

─Cuéntame, te escucho.

La historia fluyó atropellada de inicio a fin. Describió a Fernanda como la mujer ideal para él, se culpó de la ruptura, le contó de sus celos, del deseo de dañarla a ella y a su nueva pareja; así como su certeza de que la vida ya no tenía nada bueno que ofrecerle. Sarita escuchó acariciando su cabello como lo hacía en la infancia, en silencio:

─Soy un fracaso, perdí a Fernanda, mi trabajo, a mis amigos, todo lo malo me pasa a mí; siento que no puedo conmigo mismo, quisiera desaparecer. Fue mi culpa. Nunca más voy a encontrar a otra mujer que me quiera, soy un inútil.

─Llora hijo. Desahógate. ─Sarita lo dejó así durante muchos minutos; él derramando lágrimas que no había vertido cuando la muerte de sus padres hasta llegar a sentir un cansancio grato. ─Ahora descansa, mañana hablaremos, está lista tu recámara.

Para Alberto, esa noche fue reparadora, era la primera en mucho tiempo que lograba dormir varias horas consecutivas. El sol brillante de la mañana le despertó, el olor a café recién hecho y las aromáticas gorditas de nata de la abuela lograron despertar en él un ligero deseo de probarlas:

─¿Dormiste algo? Ven a desayunar, acompáñame. ─Sarita, tenía la mesa puesta y le daba los buenos días con una cálida sonrisa. La mañana transcurrió ligera.

─Hijo, lo único que puedo prometerte, es que ese dolor que sientes va a pasar. Hoy todo es gris para ti, pero poco a poco irás encontrando un nuevo sentido a tu vida. Has pasado por situaciones difíciles, no te castigues, libérate de la culpa. No te dejes cegar por tus emociones, no permitas que se apague tu energía.─ Sarita pronunció esas palabras con toda la ternura de que era capaz y Alberto lloró otra vez pero ahora con un llanto liberador.

─ Tu dolor y lo que me cuentas, no es el duelo por el que pasa la mayoría de las personas. Esta es tu casa y puedes estar aquí el tiempo que quieras, pero tal vez necesites ayuda profesional. ─Ante estas palabras, Alberto por primera vez se detuvo a pensar que quizá Sarita tuviese razón. Su estado emocional estaba dominando y cegando su vida.

Continuará.

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